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 ReVista OjOs.com    ABRIL  DE 2017

COLABORADORES / ANTONIO USUGA  MONSALVE

LA DRAMATURGIA DEL PORNO (7)

 

 

Capítulo tres:

Dramaturgia y pornografía

 

Apuntes para una aproximación a una futura historia de la dramaturgia pornográfica en Colombia.

 

O la caricia de una pareja anónima

entre extraños que miran.

José Manuel Arango (1991, 91)

 

 

Hace unos meses quisimos hacer una aproximación a la historia de la dramaturgia pornográfica en Colombia.

Esa intención quedó sólo en eso. Una intención. Nuestro encuentro con autores colombianos que hayan escrito obras de teatro con temática porno fue tan incipiente, que después de hacer el sondeo respectivo decidimos: si algún día nos atrevemos a hacer una investigación al respecto, eso será después de esperar siquiera unos diez años más.

 

¿Por qué? Pues, porque si existen en este momento histórico de las letras colombianas dramaturgos que escriban literatura netamente pornográfica, o estamos tan cerca de ellos que no los vemos todavía o apenas están dando las primeras puntadas en una industria que poco a poco los va aceptando hasta el punto de dejarlos aparecer. Por lo tanto, queda entonces esbozada la tarea para que otros más intrépidos que nosotros la hagan.

 

Sin embargo, nuestra búsqueda no ha sido, digamos, menguada totalmente. Sabemos que hemos dejado sembrada la pregunta por cuál es esa dramaturgia de la pornografía en Colombia. Una pregunta que tiene, sin modestias, sus atributos bien sembrados. En primera instancia, nos dimos cuenta que en Colombia el teatro, desde el tradicional hasta el más contemporáneo, ha sido escrito bajo un grupo de temáticas claramente reconocibles.

 

Vamos a ver que no se trata sólo de enunciar esos grupos de temas desde donde se ha escrito el teatro en Colombia, se trata, a demás, de reconocer los paradigmas en los que este teatro se ha instalado. Víctor Viviescas (2006, 24) señala que

 

                    “el análisis del teatro colombiano de la segunda mitad del siglo XX permite verificar cómo el concepto de

                    representación –y la operación que él designa- tiene por lo menos tres valores diferentes: imitación,

                    re-presentación y simulación o simulacro… en lo que concierne directamente al modelo de estructuración de

                    la obra teatral, este recurre también a tres modalidades en el dominio de lo dramático: dramática propiamente

                    dicha, épica, y finalmente, performática o presentación. Lo que significa que la construcción de la acción, del

                    personaje y del diálogo, se fundan sobre dispositivos de caracterización mimética –en el primer caso- de

                    montaje y de construcción –en el segundo- y de deconstrucción –en el tercero-.”

 

No es una lectura aberrada ésta de nombrar que nuestra dramaturgia se ha aferrado a la guerra, al amor, al poder, etc., como se aferra uno de niño a la mamá cuando siente que se va a ir y nos va a dejar solos en el parque al amparo de unos amiguitos mayores que ni siquiera conocemos. Y esta misma incertidumbre del niño pareciera que se instala en cada escritor de teatro, cuando, viéndose, ya sea frente a la imagen del espacio escénico vacío, o frente a la aterradora imagen de la hoja sin letras, lanza sus manos al aire y atrapa uno que otro tema, de este grupo de temas conocidos, que sin cobro alguno ha llegado para salvarlo.

 

Lo que nosotros estábamos intuyendo iba en la dirección de determinar que la pornografía como temática estaba apareciendo en una época en la que los nuevos escritores manifestaban la inconformidad por escribir bajo los cánones del paradigma tradicional. Muy osados nosotros nos preguntamos ¿Cómo estaba incidiendo la pornografía en la transformación de ese paradigma tradicional desde donde se ha escrito el teatro contemporáneo en Colombia?

 

De entrada dejábamos de lado cualquier búsqueda que mirara un teatro escrito en Colombia antes de los años 90, pensando en que nuestro estudio estaría anudado al estudio sobre las Representaciones del individuo en el teatro moderno colombiano, hecho por Víctor Viviescas. Esto, teniendo en cuenta que para esta época (finales del siglo pasado) y con el auge de la pornografía en cine y video y revistas, los dramaturgos pondrían su mirada allí y harían de esos primerísimos planos de vaginas y penes un motivo arriesgado en la representación escénica.

