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 ReVista OjOs.com    JULIO  DE 2017

COLABORADORES / ANTONIO USUGA  MONSALVE

La dramaturgia del porno (10)

 

 

Mirando a Laura

 

Por Sandra Elena Castrillón Castrillón

 

Pegado a la ventana, deja que su aliento marque el ritmo de la mano, mientras los ojos no se despegan del vidrio. Los ojos mismos están vidriosos y caldeados, como si les faltara vida.

 

La mano sube y baja, sin ser mirada, en un ritmo automático, o en un empecinamiento de no mirar. No sabe si mirar su mano, cálida y larga, sopesando las venas del pene que roza constantemente la pared, o si mirar a la mujer del lazo en el pelo, que hace la tarea en el apartamento del frente, en la mesa del comedor. Todavía con el uniforme del colegio, pero descalza, el mismo lazo azul en el pelo.

 

Está mal sentada, diría su madre.

 

Es una puerca, se dice el chico al otro lado de ella, mientras se detiene un segundo, antes de que el placer explote sin lograr imágenes más definitivas.

 

Eres una provocadora asquerosa, murmura.

 

Se concentra en el nacimiento de los senos, unas puntas de senos que pugnan por respirar. Vuelve a las piernas entreabiertas, unos bóxer naranja, el uniforme a cuadros vacila entre enredarse o dejar pasar todo el aire de la ciudad por aquellos pantalones anaranjados.

 

Ella levanta un segundo la mirada de la tarea de historia. Olvida por un tiempo indeterminado en qué año el libertador liberó algún que otro país, incluso deja caer el lápiz, lo recoge mientras los dedos tropiezan con el borrador. Descubre los ojos del frente cuando ya es demasiado tarde, cuando hubiera dado cualquier cosa por no mirar esa cara arrugada, de sufrimiento, de agonía –ella que no sabe cuán cerca está el placer de la muerte- y haber trazado la relación entre ese gesto y ese grito que adivinó desde la distancia y su posición de mujer mal sentada, en una tarde calurosa, en la mesa del comedor del apartamento donde vive.

 

Inmediatamente corrige su postura, aprieta los muslos, niega cualquier posibilidad de entrada a cualquier mirada, se arregla la blusa, arregla los cuadernos. Al otro lado el chico se descubre descubierto. Fatalmente. Ha gritado en voz baja, ha saboreado el placer hasta el último minuto, pero en la cúspide, ha sido descubierto. Ha visto la ofensa causada, los movimientos que regresan pretendiendo ocultar aquello que ha saltado a la vista.

 

Se lanza contra el piso, temeroso, el miembro envuelto en el abrazo de su mano.

 

 

Las crispetas encantadas

 

Por Sandra Elena Castrillón Castrillón

 

Por fin apagan la luz. El rumor de los paquetes de papitas hace un crasss exasperante. Mariana se relaja frente a las letras que emergen de la pantalla espléndida, va leyendo el nombre del director, la ciudad, un epígrafe. Enfoca la pantalla con obstinación mientras las primeras imágenes comienzan a pasar. Miyazaki riega las primeras notas de una voz japonesa que enmarca el castillo ambulante. El cabello trenzado de una adolescente se balancea en la tarde de una lejanísima ciudad.

 

Mariana logra situarse en esa calle de casas enjutas en cuyos pasadizos ronda el olor seco del té. Palpa el sopor de la tarde y la arrasadora fuerza de la colonia del joven rubio que se adelanta para salvar a la mujercita de la trenza.

 

En sus propias narices se deposita un olor que yace de este lado del mundo, pero no huele a colonia. Huele a crispetas saladas. Como una verdadera maniática gira la cabeza hasta desestabilizarse el cuello. A dos sillas de ella, a la luz escasa de los reflejos fluorescentes, lo descubre. Un chico de veinte años, casi su misma edad, chupándose los dedos salados que le han dejado las crispetas.

 

Regresa a la pantalla llena de un rubor que ha nacido en el pelo y se ha expandido hasta los dedos desnudos, apretados en las sandalias.

 

Un hormigueo en las mejillas, el susto repentino de la excitación. Vuelve a girarse, el hombre delgado y ausente, casi invisible, se percata de esa mirada repetida y cae en sus ojos, inevitable.

 

Para el chico ya es difícil llevarse las crispetas a la boca. Se sabe mirado. Aprovechando la escena de la niña vuelta anciana, mira de una vez a la cara a su vecina de butaca, dos asientos más allá descubre la nimiedad de un rostro trigueño, la boca entreabierta, asombrada.

