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ARTISTAS INVITADOS /  LARISA BERNARDO SAAVEDRA

 ReVista OjOs.com    OCTUBRE DE 2016

Larissa Bernardo Saavedra

Serie fotógrafica. Carnibal

LARISA BERNARDO SAAVEDRA

 

Me piden que escriba alguna reflexión acerca de mi obra. Se me hace difícil, porque se me hace difícil condensar en pocas palabras tanta pasión que llevo adentro. En realidad, ese es el motor que me mueve, la pasión por la vida, por el arte, por el amor, por denunciar tanta barbaridad y por la construcción y contemplación de la belleza, en su esencia y presencia, como alimento al alma. Porque seguimos siendo unos bárbaros y de paso, unos idiotas. Tenemos todas las herramientas para hacer de este mundo un paraíso para todos y sin embargo, vivimos en una sociedad que se asemeja a un impensable averno, por donde pulula gente sin vergüenza por doquier y siguen muriendo muchas personas que no tienen un miserable pedazo de pan que llevarse a la boca. Donde los políticos se han convertido en malas copias de unos payasos que pretenden hacernos reír, pero que en realidad no hacen más que meternos las manos en los bolsillos para robarnos y acumular montañas de dinero. En un mundo donde hablar con el corazón, supone pagar un peaje muy alto, porque el corazón no miente y vivimos en un mundo de mentira donde al menos el arte supone una ligera narcosis. Una sociedad, donde si piensas diferente eres crucificado, no sólo por la ignorancia, sino sobre todo por la estupidez que significa pertenecer a un sistema donde intentan uniformarnos y mantenernos alejados de la filosofía, la cultura y las artes. No vaya a ser que nos pongamos a pensar y nos rebelemos contra todos esos impresentables que pretenden formar ejércitos de almas mancas, de seres sin ser, de sonrisas vacías y promesas de futuro que cuestan muy caras, en todos los aspectos. Para eso sirve precisamente el arte, la literatura, la poesía, el cine, para abrirnos los ojos del corazón y la conciencia. Y no para hacernos pasar supuestamente un buen rato o adornar las paredes y que los cuadros combinen con el maldito sofá de cuero comprado en la tienda de moda. Porque ese es el mundo que hemos construido: una oda a la frivolidad. Donde se condenan más a las putas que a los políticos, los banqueros y los curas. Y déjenme recordarles que al menos las putas son honestas, y no van por la vida robando a la gente. Son igual de honestas que los mendigos, que tampoco roban a nadie, sólo esperan un poco de nuestras migajas para subsistir, de una forma mucho más honesta que la mayoría, porque tampoco engañan a nadie, ni viven engordando sus egos con las malditas poses sociales. Y así podría continuar, con montañas de palabras desmenuzando tanta barbarie. Hacer arte puede ser una forma de denunciar la fealdad de este mundo, que reclama y necesita belleza. El problema, el gran problema, es que la belleza está muy tergiversada. La belleza se ha vuelto fea, porque hemos ensuciado nuestra esencia con hordas de frivolidad, estupidez e ignorancia. Menos mal que quedan las tormentas, la naturaleza, el  amor y el arte, para recordarnos aunque sea un poco, la belleza que emana de la pureza de lo más profundo del alma. He ahí la misión del artista, alimentar ese fuego que todos llevamos dentro y que nos invita a crear y a contemplar la pureza, en cada rincón del cosmos, haciéndonos participes de esta creación universal que llamamos divina y que todos llevamos dentro, sobre todo incrustada en nuestro corazón, aunque nos inciten a pensar que esta vida funciona en torno a la razón y la creación de algo superior, anexo a nosotros. Pero en todo momento estamos creando, incluso en el acto de destruir estamos creando. A veces para crear, es necesario destruir, sobre todo formas nocivas de pensamiento que nos alejan de lo más substancial. “El artista debe estar listo para ser consumido por el fuego de su propia creación”, señalaba alguien tan grande como Auguste Rodin. Pero yo creo que el artista y cualquier ser humano debe estar listo para ser robustecido y alimentado por el fuego de su propia creación. Ese fuego que nace del espíritu y provoca que la creación sea inevitable, como la tormenta que baña la tierra y provoca una belleza inigualable. Ese fuego de donde nace la profunda sabiduría del alma humana, que no siempre se encuentra en los libros. Algunas personas creen que la sabiduría se encuentra exclusivamente en los libros, pero la sabiduría está sobre todo en la vida misma, en la experiencia, en el desarrollo del pensamiento propio y sobre todo en el corazón. No en la mala fotocopia de la información sacada de los libros, aunque ciertamente puedan llegar a ser maravillosos.

 

