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COLABORADORES / CARLOS FAJARDO

 ReVista OjOs.com    FEBRERO DE 2016

Carlos Fajardo

AUGUSTO RIVERA: ENTRE TRADICIÓN Y MODERNIDAD

 

“Creo que la pintura, como la poesía, se inicia en el deseo

de relatar la forma de algo que lo mismo puede ser un

poema, una manzana o un cuento”.

Augusto Rivera

 

 

Los contextos: hacia una modernidad estética

 

La presencia de Augusto Rivera en las artes plásticas colombianas, dialoga con aquella trascendental época de rupturas, búsquedas y experimentaciones que estremeció al espíritu hispano católico y conservador, reinante en el país desde el período de la Regeneración hasta bien entrado el siglo XX. Como respuesta a las concepciones anti-vanguardistas, los artistas de las décadas del cincuenta y del sesenta crearon obras de confrontación y de propuesta, las cuales gestaron un tímido y temido encuentro con el espíritu de la modernidad estética. Claro, dicha modernidad siempre había sido ignorada y excluida de los escenarios de la cultura y de la política colombiana. Sólo a cuenta gotas las luchas por la autonomía y la secularización del arte nos fue llegando, por lo que todavía hoy se siente la carencia de una verdadera integración e instalación del proyecto moderno entre nosotros.

 

De ahí que, las décadas del cincuenta y del sesenta, años en los cuales despunta con grandes bríos modernos la plástica nacional, manifiesten una hibridación ambigua, pues se mueven entre una premodernidad todavía vigente y útil para ciertas mentalidades de la sociedad, una modernización industrial técnico-científica impuesta desde arriba e incipiente, y una modernidad política y cultural a medias, sólo defendida por las mentalidades más democráticas y progresistas del momento.

 

Colombia entonces se presentaba como un país de no gratos conflictos y desgarramientos. La Violencia partidista había dejado su marca en las sensibilidades de la época, lo cual será de doloroso registro en algunas de nuestras obras artísticas de mayor trascendencia; a su vez, la Violencia, y el eminente peligro de una revolución socialista y comunista, facilitaron las cosas para que liberales y conservadores crearan el Frente Nacional (1958-1974), uno de los pactos políticos más desastrosos para el proyecto moderno democrático en el país. Durante 16 años, los dos partidos oficialistas, liderados por el liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez, se repartieron el poder de forma consecutiva, lo que generó una estructura política de dictaduras civiles sistemáticas. Ello condujo al desconocimiento de diversas organizaciones de oposición, cerrándoles las posibilidades de acceder al poder por la vía democrática. Las consecuencias desastrosas de esta continuidad partidista se verán en la creación de grupos guerrilleros de izquierda, como única posibilidad para llegar al poder, y en la conformación, en las clases populares y medias, de carteles del narcotráfico hacia finales del siglo XX.

 

Si existe una generación que merezca un reconocimiento por su lucidez, valentía y compromiso poético-político éste ha de ser para la se agrupó bajo la revista Mito, fundada por Jorge Gaitán Durán en 1955. Mito puso en tela de juicio algunos de los paradigmas de una sociedad basada, todavía a mediados del XX, en una concepción señorial de hacienda; abrió exclusas hacia la cultura, el arte y la poesía mundiales. Los artistas, intelectuales y políticos agrupados en torno a Mito, dialogaron con la cultura moderna, sacudieron las esferas tradicionales a través de un trabajo artístico e intelectual pluralista, cosmopolita y riguroso. Las palabras se pusieron en situación activa, y una pulsión crítica-creativa fue impregnando a los artistas del país, generando una atmósfera de apertura, libertad y diversidad expresiva1.