 

Ahora bien, mientras hacíamos algunas indagaciones al respecto, nos íbamos encontrando con miradas expertas que nos decían entre otras cosas lo difícil de encontrar algo así en el teatro. Por un lado se nos preguntó siempre qué elaboración conceptual habíamos hecho de pornografía. Nosotros, que no desistíamos, nos sujetábamos de las teorizaciones que la antropología y la filosofía contemporáneas han hecho del asunto. Un salvavidas fue el texto de Bernard Arcand (1991, 64), quien con su exhausta investigación, señala por ejemplo que:

 

                    “El tema es delicado. Sin duda todavía mal conocido, secreto, tabú, extremadamente privado y preocupante,

                    pero al mismo tiempo reconocido y enunciado como terriblemente fundamental y determinante (…) El sexo ha

                    sido promovido al rango del motor de la historia, tal vez no universal, pero por lo menos personal. No resulta,

                    por lo tanto, sorprendente el hecho de que la opinión que cada uno se hace de él sea tan marcada y tan

                    inmutable. Puesto que la sexualidad se ha vuelto constitutiva del ser entero, cambiar la opinión con respecto a

                    este tema exigiría que se transforme al mismo tiempo todo su modo de vida (…) En una palabra, la pornografía

                    ofrece un nuevo ejemplo del clásico debate entre los protectores de la moralidad pública dispuestos a restringir

                    una faceta de la libertad individual en nombre del bien común y sus adversarios, defensores de esta libertad,

                    incluso corriendo el riesgo de los peores excesos por parte de las minorías. Esta oposición no es

                    evidentemente propia de la pornografía pues ella responde a la interminable búsqueda del compromiso en tomo

                    de lo que es socialmente reconocido como el punto preciso en donde la libertad de uno viola la libertad del

                    otro”.

 

Reflexiones de este tipo nos dan luces para continuar, no sólo en la vía de respondernos la pregunta por la incidencia de la pornografía en la escritura teatral colombiana, sino para confrontarnos de una vez por todas y decidir si deberíamos o no continuar con esta difícil búsqueda.

 

Para hallar semejante respuesta hay que “desvestirse dos veces” como lo nombrar Alain Finkienkraut y Pascal Bruckner (1997, 56) refiriéndose al hecho de “merecer el epíteto de puerco”, al que sin duda sería arrojado este texto sino encuentra esas respuesta prontamente. Epíteto que asume con toda dignidad. Mas ese epíteto nos excluiría de entrada de desvestirnos la segunda vez, es decir, de reconocer esa, digamos, divergente realidad escénica con la que nos podríamos topar de haber hallado más textos que estuvieran en la vía de soportar, de manera consciente o no, un nuevo desorden paradigmático en las dramáticas colombianas.

 

Pero es quizá Baudrillard (1981, 29) uno de los que sabrá poner el dedo en lo que nosotros hemos nombrado como esa paradoja del teatro tradicional: por un lado, el teatro es una realidad vivida en presente y como tal, va a estar moviéndose siempre en función de proteger la seducción para no caer en el acontecimiento pornográfico. Es decir, como lo menciona el mismo Baudrillard, no va a querer revelar el misterio en el que se ha acomodado so pena de caer en la obscenidad. Y por otro lado, el teatro es un hecho pornográfico en sí, pues es fiel a una realidad (el teatro siempre se presenta in vivo), al punto de mostrar esa realidad de manera tan explícita que se hace inevitablemente hiperreal. Para Baudrillard

 

                    “(La) Dimensión de lo real es abolida por el efecto de zoom anatómico, la distancia de la mirada deja paso a

                    una representación instantánea y exacerbada: la del sexo en estado puro, despojada no sólo de toda

                    seducción, sino incluso de la virtualidad de su imagen — sexo tan próximo que se confunde con su propia

                    representación: fin del espacio perspectivo, que también es el de lo imaginario y el del fantasma — fin de la

                    escena, fin de la ilusión.”

