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HOMENAJES / AUGUSTO RIVERA GARCÉS / POR FERNANDO GUINARD

 ReVista OjOs.com      JULIO DE 2016

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Augusto Rivera Garcés

Augusto Rivera Garcés

 

El 10 de agosto de 1982 murió el maestro Augusto Rivera Garcés en la Clínica Marly de Bogotá. Murió por muchas causas, por cansancio, por desencanto, por cirrosis, porque a todos nos llega la hora, pero ojalá nos llegué después de haber bebido el último chorro de vida y gozado las facetas más disparatadas e imaginarias del mundo paralelo de la imaginación y la locura.

 

Mestizo de ascendencia indígena, Augusto Rivera nació en Bolívar, Cauca, el 22 de octubre de 1922, un pueblito de mineros supersticiosos que influyeron en las mitologías particulares que el maestro inventó durante su periplo por este valle de lágrimas.

 

Como buen muchacho estuvo en el seminario, imagino que se pegó una aburrida de los demonios pues su voltaje era mundano y su espíritu libre no le permitía tragar entero dogmas y mentiras embrutecedoras. También trató de ser abogado pero detestaba las normas y las leyes fabricadas por humanos perversos y falsos. Los estudios de arquitectura le sirvieron para mandar a la mierda la geometría euclidiana y las perspectivas teóricas.

 

Su espíritu inquieto y curioso lo llevó a viajar por Ecuador, Perú, Argentina y Chile. De Argentina se robó a Mabel, su bella esposa con quien tuvo a su hija Martha Lucía. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, participó en innumerables exposiciones, decoró casinos, y el de Viña del Mar fue el que lo acogió con más afecto; fue allí donde aprendió que la vida es un juego en el que se gana y se pierde. “Yo mismo estoy en mi contra. Sólo que soy mi enemigo de confianza. Yo me he dado mis alegrías y me las he quitado. Me he obsequiado pero también me he robado. He vivido el amor y el desamor. Simultáneamente me ha tocado comer mierda pero también dicha. Por eso sé que nada es gratis, todo se paga”, decía Rivera a diestra y siniestra, a periodistas, amigos y contertulios.

 

En 1955 regresó a Colombia y se convirtió en uno de los artistas más representativos de su generación con Alejandro Obregón, Enrique Grau, Edgar Negret, Juan Antonio Roda y Eduardo Ramírez Villamizar.

 

Rivera no era disciplinado, era un niño a la deriva a quien le importaba más una copa de vino que la fama. Era el más importante profeta del solipsismo, el pintor de la imaginación más desbordada, el del trazo más certero, el mejor inventor de cuentos.

 

En 1961 expuso en la Sociedad Económica de Amigos del País 20 monotipos de la serie Mujeres con amuletos. En la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República de Bogotá, presentó 22 obras, entre ellas, monotipos en blanco y negro, Máquina de los alumbramientos y Temas del Apocalipsis. Marta Traba escribió en la Nueva Prensa:

 

Augusto Rivera salió este año de su silencio pictórico con una excelente exposición de monotipos y con una interesante muestra de óleos y monotipos. Su materia pictórica ha pasado por varias transiciones figurativas y ha descartado sucesivos compromisos con la anécdota, la mitología, el espíritu localista, su ascendencia indígena, etc., hasta convencerse que la buena pintura no se necesita camuflar bajo ningún disfraz extraño.

 

En 1962 realizó una exposición individual en la Librería Central. Marta Traba, escribió en la Nueva Prensa una crítica muy puntual sobre la obra que tituló: Augusto Rivera en primera plana.

 

Los demonios son los personajes más difíciles de pintar. O se tiene imaginación para pintarlos, como le pasa a Wifredo Lam, cuyas extrañas creaciones llevan, metamorfoseada pero patente, la huella del oriente, o en caso contrario se genera lo demoníaco como una atmósfera, una situación, una magia.

 

Augusto Rivera lleva años pintando brujos y demonios con la sincera convicción que las esencias americanas se destilan entre ese humo azufrado y que la tierra vive entre liturgias oscuras y olvidadas que siguen teniendo -solo ellas- el poder de convocarlo. Cuando comenzó a desarrollar ese tema trataba de concretarlo mediante figuras activas, brujos reconocibles frente a la libertad formal, y ritos formulados más con prolija paciencia que con malicia diabólica. Esta concreción del mito, esa obstinada voluntad de explicarlo, comprometían la pintura de Rivera con toda clase de implicaciones literarias. Ambiciosa y honesta, quería integrarse con la “idea americana”, definir una especie de irracionalismo fuerte y básico sin descuidar por eso la penuria y la gloria de pintar: doblegado a ellas, y afrentándolas anhelosamente.

 

La literatura era un enredo y un defecto: entre ella la pintura se extendía laboriosamente, con dificultad, como peleando el terreno. Alguien debía ganar este litigio y ha sido la pintura. El mito se volvió pictórico, se integró y desvaneció entre los argumentos plásticos cada vez más imperiosos. La exposición que actualmente presenta en la Librería Central no solo es la mejor que ha realizado Rivera hasta ahora, sino que es una exposición espléndida, llena de valores densos y fuertes que resisten cualquier análisis.