 

Con Mito se comenzó a vivir una transformación ética y estética con presupuestos modernos, proceso que con muy pocas excepciones se había asumido en Colombia. Esta pasión por la reflexión, y la necesidad de modernizar un estado nacional que sufría la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, hizo posible que se conocieran autores de tan entrañable permanencia e influencia en la cultura posterior. Ello obedecía al criterio universal y colombiano que inspiraba a sus creadores. Mito no sólo unió a intelectuales, poetas, científicos sociales, políticos, sino a varios artistas de la plástica, entre ellos Edgar Negret, Alejandro Obregón, Guillermo Wiedemann, Eduardo Ramírez Villamizar, Rogelio Salmona. Mito fue, pues, una empresa difícil y ardua de unos pocos intelectuales con un ethos y un pathos modernos, frente a los problemas de su tiempo; intentó limpiar la herencia de la Arcadia neo-ateniense e hispano-católica que desde la época de la Regeneración había persistido en Colombia.

 

A finales del siglo XIX, las mentalidades de la República Conservadora habían cerrado con fuerza las puertas a las vanguardias artísticas, lo que produjo un atraso de años respecto a otros países latinoamericanos. De ahí que sólo pudimos escuchar los ecos de la modernidad vanguardista. Por ejemplo, el pintor Andrés de Santa María (1860-1945), nacido en Colombia pero educado desde niño en Europa, estremeció las sensibilidades señoriales y hacendarias del país con la propuesta de un arte de avanzada a unísono con las conquistas del impresionismo. Santa María es quizá nuestro primer pintor con actitud moderna. Su obra fue duramente rechazada por ser antiacadémica, por alejarse del costumbrismo y por la falta de verosimilitud clásica. Sufrió la exclusión y la marginalidad que la hegemonía conservadora hispano católica ejercía sistemáticamente sobre los espíritus vanguardistas en Colombia 2.

 

De igual manera, la sufrió Fídolo Alfonso González Camargo (1883-1941), discípulo de Santa María, y en las décadas del treinta y del cuarenta Pedro Nel Gómez, Ricardo Rendón, Débora Arango y Carlos Correa. Estos pintores criticaron a la tradición académica de españolería, al artificioso neo-costumbrismo nacionalista que idealizaba a una Colombia bucólica e hispánica.

 

El arte vanguardista en estos años, a través de una ardua batalla pudo apenas oponerse a los patrones que regían el gusto. Una modesta aceptación se le dio en el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo denominado “La Revolución en Marcha” (1934-1938), la cual vinculó a su proyecto progresista liberal alguno de los intelectuales de mayor prestigio en el país. En su administración se creó la Ciudad Universitaria, se promovió la entrada de ideas modernas en la filosofía colombiana, por lo que fue posible escuchar a profesores como Rafael Carrillo y Danilo Cruz Vélez, a la vez que intelectuales como Jorge Zalamea, Gerardo Molina, Germán Arciniegas, colaboraron con el gobierno y con sus políticas reformistas liberales en la cultura y la educación.

 

Bajo la atmósfera del ascenso del fascismo, del nazismo y de la Guerra Civil Española, varios artistas asumieron un compromiso contestatario y se propusieron estar a la altura de los problemas estéticos y sociales de su tiempo. Basta recordar los murales de Pedro Nel Gómez, ejecutados en el Palacio Municipal de Medellín entre 1935 y 1937, y el alboroto que armaron ante esta propuesta los académicos y conservadores. Así mismo, recordemos la dura polémica ideológica y estética surgida a raíz de la exposición de Débora Arango en 1940 en el Teatro Colón de Bogotá, la cual enfrentó al conservador Laureano Gómez con el Liberal Jorge Eliécer Gaitán, Ministro de Educación por ese entonces; como también el escándalo que generó el cuadro La Anunciación de Carlos Correa, presentado en el II Salón Anual de Artistas Colombiano en 1941, de donde fue retirado.

