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COLABORADORES / CARLOS GENARO MATUS

 ReVista OjOs.com        JUNIO DE 2013

Carlos Genaro Matus

LA NUEVA ORTODOXIA

 

“Sé que de alguna manera mi distancia emocional con éste país me ha permitido examinar con lupa detalles importantes del arte como expresión de poder político y su ambigüedad en los escenarios de la cultura en el mundo masificado de la actualidad”.

 

"Cuando conozco a una persona no me interesa su raza,
su  credo o su condición social.
Me basta con saber que es humano
y que peor cosa no puede ser
".

Mark Twain

 

 

Luego de varios años en contacto con la cultura y el arte latinoamericano recibí del editor de la ReVista OjOs.com, Fernando Guinard, un interesante listado de los más influyentes del arte actual en Colombia, asunto que motivó esta nota. Sé que de alguna manera mi distancia emocional con éste país me ha permitido examinar con lupa detalles importantes del arte como expresión de poder político y su ambigüedad en los escenarios de la cultura en el mundo masificado de la actualidad. Aún así es bueno anotar que no hay diferencias notables respecto a lo que sucede en otros países del orbe en especial si corresponden a la clasificación económica de países del tercer mundo. Durante varios meses he seguido de cerca el escenario colombiano y he investigado la atmósfera que lo envuelve. El asunto es complejo y a la vez muy simple. Complejo porque la red de poder tejida en los ámbitos del arte es intrincada y cerrada en todos los países del mundo.  Por estar ligada a los poderes políticos opera con los mismos parámetros de esa profesión. Recordando la historia del arte moderno se sabe que la búsqueda de una salida a su propio suicidio generó una inercia que desembocó en el arte conceptual y su crítica solapada a los sistemas de poder. Ya  finalizando el siglo XX, se transmutó en una extensión ideológica de esos poderes. El sueño de Hitler y Stalin de tener un arte oficial que trabajara para reafirmar sus estructuras de dominación parecía una utopía difícil de alcanzar. Nadie imaginó en ese entonces que la respuesta viniera del capitalismo y sus derivaciones democráticas. Se pensaba con ingenuidad que negar la burguesía y su ejercicio extremo materializado en los grandes capitales sin regulación estatal, sería la solución para encontrar un arte libre de compromisos, un arte “del pueblo para el pueblo”. En ese momento la sociedad humana sería libre y culta. Esa utopía condujo en aquellos años a muchos artistas a tener gestos como el de afiliarse al partido comunista o socialista de sus respectivos países con la suposición errónea de que así se quitarían de encima el yugo burgués y su insensible visión del arte como objeto de consumo placentero. Nadie pareció  prever el poder de asimilación y metamorfosis de la burguesía. Ya desde entonces los miembros distinguidos de la sociedad europea y norteamericana se sintieron seducidos por el nuevo tipo de esnobismo que suponía el mundo bohemio y aparentemente excéntrico  de los artistas. Esa carga romántica representada por una vida sin reglas, un vestuario salido de las normas sociales y unas costumbres sexuales liberadas, era demasiado atractivo como para perdérselo. De hecho, muchas mujeres y hombres de sociedad, herederos de fortunas o hijos de miembros de la nobleza adoptaron ellos mismos estas costumbres o participaron de ellas patrocinando a otros y sintiéndose altruistas al hacerlo (los artistas claro está, siempre están a mano). De este modo surge un nuevo esnobismo en el que lo “normal” pasa a ser anticuado y lo excéntrico y loco es lo “in”. No más cuellos almidonados, corbatas y zapatos lustrosos en los hombres. No más corsés de varillas y faldas largas para las mujeres. De allí en adelante es más “chic” la chaqueta de pana, la bufanda y los zapatos informales. Los vestidos ligeros y la ropa interior delgada para las mujeres. Las niñas ricas escandalizan a sus familias si visten ropa informal, fuman y frecuentan tertulias en donde se lee poesía y se bebe ajenjo. Los niños ricos viajan por el mundo en crucero y tienen amigos artistas o fuman opio y viven en absoluta libertad. La edad de oro de la bohemia alcanzó su esplendor en los primeros años del siglo XX. Luego, pocas décadas después se convertiría en una pose vacía de contenido que aprendía a remozarse de acuerdo a la época, el