 

Los valores de empaste, materia y color me parecen los más sobresalientes, mientras que los valores formales -línea, plano y composición- retraídos por la derrota de la anécdota, vagan con un destino más incierto por los cuadros. La pasta de la pintura se trabaja con encarnizamiento y con ternura. Se apodera de la tela centímetro a centímetro. La cubre con una coraza sensible. El cuadro queda armado por ella y solo ella bastaría para defenderlo. No se puede considerar informalista porque carece de su brutalidad o de su aspereza física, como también de su indiferencia cromática. Al contrario, es una pasta de color, cuyo relieve y rugosidades nunca resultan abruptos: tiene temperaturas, es más viva y caliente que las propias formas que navegan en ella. El brujo rojo, La liturgia para un maleficio, Forma de navío, despliegan esa materia total victoriosa: y pensando en los usos del truquismo, habría que subrayar esa materia honesta. Los elementos lineales parecen piezas desoldadas en los cuadros. Recuerdan el uso libre de la línea de Wiedemann y también ciertos grafismos de Luciano Jaramillo. No siempre están puestos de acuerdo a una necesidad, sino más bien para apaciguar una angustia, la angustia de expresar una idea sin caer en la abstracción. Sería indispensable que esas líneas se volvieran signos en un lenguaje que aspira a ser significante: pero no hay nada más difícil que incluir signos en la pintura. Una obra tan maravillosa como la de Klee, que se mueve entre signos, puede dar testimonio.

 

Es importante que Augusto Rivera haya logrado crear esa atmósfera gracias a la rica entonación y a la opulencia de la materia en una órbita sin roce ni contacto alguno con la de Obregón. Los elementos no se integran por desvanecimientos y fusiones de unos en otros ni por los contrapuntos románticos de luz y de sombra de la obra obregoniana: formas desgarradas se asocian virilmente en la superficie. La magia queda apresada en el plano, nunca nace de increíbles rupturas espaciales.

 

Hasta esta exposición la pintura de Rivera ha sido lenta y escrupulosa: dentro de una sociedad de artistas inmodestos esas raras condiciones pueden tomarse por apocamiento. Debe envalentonarse: su pintura está muy bien, su muestra es de los actos más serios del año plástico.

 

En 1963 participó en la VII Bienal de Sao Paulo en representación de Colombia junto a Enrique Grau, Luciano Jaramillo, María Tereza Negreiros, Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, Juan Antonio Roda, Lucy Tejada y Guillermo Wiedemann. Marta Traba escribió en la Prensa:

 

Los nueve artistas que van a Sao Paulo llenan el único requisito que resulta indispensable para formar parte de un certamen internacional: revestir un interés a escala internacional. Ese interés se consigue por muy diversos caminos: por la forma original de expresarse; por desarrollar un talento especial para el color, la línea, composición, el empaste o varios elementos simultáneamente; por la pureza del oficio; por la personalidad para darle a las formas contemporáneas una nueva voluntad expresiva. Pero siempre se llega al mismo término: una calidad efectiva y convincente de la obra de arte.

 

En 1964, entre octubre 20 y noviembre 19, participó en el XVI Salón Anual de Artistas Colombianos en el que declararon fuera de concurso al escultor-diseñador Edgar Negret, a la ceramista Beatriz Daza, y al grabador, dibujante y pintor Augusto Rendón.

 

El jurado de admisión estuvo integrado por los pintores Juan Antonio Roda y Manuel Hernández, y por el dramaturgo y director de teatro Santiago García. El jurado calificador, integrado por los señores Oswaldo Trejo,

Enrique Zerda y Francisco Posada, dio el premio Nacional de Pintura al maestro Augusto Rivera, con su obra Paisaje y carroña, una sensación pictórica y humana de los estertores de la malparidez de la violencia, obra que se encuentra en el Museo de Antioquia; el Premio Especial lo obtuvo el maestro Juan Antonio Roda con la obra Los Acosta; el Premio Carlos Dupuy lo otorgaron a la obra Los elementos del agua de Álvaro Herrán; y la mención a la obra Sobre la serie azul y rojo de Arcadio González.

 

El Premio Nacional de Escultura lo ganó Eduardo Ramírez Villamizar con Saludo al astronauta; y el segundo premio Alicia Tafur con Germinación; y la Mención el maestro Hernando Tejada con Viaje al tiempo.

 

El Premio de Dibujo fue otorgado al maestro Leonel Góngora con la obra El gran inquisidor; el premio de Grabado y el de Cerámica lo declararon Desierto.

 

Marta Traba, -el apellido podría significar trabar el libre desarrollo de la personalidad-, dijo, entre muchas cosas malas, que este salón “No tiene coartadas; no es Salón de jóvenes, ni de viejos, ni de maestros, ni de aficionados (…) uno de los más mediocres conjuntos que hemos padecido en los últimos tiempos” (…)

 

Ella, hipotéticamente, premió en Pintura a Gastón Betelli y al primitivista Antonio Samudio; a Pedro Alcántara Herrán en Dibujo; y a Tina Vallejo, Feliza Bursztyn, Hugo Martínez, Álvaro Herrán y Guillermo Rodríguez en escultura.