 

Sólo en las décadas del cincuenta y del sesenta las concepciones del arte moderno comenzaron a tomar fuerza en Colombia. Así, la inauguración de Museos de Arte Modernos y Contemporáneos (del Museo La Tertulia de Cali en 1956, de la Sala de Exposiciones de la Biblioteca Luís Ángel Arango en Bogotá, 1957; del Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1962), de galerías (la Galería El Callejón y la Galería Buchholz en 1951, la Galería El Caballito en 1956, entre otras); la profesionalización de expertos y críticos, los cuales fueron introduciendo al público en la comprensión del arte moderno y contemporáneo (recuérdese a Marta Traba y a intelectuales y poetas como Luís Vidales, Jorge Gaitán Durán, Andrés Holguín, Fernando Arbeláez, Bernardo Restrepo Maya, algunos de ellos publicados en la Revista Mito), y la apertura hacia el mercado del arte, paralelo al proceso de urbanización y modernización de la radio, la prensa y la televisión, contribuyeron para que en Colombia se comenzaran a formar sensibilidades familiarizadas con las conquistas de los espíritus modernos, a la vez que enriquecieron las miradas, motivando a los creadores a arriesgarse con explosivas propuestas.

 

La década del cincuenta vio, entonces, florecer una generación de artistas cuyas indagaciones transitaban por el abstraccionismo y la figuración expresionista. La autonomía del arte ganaba terreno. Las exploraciones de las vanguardias europeas y latinoamericanas de principios del siglo XX, se reactivaban y se recomponían en las artes plásticas colombianas. Artistas como Eduardo Ramírez Villamizar, Edgar Negret, Guillermo Wiedemann, Armando Villegas, Judith Márquez, María Teresa Negreiros, Omar Rayo, Juan Antonio Roda, Manuel Hernández, Carlos Rojas, entre otros, tomaron el camino de la abstracción. De forma paralela, Alipio Jaramillo, Alejandro Obregón, Lucy Tejada, Fernando Botero, Carlos Granada, Darío Jiménez, Norman Mejía, Enrique Grau, se embarcaron en las exploraciones de la figuración, asumiendo muchos de ellos el expresionismo.

 

Fluctuando entre el abstraccionismo lírico y el expresionismo figurativo, se encuentra el maestro Augusto Rivera (1922-1882). Después de una temporada de casi ocho años en Chile, donde estudió pintura en Viña del Mar y en Santiago, Rivera regresa a Colombia a mediados de los años cincuenta. Por esa época, la confrontación entre los pintores neocostumbristas (nacionalistas académicos) y los abstraccionistas se hizo patética. Los primeros criticaban a los segundos por ignorar el compromiso del artista con la “realidad”, y el imperdonable alejamiento de la noción de naturaleza, como de los cánones mimésicos clásicos. De esta manera, se impugnaba la apuesta estética de los abstractos por no representar de facto los problemas de una cultura

colombiana en crisis y confrontación violenta.

 

Sin embargo, una de las conquistas de las representaciones abstractas fue la de poner a dialogar el arte colombiano con las tendencias mundiales, sacarlo del provincianismo señorial, instalarlo en el debate artístico internacional. Su apuesta fue valiente, su desafío inmenso en una Colombia que se arrullaba todavía con las leyendas de La Regeneración decimonónica. La no figuración creó entonces una atmósfera propicia para

emprender búsquedas libertarias de expresión pictórica, desmontar caducas lógicas, descubrir las posibilidades de la autonomía del arte.

 

Por su parte, las representaciones figurativas expresionistas se vincularon, inicialmente, a un arte de confrontación y denuncia con intenciones narrativas. Los acontecimientos de La Violencia partidista se infiltraron en las telas, enviando a la pintura hacia la anécdota y el relato político. Sin embargo, en no pocas ocasiones, algunos artistas superaron esta dependencia, edificando con un lenguaje sugerente, evocativo y metafórico, las visiones de lo real. Una buena dosis de imaginación poética es la que se observa en cuadros como La Violencia (1962), de Alejandro Obregón, o en la lírica embriagante de Darío Jiménez (1919-1980), en el primer Fernando Botero, en la teatralidad decorativa de Enrique Grau y, por supuesto, en la explosiva y contenida poética de Augusto Rivera.