lugar o la moda, pero la bohemia sin mitos no podía sobrevivir y el dinero es la inyección necesaria para gestarlos. Pensemos en Peggy Guggenheim y su pasión por el arte moderno o Gertrude Stein, por citar dos ejemplos. Su influencia en las vanguardias es notable. Sus fortunas patrocinaron a los más famosos artistas del siglo XX. Ese vínculo DINERO- ARTE no ha sido examinado con el enfoque adecuado. Hay que decir que los artistas nunca han sido inocentes víctimas  de estas estructuras sociales. Por el contrario se han beneficiado en la medida en que su contacto con las altas esferas los  puede convertir  en mitos venerables de la cultura, si bien se trata de una minoría convertida en élite y no necesariamente por tener una obra de calidad. Hay una duda latente que quedará sin  respuesta en todos los actos humanos notables o que pasan a la historia por  haber sido documentados a tiempo. En el arte como en todas las profesiones cabe preguntarse si por ejemplo en el París de los primeros años del siglo pasado habría más de un artista con las cualidades de Picasso o Matisse. Uno o varios tan creativos o geniales como los nombrados, pero que nunca alcanzaron la fama y el reconocimiento suficiente porque sencillamente estaban en el lugar equivocado o no tenían los contactos sociales y las habilidades para vender su imagen o su obra. Captar la totalidad de un fenómeno social implica ver no sólo lo que aparece como válido para los historiadores o críticos. Implica pensar en el espacio negativo de lo que vemos. El aire que rodea las formas y no sólo las formas que lo habitan. Está claro que sólo los mejores sobreviven en todas las actividades humanas. Pero qué sucede cuando se trata de algo convertido en especulación teórica como el arte. ¿Podemos creer como espectadores comunes que realmente los que figuran en el top de las listas son los mejores o se trata más bien de los mejor relacionados con el poder? Allí es en donde todo se vuelve muy simple. Si hay dinero hay poder (político por supuesto) y si hay relaciones con quienes tienen dinero y poder es fácil armar la ecuación. Esa fórmula funciona con esta apariencia hace más de cien años y sigue vigente. La ilusión óptica creada por las formas de arte de la clásica vanguardia del siglo pasado hizo creer a los espectadores en un arte exento de la inmoralidad implícita de la política y opuesto a los sistemas de dominación. Algo muy similar a las utopías de la auténtica anarquía de Bakunin o Barrett. En realidad el arte como sistema de producción de imágenes y (o) pensamiento nunca ha estado desligado del poder político-económico. Es un acto de suprema ingenuidad imaginar que la ruptura con el clasicismo que configuraron todos los movimientos de comienzos del siglo XX como el cubismo, el surrealismo y todos los demás ismos, subvirtiendo la dependencia del artista del poder del estado, la burguesía o la iglesia, fue una ruptura absoluta y renovadora. Siempre existió y existirán dos grupos en el ámbito artístico de toda nación: el grupo minoritario de los hegemónicos y el minoritario de los excluidos. Los primeros controlan la red que los apoya con dinero, medios de comunicación, burocracia cultural y espacios de formación artística. Los segundos deben conformarse con intentar entrar al círculo hegemónico criticando a los primeros o haciendo “toldo aparte”, estrategia que siempre funciona si uno llama la atención aprovechando alguna fisura en los hegemónicos. El resultado en caso de lograrlo será automáticamente convertirse en parte de la hegemonía. No olvidemos que la regla siempre se cumple en el comportamiento social de los humanos. LO QUE AYER FUE HETERODOXIA TERMINARÁ POR TRANSFORMARSE EN ORTODOXIA. El problema es siempre una lucha por el poder. Y ¿Qué hay con el espectador común, con el ciudadano que paga impuestos? ¿Qué hay con la mayoría humana que visita alguna vez en la vida un museo o una exposición? Es un convidado de piedra al que no le afecta emocionalmente lo que sucede más allá de la anécdota. La mayoría de las personas, la masa humana que trabaja todos los días sabe que no tiene acceso al arte porque se ha hecho cada vez más incomprensible y muy costoso. Un perogrullo tedioso por el que sin saberlo paga con sus impuestos para sostener los eventos controlados por la burocracia estatal en los espacios públicos que en teoría deberían ser de todos.