 

Bueno, eso es lo bueno de pensar diferente. Cada quien maneja sus propios solipsismos.

 

Sobre la exposición colectiva realizada ese mismo año en la Librería Central donde Rivera expuso monotipos con los dibujos de Luciano Jaramillo y las acuarelas de Juan Antonio Roda, Marta Traba escribió:

 

Los monotipos son bellos y acumulativos; formas apretadas y nucleares, tramas desarrolladas sincopadamente a lo largo del dibujo, espacios irregulares, laberínticos, dan esa suma barroca que es toda obra actual suya, donde campea, sin esfuerzo, ese hálito irracional y mágico que persiguió con tanto denuedo. Es un acierto que esos estupendos monotipos estén ejecutados en blanco y negro. El color sería excesivo y disminuiría este espíritu duradero de sus formas oscuras, armadas, desflecadas y contradecidas en el aire gris blanco, arañado por fuerzas imaginarias, que las contiene.

 

En 1965 el maestro Rivera fue premiado en pintura en el Salón Nacional de Cúcuta. Marta Traba escribió:

 

El premio de pintura otorgado en Cúcuta a Augusto Rivera es la recompensa mejor escogida este año. Rivera se ha situado por méritos propios y por el Gran Mérito de no parecerse ni a Obregón ni a Roda, ni a nadie, en los primeros puestos de la actual pintura colombiana.

 

Su pintura densa, difícil, erizada de zonas taciturnas y desplegada en grandes campos luminosos, tiene ya todas las características estables de un estilo. Tanto se atormentó y desveló Rivera en su empeño de asociar lo que hacía a las tradiciones y circunstancias del país Colombia que ahora -cuando abandonó felizmente ese campo de batalla a los dioses y brujos chibchas, y las formas precolombinas, y a Galán y los comuneros, y decidió pintar sin literatura adicional- ha dado una obra esencialmente nacional, en su barroquismo y sus desvaríos pictóricos, Rivera revuelve el fondo de esos significados no resueltos, de esas antinomias nunca claramente formuladas, de ese estupor y atonía jamás examinado de frente, que podrán llegar a descifrar y definir el espíritu nacional.

 

Unos meses antes de su muerte al maestro Rivera lo visitaba con frecuencia el norteamericano Richard Morgan Stewart, galerista que tenía una sociedad con dos banqueros de esos a quienes les encanta la máxima rentabilidad, que no es otra cosa que comprar bien barato y vender bien caro. En una grabadora capturaba las mitologías personales del maestro Rivera y le extraía, hasta la última gota, los delirios de sus personajes mitológicos que plasmó en un libro publicado en 1987.

 

Cuando nos veía a Sarmiento y a mí donde el maestro, torcía la jeta y le decía que nos echara para poder captar la piedra filosofal de la imaginación y la locura en soledad.

 

A mediados de 2015, José Antonio Dorado, comunicador social de la Universidad del Valle, director de cine y documentalista, nacido también en Bolívar, Cauca, me llamó para decirme que estaba en el proceso de realizar un documental sobre la vida y obra del maestro Augusto Rivera y que deseaba que le contara con veracidad todo lo relacionado con el viaje a Cartagena cuando colgamos el mural que está en el Centro de Convenciones, y todo lo referente al proceso del montaje y la estadía del maestro en el Hotel Las Velas de Bocagrande y su periplo por la ciudad. Y que le contara si era verdad o mentira la versión publicada por el sujeto Richard Morgan Stewart sobre los últimos días del maestro que publicó en el libro Mitologías personales con Augusto Rivera, (1987) en el que también narraba las conversaciones sostenidas con el maestro en las entrevistas realizadas en 1981 y 1982. Y me envió fotocopias de algunas páginas del libro que el chismoso escribió al respecto. Como el libro no se encuentra en ninguna página de internet, tentado por la curiosidad me dirigí a la Biblioteca Nacional para leerlo. Y para no alargar el cuento, leí las babosadas y mentiras con respecto a los últimos días del maestro. Y como decía el futbolista Maradona, el gringo tendrá que realizarme una felación en agradecimiento por haber sido el primero en leer su libro en la biblioteca. Y esta es la historia de mi amistad con Augusto Rivera.

 

En 1980, no me acuerdo ni la hora, ni el día, ni el mes, a uno todo se le olvida, incluso las cosas importantes que ha hecho en su vida, tuve la oportunidad de conocer al maestro Augusto Rivera quien me lo presentó el amigo Ricardo Sarmiento Castello, un buenmozo e inteligente joven que conocí en la revista Nueva Frontera cuando se inició el proyecto de publicación de algunas Guías que trataban temas banales para generar nuevos ingresos.

 

Y nos entrenaron para ser grandes vendedores y nos dieron cursos con psicólogos especializados en venta de espacios publicitarios. En compañía de otras bonitas y sensuales vendedoras logramos financiar seis ediciones. Un día Sarmiento me dijo que renunciáramos a la revista pues los ingresos no daban para vivir con dignidad, y que nos dedicáramos a vender arte pues él conocía a Juan Manuel Lugo, del Taller de grabado La Huella y sus  padres eran amigos de algunos artistas como Armando Villegas y Augusto Rivera y nos podrían poner en contacto con ellos.

