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COLABORADORES / ÁNGEL BECCASSINO

 ReVista OjOs.com      ABRIL DE 2012

Ángel, Beccassino, ReVista OjOs.com, El Espíritu Erótico XXI

EL ESPÍRITU ERÓTICO XXI


El problema es que esto de generalizar nunca encaja con la realidad. Solo podemos afirmar que el erotismo en este siglo nuevo sigue siendo algo tan fuerte que hay países donde asusta hasta la insinuación simbólica del cuerpo en su estado natural, desnudo. En agosto de 2004 el régimen Iraní prohibió la exposición de ropa íntima femenina en los escaparates, al igual que maniquíes femeninos sin velo y con siluetas demasiado visibles. En junio de 2005 recorté también dos cables de la agencia Efe, uno originado en Riad informando que el Ministerio de Trabajo saudí prohibió que los hombres trabajen en tiendas de lencería y ropa interior femenina, así como en las de accesorios para la mujer, y que, además, estas tiendas deberán contar con escaparates que impidan ver  el interior desde el exterior, “para evitar la interacción con los hombres”. El otro cable, originado en Kuala Lumpur comienza “En Malasia se prohibe la publicidad que deje ver y realce la belleza de la mujer” y luego reproduce las declaraciones del primer ministro, Abdullah Badawi, también ministro de Seguridad Interna, argumentando que “ningún rotativo puede publicar nada que haga peligrar el orden público, la moral, la seguridad o el interés nacional, ya que esto afecta el pensamiento de la población y va en contra de la ley.”

 

Pero inevitablemente tanta represión suele ser compensada por respuestas naturales que el represor no espera. Cuando el Imán Ruhollah Musavi Khomeini, Ayatollah Supremo de Irán, escribió en su libro Towzihol-Masaël (La explicación de los problemas), para ilustrar sobre el modo de vida acorde con la voluntad del Supremo, consejos como “El sudor del que acaba de eyacular no es impuro; sin embargo es preferible que no rece cuando en su cuerpo o en sus vestidos queden restos de este sudor”, jamás pensó que sus textos podrían convertirse en lo contrario de aquello que buscaban, en manos de adolescentes que se masturbaban al leer: “Después del coito, si el pene ha penetrado por completo o hasta el anillo de la circuncisión en la vagina de la mujer o el ano del hombre, las dos personas quedan impuras, aunque sean impúberes, y deben hacer sus abluciones”.

 

Entre 1824 y 1853 se sancionaron en Inglaterra las leyes que establecieron que cualquier imagen de un desnudo que no pudiera justificarse como científica o artística sería clasificada “obscena”. Un juez inglés, Sir Alexander James Cockburn, definió poco después, hacia 1868, la prueba de “obscenidad” que se aplica cuando se reprime a alguien por sacar a la luz lo que somos: lo obsceno correspondía a “la tendencia a depravar y corromper a aquellos cuyas mentes están abiertas a tales influencias inmorales y a cuyas manos puede llegar una publicación con este tipo de imágenes”. Aquellas leyes fueron las que brindaron el contexto legal original para las persecuciones que sufre la exhibición de nuestro cuerpo hasta hoy en Occidente, en nombre de la protección de los derechos legales “de los retardados mentales y de los moralmente vulnerables”, como enunciaba una de ellas. Algo más de un siglo después, en 1972, la Casa de los Lores se sintió en la obligación de especificar para poder juzgar, decidiendo que las palabras “depravado y corrupto” refieren “al efecto en la mente, incluyendo las emociones, y que no es necesario que de ello resulte una actividad abiertamente sexual o física.”

 

En aquel contexto al erotismo del siglo XXI lo definió en 1897 Stéphane Mallarmé, cuando publicó en Divagations su ensayo sobre la acción restringida, describiendo los límites de la acción poética, su concentración.

 

Treinta y tantos años después Artaud lo redefinió al hablar de aquello como de “Una nada que se resuelve en infinito después de pasar por lo finito, lo concreto y lo inmediato”. Ese erotismo del poema cuando nombra al mundo sin pretender incidir en él, aún actuando.

 

El juego erótico se expande con los caligramas de Apollinaire, donde poesía y tipografía juegan, como juegan en los dibujos escritos de Artaud, los papier collés cubistas, las pinturas poemas de Miró, las parole in libertà futuristas. Y en los cincuenta el espíritu erótico del siglo que aún no llega se vuelve más visible aún en la poesía cuando el simbolismo se aparea a la óptica impresionista que aparentemente niega.

 

El espíritu erótico del siglo XXI está en los cuadros de humo que expuso Man Ray en 1928, las esculturas que hacía Richard Serra lanzando plomo fundido contra los rincones de la sala, las exposiciones de grasa de Beuys, las cajas con alimentos en descomposición con que Miguel Barceló en los 70s marcó el camino que recorrería Daniel Hirst con su erotismo de ovejas en formol y moscas enjauladas devorando cabezas de animales.