 

Pero Baudrillard se equivoca. Ese fin de la escena no es más que su principio. Este fin de la escena de la que habla Baudrillard se refiere desde luego a formatos pornográficos como el cine o las revistas. Nunca al teatral. Donde la escena muere para el cine es donde nace para el teatro. El teatro tiene un pasaporte que exime su escena de morir: la ausencia de cámara y el hecho de ser siempre una representación en vivo.

 

Eso sin mencionar la labor juiciosa que deberán hacer los espectadores si quieren pertenecer al acontecimiento pornográfico teatral. Una labor que los invita a vivir de otra manera su forma de intimar. Ya no es más la intimidad del solitario. Del tipo o la tipa encerrado en su casa frente a la pantalla del pc observando porno y con la puerta del cuarto cerrada. Es la intimidad del teatro. Que es por lo demás la más difícil de todas las intimidades: una intimidad vivida en colectivo.

 

Para esto el teatro porno deberá pensar la manera de ponerse en escena. Será urgente volcar de nuevo los ojos hacia el espacio de representación no convencional y pensar en los espectadores. En un sitio (como lo sugiere Pardo) que alimente esa intimidad que inevitablemente siempre vamos a añorar: la de la casa. La del cuarto con la puerta cerrada.

 

Luego de tantas vueltas y gracias a las inevitables mutaciones que vivió el interrogante inicial, recordémoslo, ¿Cómo estaba incidiendo la pornografía en la transformación de ese paradigma tradicional desde donde se ha escrito el teatro contemporáneo en Colombia?, y después de leer estas diversas posturas sobre la pornografía, tomamos una decisión frente a lo que deseábamos encontrar con respecto a esa incidencia de la pornografía en la dramaturgia colombiana. Nuestro deseo nos instaló en el lugar de buscar sólo textos escritos que tuvieran o bien la pornografía como temática principal de la obra, en tanto el texto la asumiera como base del acontecimiento principal, o bien la dramaturgia asumiera la pornografía como actividad recurrente en el texto, es decir, una reiteración de la misma en las acotaciones.

 

Esta salvedad, la de querer hallar sólo la literatura teatral, la hicimos pensando en que, de hacer un análisis del tema, lo haríamos sobre las letras y no sobre la puesta en escena. Se sabe que la dramaturgia, sobre todo la contemporánea, hace del más pequeño de los textos una gran obra. Se ha visto, por ejemplo, cómo de un texto corto como el Hamlet Machine de Heiner Müller, que en una lectura dramática se tardaría uno 20 minutos en abordarlo completamente, se podría convertir en una obra teatral de más de dos o tres horas de duración.

 

Y en este mismo sentido, un director podría tomar el más repetitivo de los actos sexuales tal cual lo muestra la tradición pornográfica y superponerle una resis griega, o las más bellas palabras de Eurípides dichas por Medea a Jasón en el momento antes de haber decidido matar a sus hijos.

 

Pero ¿Dónde encontrar estas representaciones? En ninguna parte, como nos lo diría un experto en teatro (del que no vamos a mencionar su nombre para no herir susceptibilidades): “eso es imposible de poner en escena, sólo los buenos stripteases se acercarían a algo así”. Y algo así nos fuimos a buscar en el Fata Morgana y en otras salas del centro de Medellín, como ya lo hemos visto.

 

Ya pues, si lo que queríamos era ser exigentes con nuestro deseo, poco nos interesaría encontrar textos que tuvieran alusiones pornográficas en los parlamentos.

 

Sabemos que de este tipo de parlamentos están llenos los textos contemporáneos y eso pondría nuestra investigación (esto es una investigación), ya no del lado de lo pornográfico (que quiéranlo o no tiene sus limitaciones conceptuales) sino del lado de lo erótico, y para nosotros, con todo el respeto por los importantísimos estudios que se han hecho del asunto, lo erótico… podría llegar a ser ¡todo! Esta última claridad sobre el foco que quisimos abordar en nuestra frustrada investigación sobre dramaturgia de la pornografía en Colombia, la hacemos precisamente pensando en que el límite de la investigación

estaría no sólo en la temática como tal, sino en el objeto de la

misma.