 

Visitábamos Villegas y a Rivera con mucha frecuencia. Con Armando Villegas aprendimos el arte del negocio del arte, del coleccionismo y los secretos de sus procedimientos técnicos.

 

Mientras lo mirábamos pintar escuchábamos sus historias de infancia y adolescencia en la sierra peruana y las de su madurez en Colombia. Pero el maestro Villegas era muy serio y no simpatizaba con los licores espirituosos como si lo hacía Augusto Rivera quien era el rey de la bohemia, la simpatía, la imaginación, la locura y el delirio.

 

Y para completar, mi amigo Omar Chaparro Plazas, el fundador de la empresa de confecciones Jeans and Jackets, me prestó su apartamento de soltero en el que tenía obra de importantes artistas como Alejandro Obregón y Pedro Alcántara Herrán, y allí funcionó el primer espacio donde mostrábamos arte para vender.

 

Nos convertimos en buenos amigos de Augusto Rivera quien fue como nuestro maestro del arte, fuimos compinches de alucinaciones reales y ficticias, compartimos exquisitas viandas y bebimos néctares espirituosos durante los dos últimos años de vida del maestro. Después de su muerte nos separamos pues yo le parecía malhablado. Y él también se bebió y se jugó la vida hasta el extremo de encontrar la muerte de manos de un matarife que todavía anda orondo y prepotente como cualquier bandido presuntuoso y con poder.

 

Con Ricardo Sarmiento visitábamos a Rivera dos veces por semana, era un placer verlo pintar cuando disparaba sus ráfagas de tierras y acrílicos sobre los lienzos y cuando dibujaba sus monstruos, a la velocidad del relámpago, con trazo automático y gestualidad desbordada, sin interrupciones, mientras contaba la historia de sus personajes inexistentes y bebía aguardiente, vino, whisky, vodka, o lo que fuera. Algunas veces llegábamos temprano y nos decía que lo acompañáramos a desayunar en cualquier tienda del barrio Chapinero Alto, pero no le gustaba el café, ni el chocolate, ni el jugo de naranja, ni el pan francés ni los huevos, pedía una botella de whisky y se bebía media de un solo envión. Y sonreía con satisfacción, paseaba la lengua sobre sus labios y los impregnaba de licor. Le encantaba, y no disimulaba. “ Y bebes ese alcohol ardiente como tu vida, tu vida que bebes como una copa de aguardiente” le decía desde ultratumba el poeta Apollinaire. Era imparable y por la época ya sufría una cirrosis mortal, tan mortal que en los últimos meses de su existencia lo tiraba, cada ocho días a una clínica de reposo donde le ayudaban a pasar el guayabo eterno.

 

Los médicos y psiquiatras lo dormían para evitar el delirium tremens que produce la abstinencia alcohólica. Cuando despertaba le daban unas pepitas, huevitos suecos, decía el maestro, que le ayudaban a dormir los deseos de consumir licor, pero no le ayudaban a evitar los tics y temblores que convulsionaban su cuerpo. La abstinencia duraba 5 días y luego continuaba el ciclo semanal y rítmico: borrachera y hospitalización.

 

Por la época, la obra del maestro Rivera era la más codiciada. No es sino ver la cantidad de exposiciones y las buenas críticas. Algunos marqueteros lo invitaban a tomar aguardiente en las tiendas y le cobraban el favor con dibujos de pequeño formato que el maestro realizaba en el momento y entregaba con desprendimiento.

 

El marchante norteamericano, socio de los banqueros, le compraba a precio de huevo sus dibujos y pinturas, y otro reducidor que había estudiado en el Gimnasio Moderno y se las daba de filántropo, vaya ironía, también era otro de sus clientes con efectivo. Eran de esos marchantes que hacen fortuna haciendo harina a los demás, como dice la gran filósofa Mafalda. Con el maestro Rivera, además de compartir momentos muy agradables cambalachabamos monotipos, dibujos y acrílicos, por antigüedades, precolombinos, esmeraldas y cuernos de marfil de talla china. Entonces los marchantes se cabrearon porque se les dañó el negocio.

 

Y los dibujos y pinturas salían con la sigla PLM, que significaba para los muchachos, y era el certificado de autenticidad. No fueron muchos, pero si los suficientes para que las ratas se enfurecieran y se dedicaran a tirar energías negativas.

 

Y a la hora de colgar el mural y acompañar al maestro, ninguno de esos lengüilargos apareció.

 

Y la mayoría de dibujos que están en manos de coleccionistas chimbos, son chimbos. Los falsificadores que nunca le vieron dibujar no conocieron sus secretos de los chorreados.

 

Al maestro Rivera a quien el poeta León de Greiff le decía Riverosa, también lo visitaban galeristas norteamericanos que deseaban exhibir su obra y exigían pinturas y dibujos en cantidades considerables.

 

Rivera les decía que con mucho gusto, que volvieran dentro de un año y les tendría, mínimo 30 pinturas de buen formato y cientos de pinturas de pequeño formato.

 

Y al año volvían los galeristas y el maestro les tenía cientos de pinturas, pero en su imaginación. Para espantarles la cara de disgusto a los señores el maestro les decía: siéntense ahí, que ustedes con esas caras de coyotes son ideales para pintar.