Precisamente son esas personas, las que desprecian al resto por su ignorancia, las más pedantes de todas. Con el tiempo me he dado cuenta de que la verdadera sabiduría, no se encuentra exclusivamente en el raciocinio brillante, sino en la profundidad del corazón. Si se encontrase en el raciocinio brillante y entre las páginas de los libros en forma exclusiva, la mayoría de los políticos serían unos santos, por ejemplo, que van por ahí con sus discursos vacíos y rimbombantes. Y nos encontramos justo con lo contrario, con gentuza que ha leído mucho y ha aprendido a robar muy bien con su raciocinio, pero que pone muy poco corazón para ayudar a su pueblo. Se me ocurre el ejemplo de la política pero hay muchos más. También están los pseudo filósofos, que no alcanzan a ser filósofos, porque no son capaces de desarrollar ideas propias, pero aún así te sacan el rabo como creyendo que lo tienen muy largo porque han leído mucho, pero no tienen un ápice de sensibilidad. En fin, hay muchos ejemplos...Creo más en la mirada profunda del jardinero que trabaja cerca de mi casa y cada vez que nos vemos nos damos un abrazo tremendo con el único fin de compartir al fin y al cabo, un poco de esperanza o en la sonrisa cándida de la costurera del campo que trabaja cerca de donde vivo y su marido que acaba de perder tres dedos trabajando con un sueldo de mierda y desborda la misma sonrisa que antes de perderlos, que en el vómito literario del pseudointelectual de turno, porque siempre voy a creer más en el amor y la bondad, que en los putos  títulos universitarios y las librerías llenas de libros, cuyos dueños no han entendido un carajo. Y no han entendido un carajo, porque miran en menos, precisamente al jardinero y la costurera y su marido que ha perdido un dedo en el trabajo de mierda donde lo llevan explotando toda la vida y aún así, no pierde su eterna sonrisa. Y escribo todo esto, me desahogo, sencillamente porque estoy harta de tanta frivolidad. Entiéndase frivolidad, como que el mundo está manejado por esos que intentan vender ideas baratas y cutres a esas personas lindas, que tienen el bolsillo sin dinero, pero el alma rebosante de amor. De esos son, de los que tenemos que aprender. A mí al menos, me dan una lección de coraje y humanidad cada día. Lo cual no significa que los libros no sean maravillosos. Pero sólo lo son, si son capaces de romper el mar de hielo que llevamos dentro, como decía Kafka. Ese mar de hielo que no nos permite ver con los ojos del alma, la enorme belleza que desprende la vida misma con todas sus consecuencias. Ese mar de hielo que incita a millones de seres humanos a seguir creyendo que estamos predestinados a lo que decidan unos pocos y miserables seres sin ser y con el alma extraviada entre tanta circunstancia necia, que parece tan rimbombante. Ese modo de mirarnos al espejo y ver reflejada una sociedad marchita que se ha olvidado de las flores, porque se ha olvidado poco a poco de la poesía. Y nos dejamos tan poco tiempo para saborear la verdadera enjundia de la existencia, sujetos a tantos personajes anodinos, disfrazados de payasos, observando a otros tantos falsos payasos que nos meten la mano en el bolsillo y nos convidan a la narcosis que produce rellenar nuestras vidas de deseos vacíos y caricias imaginarias, que no alcanzan a ser caricias. Y en el camino, tengo la sensación de que esta vorágine y esta máquina social fulminante y desgarradora, pretende mutar el olfato de nuestro corazón y ponernos un número en el pecho. Entonces se me ocurre compartir un poema que escribí hace unos años, cuando sentía igual que hoy, que la poesía podía cambiar el mundo…como una manera de re-evolución Amarquista, con M de amor. Espero poder compartir pronto con ustedes, mi primera novela “Amarquía” y mientras sigo pintando, tratando de desmenuzar aunque sea un poco, la mirada del alma, con el rojo incondicional que tantas veces me ha salvado de la locura de pertenecer a un sistema que nos convierte en carne con patas…

 

Rojo

 

Miles de kilómetros de carnes,

deambulamos por la bola en naufragio,

despreciando el intento de cosernos,

a modo de manta universal,

para permanecer como un picadillo de historietas mal contadas,

que inventamos tremebundas,

siendo el relleno de  empanadillas de necedades

que se comen,

se defecan

y se descomponen por los tubos de la historia

 

Y así caminamos los fragmentos por las calles,

soportando nuestras pesadas cabecitas

rellenas de levedad compulsiva

y de mapas venideros e insaciables…

 

Mientras,

nuestros huesos son testigos de cómo se consume la vida,

en cada suspiro,

transformando el aire con nuestro aliento,

en la orgía de la vacuidad…

 

¡Pero atención!

 

¡Las figuritas de carne tenemos hambre!

 

Y como podemos parecer subversivos en observarnos,

cosernos,

palparnos

y amarnos realmente,

nos devoramos unos contra otros sin piedad,

arrancando a mordiscos el peso de la carne

y olvidamos en cada segundo impuesto

que sólo estamos de paso componiendo el tiempo,

y haciendo cola en la sala de espera

hasta que la muerte venga a buscarnos inevitablemente

 

Aún así,

todos enterados,

persistimos con las garras afiladas,

en la obstinada insistencia por arañar el tiempo,

usando fatuamente el decorado de la pantomima,

que por momentos contiene a modo de balanza,

nuestros impulsos irrefrenables en el puñetazo de la vida,

pero que no alcanza la conquista,

de contener la cuerda floja de la existencia…

 

¡Y cómo reinventamos cual felino,

un animal para cada ocasión!

 

Nos esculpimos paradigmáticamente con cada movimiento

y aterrizamos en la ilusión de imaginar,

que somos realmente un engrudo de posturas cotidianas

 

Y hacemos burla a la médula espinal de nuestra sustancia,

como suspicaces mercaderes de disfraces epidérmicos y estrategas

 

¡ALTO!

 

A la vuelta de la esquina han atropellado a una  bolita de carne.

 

La han aplastado.

 

Rojo!

Rojo!

Rojo!

 

Entonces gritan despavoridas las albóndigas,

al recordar que sus carnes son finitas

y durante algunos instantes dejan de actuar como entes carnívoros,

para pensar en convertirse en seres humanos…

 

 

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