 

Inclinándose por la compulsión come una crispeta tras otra. Una crispeta más. Otra crispeta que se atora en los dientes. De pronto Mariana se levanta de la silla y viene a sentarse al lado de él.

 

Quizá este chico no vuelva a comer una crispeta más.

 

La incomodidad lo asfixia, mientras ella conserva la boca abierta. Mientras lo mira, sin un ápice de vergüenza, se convierte en una figura frágil, las orejas puntiagudas vibran de heladez en las puntas. Pero el hombre de veinte años no sabe qué más hacer y lanza los dedos a la caja de cartón de las palomitas de maíz. Retorna al placer de paladear y masticar.

 

Mariana ha resuelto hacer lo mismo, esculcar en la caja ajena los trozos de comida que parecen papel. Los dedos se encuentran. Palpan la sal antigua y traslucida, vivificadora de poros. Las uñas, rasgadas en un uñero, se calcinan en cicatrización. Una misma crispeta es agarrada. Una palomita. Ella la atrapa primero y la lleva a la boca del chico, bruscamente, empuja la palomita hacia el interior de carne que es esa boca carmesí.

 

Cuando la empuja y el chico la palpa, ella mete detrás su lengua, sin previo aviso. Se va buscando la crispeta salada. Con la saliva, la sal tiene un rastro a oxido que la excita. El chico pierde existencia en este acto, solo importa su boca, la saliva a torrentes que se desprende y la crispeta que empieza a deshacerse en sal y almidón.

 

Se besan como dos bocas que no tuvieran cuerpo, la crispeta va y viene entre las bocas. Después ella toma una crispeta y hace un camino en el cuello del muchacho por donde conduce su lengua, tanteando un camino invisible. La crispeta rueda al interior de la camisa, las uñas moradas abren la camisa precipitándose al pecho, la crispeta ha ido a parar al ombligo.

 

Es demasiado para el chico. Cuando la ve descender hasta su cintura y lamer con desesperación el rastro de sal de los bellos del ombligo, él, que es un hombre, a pesar del terror percibido, pierde la lógica del susto y de la admiración. Se abre la bragueta y saca su miembro a una semioscuridad engañosa.

 

Mariana, todavía intentando lamer el olor de la crispeta en la profundidad del ombligo, se topa con el falo expuesto, que curiosea el mundo por ser su primera vez al aire libre. Ella parece enojarse, intenta ponerse de pie,  la indignación la sorprende en una posición no conveniente, casi en cuclillas.

 

Al levantarse hace caer las crispetas al suelo, por la torpeza del movimiento. Se va tras ellas, se sostiene de las piernas del chico -que ahora está más confundido que nunca- intentando conservarlas en la caja, va recogiéndolas una por una, la indignación olvidada por ahora.

 

Pero las luces han sido encendidas. Los espectadores presencian la peculiar escena: una mujer en cuclillas, un chico con la bragueta abierta, el pene deshumanizado de su erección. Las crispetas esparcidas por doquier, en el pantalón del hombrecito, alrededor del pene, en el suelo circundante y en las manos de Mariana, atiborradas, intentando hacer grandes manojos. Ya nadie contempla la escena que ha sido detenida en la pantalla gigante: la niña vieja rescata a un héroe que en su interior es solo tragedia y miedo.

 

 

Continuará...

Medellín, 1980 (Colombia).

Maestro en Arte Dramático de la Universidad de Antioquia (Colombia), Investigador y escritor que investigó a pulso, desde su adolescencia, el espíritu y el lenguaje de las revistas pornográficas hasta cuando  aparecieron  Aristófanes y los trágicos griegos, James Joyce, Margueritte Yourcenar y Fonseca  aportaron nuevas luces a su espíritu pornográfico.

Jurado en varios festivales de teatro de Colombia y sus relatos han sido reconocidos en concursos de literatura en Colombia y el exterior y Finalista en las versiones X y XII del Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín con sus libros Rayas blancas en el cielo y La parte de la vida que me corresponde.

En 2012 publicó el libro La dramaturgia del porno (Universidad de Antioquia, Comité de Investigación de la Universidad de Antioquia (CODI)) y ha llevado su ponencia a varios encuentros internacionales de investigadores teatrales, como  el Encuentro Internacional de Investigación en Artes Escénicas, organizado por la Universidad de Caldas.

En la actualidad dirige el colectivo de artistas Divina Obscenidad Teatro.

Ha escrito y dirigido las obras Minotauro, Procusto, Fedra, Bondage, y la comedia sexualmente incorrecta Por favor, siéntate en mi cara, entre otras.

brujea@hotmail.com

 

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