 

Y salían felices con sus retratos, monstruosos pero bellos.

 

Por la época se había inaugurado el Centro de Convenciones de Cartagena. El decorador, un señor de apellido García, seleccionó a tres artistas plásticos para que pintaran el espíritu de la ciudad y de sus gentes. Alejandro Obregón pintó in situ la atmósfera zoológica-pictórica caribeña; Enrique Grau también pintó in situ las anécdotas de la historia cartagenera, ángeles, indígenas, aculturizadores españoles, militares, inquisidores, evangelistas, defensores de esclavos y reinas; Augusto Rivera también pintó en su casa de Bogotá, sobre módulos, la historia de Cartagena, pero con más imaginación y más estallidos de formas, colores y monstruos.

 

Un día estuvo terminado el mural. El decorador tuvo toda la paciencia del mundo para la entrega de la obra, y el Centro de Convenciones también. Era bien sabido que el maestro era el rey de la impuntualidad y de la indisciplina, no le gustaba el conductismo de la seriedad. Era libre, y loco, y genial.

 

En uno de esos pocos días de lucidez y de cordura, es decir, cuando salía de la clínica de reposo con los huevitos suecos que le impedían, en teoría, consumir alcohol y calmar el delirium tremens, le propuse al maestro que lleváramos el mural a Cartagena, que yo pagaba los pasajes de avión y el seguro del mural, y que él asumiera los gastos del hotel y la comida en la ciudad durante los cuatro días de estadía. En eso quedamos.

 

El maestro le tenía pánico al viaje en avión. Y más si estaba en sus cinco sentidos. Creía que se iba a caer. Y que se iba a morir.

 

El mural lo aseguramos contra pérdida total, por si acaso le sucedía algo, pues no iba protegido por un guacal de madera como se estila. Después me enteré que si el mural se hubiera deteriorado, o si el avión se hubiera estrellado, y todos los pasajeros hubieran muerto, y la carga se hubiera destrozado y esparcido por kilómetros cuadrados de atmósfera, y si los investigadores hubieran encontrado un fragmento de la pintura del maestro Rivera, no se hubiera podido cobrar el seguro pues estaba asegurado por pérdida total, y en este caso se había salvado un centímetro cuadrado de tela pintada.

 

Bueno, a veces se aprende tarde pero se aprende. Durante el viaje el maestro contaba cuentos insólitos. Uno muy divertido hacía referencia al maestro Edgar Negret. Decía Rivera que Negret no era calvo sino que usaba una peluca calva que se quitaba por las noches antes de ir a dormir, y entonces aparecía una larga cabellera negra y rizada que le llegaba hasta la cintura, y se dirigía a la piscina de su casa del barrio Santana, en Bogotá, y a la luz de la luna y mirándose en un espejo desenredaba sus cabellos con un cepillo y los acariciaba con sus manos mientras cantaba la canción que dice: “Ese toro enamorado de la luna que abandona por las noches la manada”…

 

Era muy simpático el maestro Rivera.

 

Cuando llegamos a Cartagena nos presentamos donde el gerente, o director, o presidente del Centro de Convenciones, que por la época era Sabas Pretelt de la Vega, quien luego sería presidente de FENALCO y Ministro de Gobierno del primer período del presidente más funesto que ha tenido Colombia, Uribe Vélez. Después de ver la pintura de Rivera, y tal vez como por romper el hielo, Sabas le preguntó al maestro el porqué de la deformidad de los personajes de las escenas plasmadas en la pintura. Rivera le contestó que los

pintores trabajaban con formas y que a él le gustaba deformar para evadirse de la obviedad de la impersonalidad en la pintura, y que toda pintura era una abstracción de la realidad.

 

Sabas, muy cordial y sonriente, nos recomendó y nos instaló en el hotel Las Velas situado en la zona de Bocagrande.

 

Después de fijar la pintura, y de colgarla a la entrada del auditorio Getsemaní del Centro de Convenciones, por la noche, exhaustos, caminamos hacia el Hotel. En una servilleta de tela, el maestro Rivera realizó el retrato de María Teresa. Hasta ahí todo bien.

 

Al día siguiente se realizó la recepción de inauguración de la pintura mural. Rivera esperaba que asistiera el pintor Alejandro Obregón, el único artista colombiano que respetaba, bueno también respetaba al escultor Negret y al pintor y escultor Eduardo Ramírez Villamizar, pero Obregón brilló por su ausencia. Las autoridades civiles sí asistieron vestidos algunos con vestido de color negro y encorbatados, en ese calor infernal. Claro está que había aire acondicionado. Los de la Armada si estaban muy elegantes, de blanco inmaculado. En fin, las costumbres de la gente cuadriculada de tierra caliente. El maestro Rivera, como todavía estaba bajo los efectos de los huevitos suecos, no se tomó ni un trago. Cuando la recepción terminó, nos dirigimos hacia el cuarto del hotel donde dormíamos y caímos fundidos como muchacha, o muchacho antes de una acción de vaca muerta. Hasta ahí todo bien.