 

Es decir, nosotros no podríamos hacer una investigación sociológica en la que quisiéramos dar cuenta de la problemática social que implica todo el asunto de la pornografía en nuestro país; tampoco estamos en la capacidad de determinar los traumas psicológicos a los que se enfrenta un espectador recurrente de pornografía; o declarar cuál es esa normatividad que viola un consumidor pirata de porno; ni mucho menos podríamos determinar los alcances sobre cómo alimenta la pornografía los cambios sustanciales en una práctica cotidiana como el amor, etc., pero sí pudimos recurrir a estas disciplinas de estudio como herramientas para abordar la problemática, en tanto vías de acceso a nuestro objeto, que no es otro que el teatral.

 

Y si, según Bataille (2000, 14), "el erotismo es lo que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser", y, visto desde el punto en el que se podría llamar a todo cuanto mueva un cuerpo, así, erotismo, pasaría lo mismo con lo teatral: teatral podría llegar a ser todo. Por eso, y para fortuna nuestra, los teóricos del teatro han podido determinar los linderos en los que este par de escritores pudieron navegar. Esos linderos, que son bastantes pero bastantes amplios, son los que de una buena manera han llevado esa pregunta inicial a lugares de lo viable, es decir, nos arrojó a las puertas del Fata Morgana y a otras salas de striptease del centro.

 

Pero nuestra odisea no se quedaba allí. Mientras por un lado ese interrogante por cuál es esa dramaturgia pornográfica en Colombia nos acosaba llevándonos a lugares insospechados en los que comenzaban a aparecer algunas obras dramáticas que respondían de manera directa nuestra pregunta, por otro lado íbamos dejando nuestro entusiasmo al comprobar que el número de obras y de escritores que encontrábamos no era suficiente para sustentar semejante interrogante.

 

El caso de “Buscando a Fabio”. “Cuqui: una mujer de verdad” y “Tú ámalas, yo las asesino” que en palabras de su autor John Rodríguez (2010, 1) inscribe las obras en un género que él mismo llama pornodrama, al que define así:

 

                    “Sé que yo mismo, hace ya algunos meses, definí el pornodrama como 'un melodrama con características

                    pornográficas'. Hoy, estudiosos del pornodrama coinciden en definirlo como 'cualquier drama con

                    características pornográficas' – recordando que el drama se define, sin ser muy estrictos, como cualquier obra

                    escrita para ser representada –; acepto mi ingenuidad a la hora de intentar acuñar un término tan complejo, y

                    apoyo la última definición anteriormente descrita”.

 

Después de encontrar tan frustrantes fuentes bibliográficas nos preguntamos ¿Qué hacer entonces? ¿Dejarlo todo? ¿Volver derrotados y comenzar una investigación amparados en un tema del que no tuviéramos más que nombrarlo para que apareciera? ¿Deberíamos decir las palabras mágicas, aquellas que sin recelo nos permitirían encontrar una tesis que se refugiara descaradamente en otra tesis ya escrita exclusivamente para nosotros? ¿Y si sólo dejábamos nuestra necesidad de sentirnos héroes malditos, de sentirnos unos pobres mártires excluidos del gremio de los investigadores precisamente porque creímos que nuestra investigación aún no se inscribía en una temática mil veces estudiada?

 

Nuestra ingenuidad rebasa todos los límites. Creer que somos los primeros tipos interesados en investigar sobre pornografía en el teatro es algo que deja muy mal parados a este par de escritores. Sin embargo, y para no complacer eso que ya comenzaba a desbordar las demarcaciones narcisistas, en tanto queríamos ver reflejada en nuestra investigación sólo lo que nuestro criterio aceptaba como propio tal y como lo señaló Arcand (1991, 15) cuando se pregunta en la introducción de su ensayo, acerca de la dificultad del tema de la pornografía: “¿Cómo evitar maneras de pensar, juicios ya formados y protegidos por la memoria selectiva que lleva a todo lector a no retener sino lo que confirma su convicción y a no escuchar jamás lo que no quiere oír?.”