 

Ahora contrastemos esta larga reflexión inicial con el escenario de Colombia y el ranking de los más influyentes. El arquetipo perfecto de la lista para emprender éste análisis es la hija del ex presidente Gaviria. Decir que es una joven con privilegios es muy evidente o ¿todavía cabe preguntarse si ser hija o hijo de un ex presidente es igual a ser un ciudadano común y corriente con los mismos problemas y limitaciones del ciudadano común? Sus posibilidades socioeconómicas la llevan a estudiar arte “en el exterior”. A su regreso ¡oh sorpresa! Es nombrada en un cargo importante en los eventos de arte del país. El modelo de influencia social es calcado de la política. En Colombia se les llama “delfines” a los hijos de los políticos que continúan la carrera de sus padres heredando al mejor estilo de la monarquía todos los hilos del poder. Sin ir más lejos, otro hijo del mismo ex presidente es un influyente político y presidente de uno de los partidos políticos más tradicionales del país. Apliquemos la idea de captar el “espacio vacío y no sólo las figuras que lo habitan”. ¿Cuántas personas mejor formadas para el cargo asignado a la hija del ex presidente de marras puede haber? Con seguridad han de ser varias. La diferencia está en que muy pocas o ninguna son hijos o hijas de un ex presidente. Adivinemos ahora qué enfoque del arte la ha impregnado. Cuál es su discurso conceptual. ¿Será aquel conocido como arte posmoderno o contemporáneo con el aderezo social?

 

Creo que adivinamos y no es casualidad. El arte actual oficial que los centros mundiales vía Nueva York, Berlín, París, Londres magnifican es ese. Los más influyentes o poderosos del arte en sus respectivos países simplemente repiten lo que se hace en esos centros mundiales. Son una réplica de lo que sucede cuando uno es de la periferia y no del centro del mundo culto capitalista. Se siguen las órdenes para no quedar por fuera del circuito.

 