 

Nos despertamos como a las nueve de la mañana, desayunamos y nos fuimos a caminar por las playas cercanas al hotel. Mientras realizábamos el recorrido al maestro le daban como unos tics extraños, el delirium tremens, pero seguía contando sus maravillosas historias cuando era minero en Bolívar, su pueblo natal, y las aventuras de don Eleuterio, el herrero del pueblo que tenía una moza jovencita, y las de don Manuel de Jesús y de su tío el tacaño don Miguel Santos Quintero, y las de sus abuelos don Apolinar Garcés y el general Telésforo Rivera, y las de don Jonás el veterano de la guerra de los mil días, y las de don Pedro Maldonado, el más bruto del pueblo, y las de todos sus personajes de sus mitologías personales.

 

En Cartagena el agua del mar es de color gris oscuro, fea, no dan ganas sino de abrirse de ellas lo más rápido posible. Y eso fue lo que hizo el maestro Rivera. Se fue hacia el hotel en compañía de una negra equilibrista que llevaba sobre su cabeza frutas para calmar los antojos de la sed, de esas muchachas que han sido muy fotografiadas por turistas y farsantes disfrazadas de artistas.

 

Me quedé tendido en la playa de color gris oscuro, miraba el desfile de turistas jóvenes y coquetas que llegaban a exhibir sus pieles de ranas plataneras, entregar su virginidad y excitar a los expertos cazadores nativos de espíritus eróticos.

 

Cuando llegué al hotel el maestro estaba en una mesa de la piscina rodeado por cuatro bellas muchachas bogotanas que exhibían su sensualidad y sonreían felices. El maestro las retrató. invitó a compartir el almuerzo y pidió vino, y luego Benedictino, y después sugirió algo más fuerte. Estaba feliz en todo el esplendor de su simpatía. Yo, como conocía con exactitud el ciclo que vendría, y como sabía que el maestro estaba bastante enfermo, por sapo, le dije en voz baja a la muchacha que estaba sentada a mi lado que era mejor que no pidiéramos trago pues el maestro se encontraba muy delicado de salud por la cirrosis. Y que les comentara eso a las otras tres muchachas quienes después del secreteo se excusaron de tomar trago.

 

Cuando el maestro percibió la mala energía que impregnaba en el ambiente para la tomata, se puso paranoico, y como sucede con la mayoría de los machos colombianos, se creyó dueño de las muchachas, y pensó que yo seducía a una de ellas, tal vez porque le había hablado al oído y en voz baja. Estaba con el ceño fruncido y me miraba con el odio de la ira.

 

Estaba bien cabreado, creyó que saboteaba su gloria inmediata.

 

¿Qué es lo que le pasa, hijo de puta? Me preguntó en voz alta.

 

Le respondí que como estaba tan enfermo le había sugerido a la muchacha que era mejor no tomar trago.

 

Y respondió: Hijo de puta. Déjeme vivir mi vida, mi libertad y mi vejez, hijo de puta. Lárguese, no lo quiero volver a ver. Pero maestro, cálmese, fresco, no es para tanto, le dije en tono conciliador. Y continuó: Hijo de puta, es que es sordo, lárguese hijo de puta, malparido, no quiero saber nada de usted.

 

Y así fue. Me largué para otro hotel y llamé a Ricardo Sarmiento quien se encontraba en Bogotá. Le conté la emputada del maestro y le sugerí que viajara a Cartagena para acompañarlo pues era peligroso que se pasara de voltaje y se jodiera.

 

Al día siguiente me encontré con Sarmiento quien había llegado la noche anterior a Cartagena pero no se pudo encontrar con el maestro porque andaba de rumba y estaba perdido.

 

Por la noche regresé a Bogotá, un poco triste. Lo que pasó fue lo inevitable. Sarmiento y el maestro se bebieron todo el bar del hotel y el de los casinos aledaños. La segunda noche según me contó Sarmiento, el maestro Rivera comenzó a vomitar sangre. Se vinieron a Bogotá y el maestro fue internado en la Clínica Marly.

 

El día 8 de agosto de 1982, a las dos de la tarde, Ricardo Sarmiento fue a visitar al maestro Rivera a la clínica. Me sugirió que lo acompañara. Le dije que no. Al fin y al cabo lo único que uno tiene es la dignidad. Esperé en el

carro mientras Sarmiento realizaba la visita. Cuando regresó me dijo que el maestro me había perdonado. Para mis adentros pensé que quien tenía que perdonar era yo. Y así fue.

 

Y el 10 de agosto, la víspera del primer cumpleaños de mi primer hijo Miguel Ángel, el maestro Rivera murió. La noticia la dio el maestro Armando Villegas quien fue el primero que se hizo presente. Me encerré a llorar durante toda la noche y el día siguiente. Y no fui al velorio, ni al entierro, por pena a que descubrieran mi gran amor por él. Sarmiento también lo lloró y tampoco lo acompañó. Lo amábamos mucho. Y porque según me contó el pintor Armando Villegas, los hijueputas decían que Sarmiento y yo lo habíamos matado.

 

El que lo mató fue el creador.