 

Embarcados en crear una iconografía tan propia como universal, los abstraccionistas y los figurativos ayudaron a construir la imagen del artista libertario, secular, independiente, crítico y autocrítico, cosmopolita, aceptando la pérdida del aura tradicional en el arte, asumiendo el tránsito de un mundo cerrado a uno plural, abierto, con proyectos ciudadanos emancipadores, expansivos, renovadores, vanguardistas. Dicho modelo de artista se fue gestando en medio de las tormentas de una violencia institucional, de un pacto social antidemocrático frente-nacionalista, en torno a una tradición moralista, maniquea, agraria, seudo urbana y semi-industrial, junto a las diversas utopías libertarias de la Revista Mito, del grupo Nadaísta y de los intelectuales de izquierda.

 

Rivera y su simbología terrígena

 

Augusto Rivera, el caucano nacido el 22 de Octubre de 1922 en Bolívar, va a cifrar en su exquisita obra estas confrontaciones. Su obra asimila e integra tanto la abstracción como lo figurativo. Obra compulsiva, explosiva, visceral, donde la poesía se constituye en un continuum esencial para la edificación de su estética. Obra raíz y nube, tubérculo que dialoga, desde el fondo de lo autóctono popular, con el viento de lo universal. De allí sus demonios y fantasmas de familia, de pueblo, la presencia de personajes míticos de su Bolívar natal, la fuerza y delicadeza expresiva de su belleza terrible y su terrible belleza.

 

Rivera nos ata, con ferocidad y ternura, a perpetuas convulsiones, a nacimientos y apocalipsis, con texturas, formas, líneas, colores que muestran un voraz sincretismo comunitario. Entonces, un proceso de hibridaciones míticas y reales,religiosas y paganas en esta obra se establecen. Oigamos al maestro: “Entendí a Vulcano cuando vi a don Eleuterio forjar herramientas, herraduras, etc. No porque humanizara al dios, sino porque remití al herrero a la zona mitológica que ahora trato de pintar. Y no se crea que la cultura clásica de mi pueblo era cualquier lagaña (los académicos dicen legaña-pero la palabra no me gusta). Había un señor llamado Sabino y sus hijas sabinas; y, todas fueron raptadas”.

 

De manera que, para Rivera, el mito florece y se conserva en los rituales de estas culturas de frontera. Por lo tanto, expresa simbologías irónicas, sarcásticas, carnavalescas, donde la historia y la leyenda, lo político y la imaginación excitada se unen en una fragmentada totalidad. Al fondo, siendo protagonista principal, palpita Bolívar, su pueblo, sosteniendo en los hombros toda la complejidad de este acontecimiento.

 

Gracias al estudio de la simbología precolombina, a la indagación de los mitos y leyendas populares, a la asimilación de las más grandes conquistas de la pintura occidental, y al arrojo en las propuestas renovadoras del arte vanguardista del siglo XX, Rivera edificó una obra que linda con lo real maravilloso o barroquismo americano tal como lo definió Alejo Carpentier. Es aquí donde se encuentra su extraña y lúdica conquista, el dinamismo efusivo de sus signos, con figuras caprichosas, ora grotescas, ora oníricas y eróticas, luego extravagantes. Poblar la tela como poblando el mundo, conjugando lo sencillo con lo complejo, el equilibrio con la desmesura, los límites con el caos.

 

Este control de las formas, junto a la exuberancia de las mismas, erige los ritmos secretos de una pintura que se nos muestra grave y leve a la vez. No cabe duda que el artista ha fusionado – intenso y genial- las representaciones clásicas con el mejor expresionismo del XIX y el XX, y las búsquedas de una expresión americana, emprendida por nuestros más altos artífices.

