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COLABORADORES / ÁNGEL BECCASSINO

 ReVista OjOs.com      FEBRERO DE 2012

Ángel, Beccassino, ReVista OjOs.com, El Espíritu Erótico XXI

EL ESPÍRITU ERÓTICO XXI


Los límites occidentales permanecen bastante bien tensados. El supermercado erótico de por aquí, que se ha expandido en la web respondiendo a volúmenes enormes de tráfico deseante, temáticamente es bastante limitado en su oferta, ajustada estrictamente a la demanda. Hablando con chicas que trabajan en líneas calientes que operan desde Israel para todo Occidente, pude armar esta especie de evaluación de los temas que facturan: Fantasías de dominación, 31%; Sexo con colegialas, 21%; Sexo anal, 18%; Sexo con dos chicas, 10%; Vestirse con ropa de mujer, 6%; Sexo con lesbianas, 5%; Sexo con una mujer mayor, que a veces es la mamá de su novia, 5%; Orgías, 2%; Otros 2%. Porcentajes se refieren a clientes masculinos. Entre las chicas, una investigación que leí en Viena descubría que la crema, el helado y el chocolate son algo que el 38% de ellas querría que alguien lamiera sobre sus cuerpos. El resto es menos original.

 

Pero aquí se abre el mundo gay. Un hombre orina contra el vidrio de una pecera en el baño de un bar, mirando de frente a los ojos y luego al pene grueso, pesado, del que derrama poderoso chorro al otro lado de los peces. Un universo de complicidad se pone en movimiento y comenzamos a hablar de otro nivel de realidad, con muchos matices de menos y más.

 

En la Grecia antigua “para dominar las potencias que se daban cita en el cuerpo desnudo del joven, sus mayores lo enviaban al gimnasio”, del griego gymnoi, “desnudos”, porque, como nos dice Sennet, allí se “enseñaba a los jóvenes a desnudarse”. Tres gimnasios había en Atenas, el principal de ellos la Academia, que luego se convertiría en la escuela de Platón. “El gimnasio pretendía formar el cuerpo del joven durante la época que va desde ya avanzada la adolescencia hasta el final, cuando los músculos comenzaban a tensar la superficie de la piel pero las características sexuales secundarias, particularmente el vello facial, aún no estaban avanzadas. (...) Durante su ciclo vital, un varón griego era amado por hombres mayores y sentía amor por muchachos a medida que aumentaba su edad; asimismo, también sentía amor erótico por las mujeres.” (Richard Sennett, Carne y Piedra, El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Alianza, 1997).

 

Este último punto es fundamental para aclarar los matices del tema. Aunque en Grecia se idealizaba la paiderastia, ese ritual iniciático de un adulto mayor a un discípulo púber, la pasividad sexual, el afeminamiento, e incluso la condición femenina, como encuentra en otro trabajo Byrne Fone, eran consideradas condiciones monstruosas, corruptoras de la misma idea de sociedad. La “homosexualidad viril”, el gustar del penetrar el orificio anal no era problema, pero sí lo era el gozar por el esfínter, porque “no eran hombres verdaderos en absoluto sino monstruos afeminados quienes recibían a cualquier hombre que los quisiera por el ano.” (Fone, Homofobia: una historia, Océano, 2009).

 

Platón pensaba que el sexo homosexual y el lesbianismo son “crímenes antinaturales de primer rango”, como decreta en Las Leyes para Magnesia, su Estado utópico en la isla de Creta. En la misma dirección la palabra “Malako” designaba en Grecia a los hombres afeminados, aplicándose por extensión esta palabra a la “debilidad moral”, esa que introducía “caos y corrupción en el cuerpo político”.

 

A partir del ideal de Platón, esa amistad viril para lo bello y lo bueno, el pensamiento judeocristiano funda la dicotomía carne espíritu promoviendo la vergüenza del cuerpo sensual, lo que en el caso particular de la conducta homosexual conduce sin escalas a la hoguera de la Inquisición. A partir de 1446 los homosexuales son quemados vivos en Portugal, y desde 1497 en España, porque “del fuego del maligno provenían, y a él debían regresar”. Y en América, donde antes de la invasión española la homosexualidad era vista como parte de lo natural, salvo en los imperios teocráticos Azteca e Inca en los que se castigaba con pena de muerte, los “conquistadores” los arrojaban a los perros, en medio de expresiones de miedo y asco, porque, con Vasco Núñez de Balboa a la cabeza, creían que se contagiaba la homosexualidad.