 

El maestro fue quien me enseñó a no tragar entero las mentiras que fabrica el establecimiento. Y continué mi periplo por el mundo del arte con maestros como David Manzur y Edgar Negret con quienes tuve buenos negocios y experiencias para contar en otro momento. Y así hasta hoy donde todavía me revuelco en el extraño y maravilloso mundo del arte y sus protagonistas que comparten sus secretos en este proceso.

 

En 2012, la Universidad del Cauca y el profesor Cristóbal Gnecco, editaron el libro Arte y Vida de Augusto Rivera, con textos de Álvaro Thomas y fotografía de Kike Ocampo. Hasta el momento es el documento que mejor plasma el espíritu del maestro Rivera y del cual hemos utilizado algunas de las fotografías. Muchas gracias.

1922 Bolívar, Cauca, Colombia.

1947 Se instala en Chile y estudia pintura en Santiago y Viña del Mar.

1949 Trabaja como decorador del Casino de Viña del Mar donde realiza escenografías para teatro, ballet y espectáculos musicales.

1949-1950-1951 Participa en el Salón de Verano de Viña del Mar, Chile.

1951 Salón de Pintores Jóvenes de Chile, Buenos Aires, Argentina.

1953 Salón de Pintores Residentes en Chile, Santiago. Viaja por Chile, Argentina, Perú y Ecuador.

1954 Regresa a Colombia y se reúne con su familia en Popayán, Colombia.

1955 Individual en la Universidad del Cauca, Popayán. III Bienal Hispano

Americana de Barcelona y Exposición de la II Feria Internacional de Bogotá, Colombia. Se instala en Bogotá, donde vivirá hasta su muerte.

1956 Individual en la Biblioteca Nacional, Bogotá, Colombia. Trabaja como escenógrafo de la Radio Televisora Nacional de Colombia.

1958 Individual en la Sala Gregorio Vásquez de la Biblioteca Nacional, Bogotá, Colombia.

1959 Individuales en el Club de Profesionales y en el Museo de Zea, Medellín, Colombia. XII Salón de Artistas Colombianos con el óleo Cabeza de Antonio Galán.

1960 Expone 30 monotipos sobre el poema Yurupary en la Sala Gregorio Vásquez de la Biblioteca Nacional, Bogotá, Colombia. Individuales en el

Museo La Tertulia y en la Galería Belart, Cali y Casa Valencia, Popayán, Colombia.

1961 Se casa con la actriz argentina Mabel Jaramillo. Expone 20 monotipos de la

serie Mujeres con amuletos en la Sociedad Económica de Amigos del País. En la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República,

presenta 22 obras, entre ellas, monotipos en blanco y negro, Máquina de los alumbramientos y Temas del Apocalipsis, Bogotá, Colombia.

1962 Nace su hija Martha Lucía. Trabaja como profesor de la Escuela de Dibujo Arquitectónico, Decoración y Propaganda de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano y como escenógrafo de la Televisora Nacional.

Expone monotipos sobre la Semana Santa en el Hotel Monasterio de Popayán. Participa en el XIV Salón de Artistas Colombianos con el

óleo Demonios jugando ajedrez. Individual en la galería El Callejón, donde presenta 12 óleos sobre demonios y 7 monolitos con temas de la muerte, Bogotá, Colombia.

1963 Trabaja como profesor en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Los Andes. Exposición 30 pintores colombianos en Fort Lauderdale, Estados Unidos, 6 monotipos, entre ellos Elementos para embrujamientos. Bienal de Sao Paulo. III Festival de Arte de Cali con una individual en la galería El Taller. Pinta un mural al fresco en el Banco

Cafetero de Popayán sobre las procesiones de Semana Santa. Exposición individual en la Biblioteca Luis Ángel Arango; allí presenta 16 óleos y 10

monotipos. XV Salón de Artistas Colombianos con las series Variaciones sobre el Greco, El espejo de la salamandra y el monotipo Forma de Lautréamont. Colectiva en México.

1964 Primer Premio de Pintura en el IV Salón Nacional de Cúcuta. Expone con Juan Antonio Roda y Luciano Jaramillo, en la galería El Callejón y presenta 10 monotipos en blanco y negro. I Salón Nacional de Pintura

y Escultura del IV Festival de Arte de Cali y II Bienal de Arte de Córdoba. Individual en la galería El Callejón; expone 15 óleos, 4 fueron inspirados en las Estaciones de Vivaldi y otros en el Canto general de

Pablo Neruda. XVI Salón de Artistas Colombianos con el óleo Paisaje y carroña, que obtiene el primer premio.

1965 Individuales en el Museo La Tertulia; Galería Colseguros, con monotipos con motivos americanos; Centro Colombo-Americano, y en Fort Lauderdale, 16 óleos y 12 dibujos. XVII Salón de Artistas Colombianos con la pintura Gallos de pelea y un monotipo, Bogotá, Colombia.

1966 Pintura de hoy en la Biblioteca Luis Ángel Arango. XVIII Salón de Artistas Colombianos con el óleo La túnica inconsútil. Mural en la Caja Agraria de Pereira, Colombia.

1967 Ilustrador del Suplemento Dominical de El Tiempo, Bogotá, hasta 1974.

Mural en la Biblioteca del Centro Colombo-Americano.

Festival de Arte de Cali. Individual en la galería El Callejón. XIX Salón de Artistas Colombianos con el dibujo Cinco mujeres con vestidos a

rayas comíanse al Cardenal, Colombia.