 

En esta cartografía vibran figuras fantasmales, carnales, de pesadilla, abstractas. Pero es la poesía la que llena la composición y los planos pictóricos, la que crea atmósferas mágicas. En verdad, es una poesía expresada en dibujo y pintura, vuelta imagen. Entonces no es gratuito que, por esta permanente relación con lo poético, Rivera se haya entregado, pleno de pasión, a ilustrar libros de narrativa y poesía entre los cuales se encuentran el poema Yurupary, la novela La Vorágine, poemas de Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, el poemario Pasa El viento de Matilde Espinoza.

 

En 1980, estando de estudiante en la Universidad del Cauca de Popayán, tuve un emocionado contacto con la obra de Rivera. Habíamos fundado el taller de escritores La Rueda. El maestro, con inmensa generosidad, realizó las ilustraciones para el tercer número de la revista publicado ese mismo año. Desde entonces lo admiré y me enamoré de su obra. Los integrantes de ese legendario grupo, llevaremos tatuado siempre este sentido

recuerdo.

 

Marta Traba había dicho: “La pintura para él, es un problema vasto y complejo. (…) Debe vincularse de una manera sincera, elemental, con las tradiciones indígenas, pero traducir esa vinculación por una simbología densa, crítica, resultado de reflexiones arduas, de complicados procesos intelectuales”.

 

Reflexiones arduas son a las que nos lanza su maravilloso arte. Por su lucidez imaginativa y sus desafíos formales, Rivera es ahora un canon de obligado estudio en la pintura colombiana. Más allá de merecidos homenajes, su trascendencia está garantizada; pero sirva el que aquí se le realiza para que, con su irónica grandeza, él se levante a desafiar pleno de gozo, los miedos y fantasmas que por siempre nos habitan.

 

1 La revista Mito, reúne a los poetas Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Fernando Charry Lara, Fernando Arbeláez, Rogelio Echavarría, Héctor Rojas Herazo, Álvaro Mutis; a los narradores Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, y a los ensayistas: Hernando Valencia Göelkel, Rafael Gutiérrez Girardot, Hernando Salcedo Silva, Hugo Latorre, Marta Traba, Jorge Eliécer Ruiz. A través de sus páginas, Colombia pudo

conocer la obra poética de William Blake, Sade, Arthur Rimbaud, Paul Valery, T.S. Eliot, Jorge Luís Borges, Octavio Paz, Juan Lizcano; los escritos

filosóficos y literarios de Jean Paul Sartre, George Bataille, Antonio Gramsci, Henry Lefebre, Jéan Genet, Henry Miller; artículos políticos de Gerardo Molina, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen, del sacerdote Camilo Torres Restrepo, de Orlando Fals Borda.

 

2 En el campo del arte y la cultura, la hegemonía conservadora estableció que todo artista debería dedicarse a exaltar los valores de la herencia española, la moral católica y a conservar las tradiciones de raza, religión e idioma. Bajo tales condiciones, Colombia se cerró a todo pensamiento

foráneo innovador, y se centró en un provincianismo radical que repercutió en la formación de sus intelectuales, artistas y poetas. A su vez, la ideología de la República Conservadora puso en la picota pública y en tela de juicio las obras de escritores contradictores como José Asunción

Silva, José María Vargas Vila, Luís Carlos “el Tuerto” López, Fernando González y Tomás Carrasquilla, nada cercanos a las ideas de La Regeneración.

Carlos Fajardo

 

Santiago de Cali, Colombia,

1957.

Poeta y ensayista, Magíster y Doctor en Literatura. Cofundador de la Corporación

“Si Mañana Despierto”, dedicada a la investigación

y creación artística y literaria. Docente de planta en la Maestría en

Comunicación-Educación

de la Facultad de Ciencias

y Educación, Universidad

Distrital Francisco José

de Caldas, Bogotá.

Es colaborador del Periódico

Le Monde diplomatique.

Director de la Colección

Pensamiento Estético

Siglos XX y XXI y del

seriado audiovisual Vida

y obra de Artista, editados

y producidos por Desde

abajo y Le Monde diplomatique, Colombia.

 

 

 

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