Los integrantes de la lista más influyentes se subdividen a su vez en dos categorías. De una parte están los de origen burgués más puro. La hija de Gaviria y su papá, la dueña de ARTNEXUS, la galerista Casas Riegner, González y Salcedo. Las dos últimas han incursionado en el arte político comprometido y en los dos casos sus obras han sido asimiladas perfectamente por la sociedad de consumo lo que pone en duda sus intenciones. Nada más burgués que intentar no parecerlo. Tienen en común con las tres primeras la ausencia de angustias materiales elementales. Y éstas a su vez Son un poco como las Gertrude Steins y las Peggys Guggenheims de este país. Siempre las hay en todo el mundo. A quienes patrocinen o qué enfoque del arte apoyen depende de lo que esté de moda en los centros internacionales. Para el caso la moda es hacer arte social o de participación colectiva. Arte corporativo lo llaman algunos críticos lúcidos. Los temas o grupos humanos escogidos para protagonizar sus obras cumplen la función de conejillos de indias del experimento y al final pese al reconocimiento que alcance el artista, sus condiciones de vida o la problemática que los agrupó no cambiarán un ápice. Son un tema más en la historia del arte y su rol de víctima quedará estetizado, edulcorado, exento de todo efecto culposo. En los parámetros del arte actual, nada más decorativo en un bello y lujoso espacio minimalista que una imagen violenta. No son los artistas quienes deberían actuar desde sus obras directamente a favor de las víctimas. Cuando menos no de esa manera. La fracasada y torpe suplantación que hacen de los trabajadores sociales, psicólogos, sociólogos y políticos no hace otra cosa que agravar la resiliencia de estos grupos humanos al convertir en trofeo, premio y objeto de consumo el producto final de su denuncia. Los procedimientos técnicos de moda son el vídeo, la fotografía, la performancia y sus infinitas variaciones o recombinaciones. El dibujo merece capítulo aparte porque su aparente renacimiento es engañoso. De todas las formas de expresión plástica tradicionales es la más manipulada y pervertida del arte hipe-rmoderno. La más importante diferencia con lo que sucede en el primer mundo y la verdadera razón de ésta nota en tono de crítica al listado de los más poderosos del arte, radica en que mientras en el tercer mundo conviven todas las formas, enfoques y procedimientos del arte bajo un mismo espacio y con condiciones similares para los artistas y el público, aquí como en todos los países de la periferia se privilegia un solo enfoque oficial del arte.  Sería absurdo pretender que la pintura debe prevalecer sobre el video-instalación o algo por el estilo. Lo que si resulta intolerable es que todas las pautas de acceso y participación en los espacios públicos o privados estén condicionadas por el uso de un solo tipo de enfoque y sólo ciertos procedimientos. En este caso el que los burócratas culturales más favorecen es justamente aquel derivado de la especulación mundial con el arte político-social. Una suerte de pornografía que parece tener efectos higiénicos en el mundo político y empresarial. El segundo grupo es más ecléctico y no se puede pensar en agrupar su trabajo en una misma definición crítica. El más respetable, Muñoz, ha hecho una carrera inteligente con una obra bien estructurada y con diversos procedimientos. Me inclino a pensar que es el único artista de la lista comprometido con una causa. La del arte mismo por supuesto. Sus acciones han mostrado una total coherencia con una obra de indudable calidad técnica y conceptual. Podría afirmar que ese es el tipo de influencia que en realidad genera respeto y reconocimiento. Ospina por su parte ha mostrado una postura crítica en torno al contexto del arte como lo atestiguan sus textos en páginas de opinión y es probable que como muchos otros esté atrapado en un medio con el que muy a su pesar convive. Los demás fueron sesgando su trabajo hacia la nueva tabla de salvación de la profesión, la curaduría. Una actividad perfecta para la era pos e hipermoderna. Ellos pretenden ser el faro en la oscuridad de nuestras vidas insensibles. Para quienes estudiaron arte a partir de los años 70 y 80, no había mucho futuro en seguir siendo aspirantes a artistas. Había mucha competencia y muy dura. Mejor escoger otro barco y mejor aún, ayudar a remozarlo y calafatearlo. Robert Hughes, respetable crítico de arte recientemente desaparecido había dicho sin tapujos la verdad para definir esa época: “El arte posmoderno es el vómito de los 80”. Su escepticismo venía de conocer muy de cerca la oleada de tonterías surgidas en Nueva York durante las décadas más influyentes de éste centro mundial de la cultura occidental y de un fenómeno sin precedentes en la civilización, la especulación con los precios en los mercados del arte. Hughes había visto lo que acontecía con la educación artística en la era de la posmodernidad y su absurdo “todo vale”. Fue uno de los pocos que advirtió acerca del peligro de generar trágicos nuevos ídolos como Basquiat y de tomar al pie de la letra las actitudes “cool” de las estrellas envejecidas del pop art. Advirtió el advenimiento de la nueva academia, la ortodoxia surgida de las heterodoxias del siglo pasado y el arte oficial y estatal que los representa. Un análisis generacional nos muestra que casi la mitad de los miembros de la lista de influyentes se formaron en esos años aproximadamente.

 

Si estos son los influyentes es importante mencionar que sólo influyen en el pequeñísimo mundo del que suelen hacer parte en una indefinible mezcla, críticos, artistas y curadores que se esfuerzan por convencer a un grupo aún más pequeño de compradores y pseudo-coleccionistas. Y los están convenciendo de mirar de un solo modo el arte actual. La mayoría también informe y desorganizada conformada por cientos de artistas no se siente representada por este grupo influyente. Se siente excluida y confundida porque sus modos de supervivencia son cada vez más precarios sin importar la calidad de su trabajo. Sobre todo no comprenden por qué sólo quienes hacen parte del circuito oficial tienen derecho a devengar ganancias de lo que hacen aún si sus obras son de denuncia social y niegan hacer parte del mundo consumista. En este escenario el verdadero tipo de arte independiente es el de los modestos pintores y dibujantes que no engañan con su ambigüedad. Para todos ellos no podemos esperar que nada cambie. Lo dicen abiertamente: Nos van a dar más de lo mismo. La bella y castiza frase en castellano sería “A TOMAR POR CULO”.