 

El espíritu erótico del siglo XXI está en el cuadrado negro sobre fondo blanco de Malevich, y luego en su cuadrado blanco sobre fondo negro, y después en Rodchenko y su cuadrado negro sobre fondo negro. El erotismo siglo XXI es lo que propone Robert Rauschenberg cuando compra un dibujo original de Willem de Kooning y lo borra presentándolo como obra propia bajo el título “Erased de Kooning Drawing” (1953).

 

El espíritu erótico del siglo XXI tanteó nuestros sentidos cuando Yves Klein eliminó la tela, y en el París de 1958 realizó aquella muestra que llamó “El Vacío”, con las paredes pintadas de blanco y una vitrina vacía. Y se volvió más claro cuando Joseph Kosuth jugó a sustituir el cuadro por el texto, y luego suprimió el objeto reemplazándolo por su definición tomada del diccionario.

 

Es el espíritu erótico del siglo XXI el que inspiró las performances de fellatio gratis que hacía la anciana prostituta Annie Sprinkle, desde la idea de que siempre hay que involucrarse, ir más allá de la contemplación en el arte. Es el espíritu que en la Viena de los accionistas invitaba a herir y ver la herida como línea que llama a ser hendida, atravesada. Es aquella gramática de cuchillas que practicaban Günther Brus, Otto Mühl, Rudolf Schwarzkogler, Hermann Nitsch rasgando, abriendo intersticios en la piel, eliminando toda distancia,

todo borde, todo umbral, todo control.

 

Es sobresaltar la mirada anestesiada de hoy, aséptica frente a las pantallas. Es excederse. Es tomar el cuerpo y la calle como cuerpo, y asumirlos como territorios para el gesto, para el signo, la grafía.

 

En el mercado actual del arte el artista crea, el crítico valoriza, el galerista expone, el coleccionista acepta un precio, el museo sentencia su importancia, los medios celebran y el público contempla. Nunca hubo un nivel menos erótico que este en el arte. Pero esto no es de hoy. Ya Mondrian y Kandinsky, que se consideraban pensadores antes que artistas, tomaron este camino de masticar la comida que a otros debía alimentar. Y luego vinieron los formalistas rusos, el estructuralismo y su análisis del texto, el Círculo de Praga, Barthes, Julia Kristeva… Pero cuanto más le analizaron, el gran público sintió al arte más oscuro, y más se alejó. Aunque los galeristas encontraron que la explicación vendía a los que tenían con qué y no sabían qué comprar. Y así se instaló y pasó a pontificar aquel “juicio crítico que en sí mismo es a la vez una obra de arte”, que pedía Friedrich Schlegel.

 

La consecuencia es una sensible reducción del contacto directo. La intermediación se apodera del arte. Y poco a poco la obra comienza a ser la explicación, que incluso llega a sustituir a la obra. El artista no es quien crea, sino quien explica. Es como si no existiera el cuerpo, o más allá, es la no necesidad del cuerpo.

 

El siglo XXI debe resolver el rol del intérprete, el comisario o curador, que filtra lo que es por lo que él piensa. Así como debe resolver si quiere crecer en el erotismo slow food o en la pornografía fast food del pop art, aquel descubrimiento comercial que mamaba de la publicidad, el comic y el diseño industrial para vender productos producidos en serie, rechazando, en una profusión de formas fácilmente reconocibles y colores brillantes, al expresionismo abstracto y de paso a todo lo que requería tiempos largos para saborear y digerir.

 

Si no es así, será claro que aquel cuerpo que Aristóteles definía como “la cárcel del alma”, ya se liberó de la carne.

 

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(Diamante, Argentina, 1948). Realiza desde 1970 propuestas de arte mediante intervenciones en el espacio público, videoinstalaciones, videoesculturas, performances,

ensamblajes, collages, instalaciones fotográficas, happenings mediáticos. Escritor, músico, fotógrafo, periodista.

Ha realizado propuestas en galerías y centros de arte de Nueva York, Tokio, Buenos Aires, Río de Janeiro, Berlín, Bogotá, México, Barcelona, Quito, Medellín, Cali y otras ciudades.

Como fotógrafo tiene publicados seis libros, entre ellos Los Bordes de la Realidad (1983), Laberintos y Oráculos (1986, edición del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá), Todo Beso es un Iceberg (premio Lápiz de Acero, Colombia, 2000), El Hígado del Circo un Espejo (II Bienal de Amor & Éxtasis, 77 Orgasmos/Reflexiones sobre el morir (Frank Laser, 2005). Como periodista ha sido corresponsal de medios gráficos iberoamericanos en Asia y Europa, cubriendo en Beirut, durante la década de los 80s, la guerra del Líbano, y en Colombia diversas alternativas de la violencia que vive el país.

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