1968 Individual en el Museo de Zea y I Bienal de Pintura Coltejer, Medellín.

Festival de Arte de Cali. Es Premio Nacional de Arte Guillermo Valencia, Colombia.

1969 Centro Colombo-Americano de Manizales. Viaja por Estados Unidos con una beca del Departamento de Estado. Mural en la Caja Agraria y dos telones de boca para el Teatro Municipal, Popayán, Colombia.

1970 Primer premio en IV Salón Nacional de Arte del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá MAC, con la obra El segundo llanto de Francisca Quintana. Mural en el Banco Popular de Popayán, Colombia.

1971 Murales Hombre mirando una máscara, Centro Colombo-Americano de Bogotá, y Alquimia, Facultad de Ingeniería Electrónica de la

Universidad del Cauca. I Bienal Americana de Artes Gráficas. XXI Salón de Artistas Colombianos. Individual en la Biblioteca Luis Ángel Arango,

dibujos y óleos monumentales, entre los que destacaron El gran ausente y la serie Paraísos. Diez Años de Arte Colombiano en el Museo La Tertulia, Cali, Colombia.

1972 Retrospectiva en el Centro Colombo-Americano de Bogotá. Exposición individual en la galería El Callejón con obras anecdóticas de su infancia y personajes de Bolívar.

1973 Ilustra el libro de la Escuela Militar de Aviación sobre la historia de la

aviación militar en Colombia y el relato ilustrado del vuelo humano. Grabadores y dibujantes en la Biblioteca Luis Ángel Arango.

1974 En la carátula del directorio telefónico de Bogotá se reproduce su cuadro Menqueteba, mensajero de la luz.

1977 Ilustra el libro La voz sobre su ausencia del poeta chileno José Bravo Muñoz. Galería Meindl, Bogotá, Cuentos de mi pueblo, 22 obras con cuentos y leyendas de Bolívar y variaciones sobre El Cardenal de Guevara, inspiradas en El Greco. Bienal de Dibujo Albertina, Viena. Salón 90 años de El Espectador en la galería Arte Independencia, con el dibujo

Demonios andróginos y la luna, Bogotá, Colombia.

1978 Producciones Díaz Ercole realiza el documental para cine: Rivera. La premier se realiza el 4 de agosto en el Centro Cultural Skandia con su

exposición Mitologías particulares, Bogotá, Colombia.

1979 Inaugura la galería La Abadía con una exposición de acrílicos, Bogotá, Colombia.

1981 Salón de Agosto de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Bogotá, Colombia.

1982 El Banco Central Hipotecario conmemora sus bodas de oro. Cinco de

sus dibujos se reproducen en los principales diarios colombianos. Ubica en el Centro de Convenciones de Cartagena el mural Historia de

Cartagena de Indias. El 10 de agosto muere en Bogotá, Colombia.

"Más importante que la inmortalidad es un

vaso de vino".

 

 

"Cambio cien años de gloria en el Louvre por una tarde de amor en la playa".

 

 

"Los débiles siempre piensan en ser inmortales".

 

 

"Me interesa aprender a pintar. El día que deje de aprender a pintar ya no existiré más".

 

 

"Uno se muere y sigue aprendiendo a pintar".

 

 

"Los hiperrealistas engañan a la gente, a los desconocedores del arte, tratando de reproducir la realidad. Yo creo que la

diferencia que hay entre el buen arte y el hiperrealismo es la misma que hay entre el

amor y hacerse la paja".

 

 

"Creo que la pintura, como la poesía, se inicia en el deseo de relatar la forma de algo que lo mismo puede ser un poema, una manzana o un cuento.

Quizás, de tomar lo que se ha deseado que permanezca de una forma y con ello tratar

de referir su modo de ser".

 

 

"El juego abstracto podría consistir, a veces, en contarse un cuento acerca del

comportamiento, en una superficie, de una gran fanfarria de secciones áureas, rectángulos, ritmos, colores, matices y todo lo demás".

 

 

Toda obra es una abstracción de la realidad, hasta la Venus de Milo. Ese concepto de

abstraer ha evolucionado y se ha llegado al momento en que una forma es válida por sí

misma independientemente de su anécdota. Es decir, un arte totalmente válido que en

Colombia ha producido grandes y valiosos ejemplos: Obregón, Ramírez Villamizar, Negret.

 

 

El inventario de mi pueblo es infinito, sus narices enormes de herreros de amantes

secretas, languideces de mariquitas mórbidos, mujeres de luto, tíos y tías que pactaban con el diablo tranquilamente, alguna puñalada por amor o por el

partido, cerro al fondo, historias, historias.

 

 

Hay quienes aman contarse sus cuentos previa vuelta de llave. Armar sus transvasamientos con cautela para que no se escape el duende. Atisbar la vida privada de la forma con suma cortesía. Y hay quienes la violan y despedazan, para luego recoger sus escombros y con ellos construir sus historias.

 

 

Ojalá que los decires, ámbitos y seres que fueron mis buenos amigos de niñez después

de navegar por mis modestos alambiques, puedan respirar holgadamente en estos

dibujos.

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