 

Quienes están en el momento y cargo indicado, harán bien su trabajo que no es otro que replicar una y otra vez lo que les dicen desde el primer mundo. Es la misma y humillante relación política entre países como Colombia y los Estados Unidos. En varias ocasiones me preguntaron mi opinión por la elección del presidente colombiano y mi respuesta siempre ha sido y será la misma: “Aquí y en todos los países del tercer mundo no se eligen presidentes sino empleados o administradores. El presidente de ese país se elige cada vez que hay votaciones presidenciales en Estados Unidos”. El arte hipe-rmoderno es igual porque escogió ser político y social. No es más que una extensión de ese poder ejercido desde el primer mundo y el listado de los más influyentes en el arte en cualquier lugar del mundo configura los nombres de los encargados de administrar esos intereses. Esa capa burocrática es parte de la nueva profesión artística y en el caso de los espacios o la infraestructura oficial, ellos la regulan utilizando los recursos de los impuestos que pagan todos los ciudadanos. Nada más parecido a la política que el arte contemporáneo. Nada más burgués y esnob que el arte que algunas de éstas personas encarna. Si un buen miembro de la sociedad capitalista colecciona como el ex presidente Gaviria obras de contenido social o de fina reflexión plástica conceptual, nadie parece notar el exabrupto, la contradicción que representa ver a un hombre que ha ejercido el poder político y aún lo ejerce, comprando arte conceptual o

anti-burgués o de contenido social. Duchamp o Beuys podrían revolcarse en su tumba viendo el tamaño de la paradoja. Ellos que creyeron haber arrebatado el botín del arte de las manos del poder político burgués estuvieron a punto de ver que su estrategia no funcionó. La bofetada que habían lanzado desde el Dadaísmo y el arte conceptual o no objetual iba dirigida en trayectoria directa a todos los miembros de la clase política y burguesa. En menos de cien años la rebelión de las vanguardias quedó tan anulada y asimilada que hoy podemos encontrar ex presidentes neoliberales que son coleccionistas y galeristas. ¡¡Y para ellos iba la bofetada de las vanguardias!! Es algo similar al caso de un fabricante de armas que dona dinero para los países con niños mutilados por las minas que fabrica. Bueno, en realidad esa es la razón de ser del arte actual.

 

Arte estatal de la nueva ortodoxia patrocinado por los organismos culturales y por el capital privado. Todos trabajan para defender sus intereses como es de esperar de una especie animal bípeda que un buen día le dio por dibujar y pintar en las pare des  de las cavernas. Está bien que se nos diga que son influyentes, pero no humanistas o filántropos cultos y de buenas intenciones. Esta afirmación es un insulto a la inteligencia tan grande como creer que todos los periodistas de los medios de comunicación son servidores públicos independientes honestos y desinteresados.

 

Es absurdo imaginar que hay algún residuo de auténtica independencia o libertad en el arte que algunas de estas personas representan desde la producción, la comercialización o la crítica. En muchos sentidos la especie humana no ha avanzado mucho y el arte no es la excepción en modo alguno. Ese es el fracaso que nadie quiere admitir.

Carlos Genaro Matus

 

(Chipre, 1964). Artista plástico, historiador y curador nacido en Chipre, de padres portugueses y nacionalizado en México.

En ciudades como Sao Paulo, Kassel, Venecia, Quito, Panamá y Nueva York, publicó sus textos en volantes y folletos que circularon en ediciones de bajo presupuesto que fueron entregadas en estaciones de autobús y trenes subterráneos.

Su proyecto “Arte- En Red 2” planteaba la idea de configurar obras de arte contemporáneo de forma colectiva, mucho antes de la puesta en marcha de la Internet.

Ha sido catedrático y asesor  de pre-selección para eventos como la VI Bienal de Pintura de Cuenca y la Documenta de Kassel, 1998.

Se vincula a este proyecto del MaReA en su año sabático en Colombia, país que lo atrajo por la belleza de sus mujeres y para desentrañar los genes de las madres que paren una clase política, empresarial y religiosa, corrupta, cínica e indigna encaramada en los  carruseles criminales de la burocracia oficial y cultural para desgracia de las masas ignorantes, supersticiosas e indignas que los sostienen.

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