 

Pero, según dicen algunos y algunas que lo han estudiado, la razón profunda de todo aquello no tenía tanto que ver con el hombre “afeminado”, sino con lo femenino, quizás el terror más fuerte en el hombre medieval, a la derecha del miedo a Dios. Y para ejemplo, el Malleus Maleficarum, ese libro escrito por los dominicos alemanes Heinrich Kramer y Jacob Sprenger por encargo del Papa Inocencio VIII para guiar la lucha contra las conspiraciones que el demonio emprendía contra la Cristiandad, y que fue desde 1486 en que se publicó su primera edición, hasta el final del siglo XVIII, el fundamento de los tribunales de la “Santa Inquisición”. Un texto según el cual las brujas eran, sencillamente, las mujeres en estado natural, advirtiendo que “La mujer es más amarga que la muerte. Es una trampa. Su corazón, una red, y cadenas sus brazos.”

 

Entre 1450 y 1750 Europa se dedicó de lleno a la caza de “brujas”. Las investigaciones hablan de no menos de 60.000 ejecuciones, y 110.000 mujeres procesadas, en su gran mayoría adolescentes o mujeres pobres que vivían solas, inmigrantes o viudas de inmigrantes, en algunos casos notables por su belleza o por sus deformaciones físicas. A todas ellas alguien las denunciaba acusándolas de supuestos poderes excepcionales, que la tortura casi siempre lograba que ellas confesaran. Es que en la sociedad medieval se creía en el poder de la magia y se la practicaba para curar, proteger bienes, propiciar el amor, y también para perjudicar o destruir salud o patrimonio de enemigos. Esa herencia de otros tiempos fue la excusa, en una Europa golpeada por los desastres meteorológicos, la crisis económica y la conflictividad social, para que la Iglesia atacara a la Reforma y la Contrareforma, convirtiendo a la Inquisición, bajo el morbo de aquelarres y brujas, en el tribunal encargado de velar por la pureza de la fe, el gran instrumento de lucha contra la heterodoxia religiosa.

 

Entonces viene el Renacimiento, y René Descartes consolida la dicotomía mente cuerpo, el universo separado de la mente, el “pienso, luego existo”. El cuerpo es la máquina que ponen en claro los anatomistas, y con ellos se instalará la ciencia acompañando aquí a la religión que desprecia al cuerpo, lo perecedero, en tanto cuida al alma, la que pasará a otro plano, el espiritual.

 

Después llegó la Revolución Industrial, y en el siglo XIX el capitalismo de producción, que requería abundancia de mano de obra para la fabricación de mercancías, impulsó el sexo vulgar para favorecer la natalidad en las familias, cuya función era reproducir las proles (proletarios) que se necesitaban las fábricas para operar. Y como masturbación y homosexualidad eran “prácticas sexuales estériles”, se prohibieron sin más.

 

El arte erótico contemporáneo que recogen galerías y museos, es el arte gay, el de las chicas que aman chicas, el de los comisarios o curadores que se proyectan a punta de saber apreciar penes, anillos, anos por sobre cualquier ideal erótico anterior.

 

La erótica hermandad vaginal y la comunión del pene con la cavidad anal. Y ahí, para los artistas heterosexuales del tema erótico, esa especie de fósiles sin lugar claro en el mundo del arte de hoy, interviene el culo salvador.

 

El culo es andrógino. El culo es el territorio de la verdadera igualdad sexual. Ellas, ellos, las divinas, las horribles, los divinos, los horribles, Messi, el Papa, Hillary Clinton, Uma Thurman, Bin Laden, Mick Jagger, Iggy Pop, llevan esa gran atracción en su “detrás de escena”, donde se junta la belleza de la forma con la caca, la parte oculta de la vida de cada cual.

(Diamante, Argentina, 1948). Realiza desde 1970 propuestas de arte mediante intervenciones en el espacio público, videoinstalaciones, videoesculturas, performances,

ensamblajes, collages, instalaciones fotográficas, happenings mediáticos. Escritor, músico, fotógrafo, periodista.

Ha realizado propuestas en galerías y centros de arte de Nueva York, Tokio, Buenos Aires, Río de Janeiro, Berlín, Bogotá, México, Barcelona, Quito, Medellín, Cali y otras ciudades.

Como fotógrafo tiene publicados seis libros, entre ellos Los Bordes de la Realidad (1983), Laberintos y Oráculos (1986, edición del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá), Todo Beso es un Iceberg (premio Lápiz de Acero, Colombia, 2000), El Hígado del Circo un Espejo (II Bienal de Amor & Éxtasis, 77 Orgasmos/Reflexiones sobre el morir (Frank Laser, 2005). Como periodista ha sido corresponsal de medios gráficos iberoamericanos en Asia y Europa, cubriendo en Beirut, durante la década de los 80s, la guerra del Líbano, y en Colombia diversas alternativas de la violencia que vive el país.

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