 

Como en el cine, donde se ha hecho una elaboración conceptual ampliamente detallada de la pornografía en todos los sentidos y dónde sin duda unos y otros participantes del debate han escuchado una y mil veces sólo lo que quieren oír. Basta mirar por ejemplo, este publicado por la revista El viejo Topo en el que, de un lado, Pilar Aguilar (1996, 68) señala cómo la pornografía está hecha desde y para los hombres (es una afirmación que nunca hemos escuchado):

 

                          “el cine porno despedaza el cuerpo y clasifica el conjunto resultante en trozos de carne más o menos

                          importante: el pene, la vagina, el ano, los pechos, en él, el acto sexual se convierte en un ritual

                         mecanicista del que la sexualidad se haya excluida. Se trata inequívocamente, de un cine que entiende la

                         sexualidad, desde una perspectiva masculina.”

 

Y más adelante, en el mismo artículo, la escritora reprocha el hecho de que ellas, (ella lo nombra recurrentemente como “Nosotras”) “las mujeres, perdamos toda noción de lo femenino con la aparición del porno”, a lo que, meses después y en la misma revista, en un artículo titulado Las mujeres y el cine porno, una mirada plural, Beth Escudé (1996, 14) le escribe respondiéndole a Aguilar:

 

                    “Quiero rebatir el artículo de doña Pilar Aguilar, pero también procurar esa categoría de lo “femenino” que se

                    predica… se me antoja que el género (pornografía) posee convenciones muy concretas que, como toda

                    representación (más o menos) artística incita a viajar entre (lo que se me permitirá llamar aquí) el mundo real y

                    el mundo de ficción. Son estas convenciones las que me permiten asumir que un animal hable en una película

                    de Walt Disney.”

 

En fin. Suspendamos la discusión por el momento. Con toda seguridad la vamos a volver a encontrar en la siguiente etapa de este texto, o sea, cuando encontremos por fin la literatura teatral pornográfica colombiana que estamos buscando con tantas ansias. Por ahora digamos que nuestra posición con respecto de lo que esta nueva etapa de la escritura nos fue sugiriendo (estamos hablando nuevamente de las salas de striptease), estuvo siempre del lado de la crítica en el sentido en que Blanchot (1990, 12) lo nombra cuando la asume como el lugar del creador que “no sabe leer sino escribiendo”, Y esto, es decir, esa actitud por estar en función del hacer, que no es otro que la escritura juiciosa investigativa, es una práctica que el teatro ha sabido sembrar en nosotros. Siempre vamos a agradecerlo: sabemos obedecer a esa premisa de la que parte cualquier quehacer escénico: la acción, el drama: del griego äñÜμá, hacer o actuar). ¡Estamos actuando!

 

Continuará...

Medellín, 1980 (Colombia).

Maestro en Arte Dramático de la Universidad de Antioquia (Colombia), Investigador y escritor que investigó a pulso, desde su adolescencia, el espíritu y el lenguaje de las revistas pornográficas hasta cuando  aparecieron  Aristófanes y los trágicos griegos, James Joyce, Margueritte Yourcenar y Fonseca  aportaron nuevas luces a su espíritu pornográfico.

Jurado en varios festivales de teatro de Colombia y sus relatos han sido reconocidos en concursos de literatura en Colombia y el exterior y Finalista en las versiones X y XII del Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín con sus libros Rayas blancas en el cielo y La parte de la vida que me corresponde.

En 2012 publicó el libro La dramaturgia del porno (Universidad de Antioquia, Comité de Investigación de la Universidad de Antioquia (CODI)) y ha llevado su ponencia a varios encuentros internacionales de investigadores teatrales, como  el Encuentro Internacional de Investigación en Artes Escénicas, organizado por la Universidad de Caldas.

En la actualidad dirige el colectivo de artistas Divina Obscenidad Teatro.

Ha escrito y dirigido las obras Minotauro, Procusto, Fedra, Bondage, y la comedia sexualmente incorrecta Por favor, siéntate en mi cara, entre otras.

brujea@hotmail.com

Tomado de http://www.ishotmyself.com

 

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