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COLABORADORES / ÁNGEL BECCASSINO

 ReVista OjOs.com      NOVIEMBRE DE 2011

Ángel, Beccassino, ReVista OjOs.com, El Espíritu Erótico XXI

EL ESPÍRITU ERÓTICO XXI

 

 

2. El supermercado del gemido.

 

En los bares gay japoneses hay respuestas para clientes soft, sofutona kyaku, que buscan encontrarse un chico lindo y besuquearse, y las hay para los hádo-na kyaku, que buscan algo más fuerte. Y, obvio, también para quienes simplemente buscan un servicio anal, un anaru fakku sábisu. Y hay ofertas para los fukesen zoku, aquellos que buscan obesos hombres mayores, y para los que se publican revistas con fotografías de cincuentones desnudos y videos porno con estos mismos protagonistas.

 

Tenemos luego los servicios sado maso, donde el ideal occidental del personaje vestido en cuero y cadenas es reemplazado por el irezumi otoko, el hombre tatuado, símbolo de los desalmados miembros de la yakuza, acompañado en sus servicios suaves o duros por la clásica dominatrix, en japonés denominada ojósama, princesa, que porta cadenas, látigos y jeringas de enema, uno de cuyos servicios estrella es el rósoku zeme, un ataque con vela de cera que suele producir en sus clientes gritos de “Ojósama! Yakete, yakete!”, pidiendo quémame, quémame.

 

Más allá del azote de nalgas (supankingu sábisu o ketsu-uchi), la chupada de pies a la dominatrix (futu sakkingu) o el kutsu name (lengüeteada a sus zapatos), algunas de las gracias más interesantes que ofrecen estas muchachas son el ashi-zuri, en el que toman el pene entre sus zapatos y lo masturban, y el kanchó sábisu, un servicio de enema de agua tibia y glicerina que implica defecación supervisada por la dana, quien autoriza cuándo el cliente puede defecar. Otros clásicos son los juegos de ganmen shawa: las lluvias doradas en el rostro (osei-sui, agua sagrada), y las gárgaras con la orina de la muchacha, que va regulando la presión e intensidad de su derramada.

 

Como en Tailandia, el viajero que arriba a Tokio es provisto de guías turísticas gratuitas que proporcionan un vocabulario básico, describiendo lo complejo de la carta de servicios solicitables: koitasu, coito; orugazumu, orgasmo; naki, servicio con quejidos en el orgasmo; nakisen, fellatio o masturbación gimiendo; bodi tachi, body  touch; chonnoma, quickie; sakasa daburu, 69; shakuhachi, la flauta de bambú, mamada; fera-kabuse, lo mismo con condón; konai hassha, venirse dentro de la boca; paizuri, masturbación entre los senos; tokkan kóji, masturbación rápida para el lunch break; chin arai, lavado de pene; yubi man, tacto anal; senritsuzen zeme, masaje de próstata con el dedo medio; zenritsuzen oiru massaji, masaje de próstata con aceite; anaringusu, mamada de ano; name kugi, la lengua por todo el cuerpo, como un caracol; sandoichi sábisu, servicio de sándwich entre dos chicas desnudas y enjabonadas que te friccionan hasta el orgasmo; hachimitsu odori, ella te danza al tiempo que va untándote con miel y luego te lame hasta el orgasmo.

 

Osóshiki (funeral) o kanoke puré (juego en ataud) son dos chicas, una echada a cada costado, pegadas a tu cuerpo, y otra encima tuyo, como en un ataúd, haciéndote de todo así, atrapado. Haburashi sábisu, es un servicio que consiste en pasarle el pene por los dientes, las encías, toda la boca, como si estuvieras cepillando con él, mientras ella trata de chuparlo. Ganmen hassha es eyaculación en el rostro, que también se anuncia como gansha, y está la variante harifurawá, coliflor, que es lo mismo pero demorando en limpiarse, y nombra los coagulitos que forma el esperma diluyéndose poco a poco sobre la piel.

 

En la reitó-fera, o fellatio helada, ella la hace sorbiendo cada tanto agua con hielo, para mantener la boca fría. En el juego kyóshi to seito (instructor y estudiante), la fellatio es con uniforme de escolar. En la variación kannó kyóshi puré, el juego consiste en representar que es obligada a hacerlo.

 

Hanabira kaiten es rotación de pétalos, esto es un grupo de chicas, los pétalos, que se van rotando en el servicio, dos pétalos, tres, cuatro, según la cantidad de chicas involucradas.

 

Gembaku zeme, ataque de bomba nuclear, o suibaku zeme, bomba de hidrógeno, son dos promesas de orgasmos salvajes.

 

Una fotografía de lolita colegiala y debajo ¨She induces orgasm by fellation¨, es el anuncio para turistas más fácil  de encontrar, pegado en un teléfono público o en cualquier lugar. Hay locales donde puedes escoger entre tres tarifas: la primera permite tocar los pechos a las muchachas, la segunda introducirles la mano bajo la falda, la tercera recibir una mamada. Hay otros donde mujeres de cincuenta o más años, vestidas de colegialas, ese disfraz que es el corazón del erotismo local, dicen todo el tiempo “Iya!” (Oh, no!), cuando los clientes las tocan. Y otros, muy oscuros, donde nadie se ve el rostro, lo que permite ejercer a mujeres poco bellas o a amas de casa con necesidades de dinero extra, proporcionando rutinas de sukotchi arai o sukochifera, mamada con whisky en la boca, o konnyaku arai, baño de cognac. Y si se desea realidad, en los locales que ofrecen karaoke con fellatio sin condón las chicas portan certificados HIV colgando del cuello, y la casa garantiza que se examinan dos veces al mes.

 

Ya no se ofrece en el mercado abierto aquel servicio de koyunas, chicas de 12 a 15 años que en los toruko-buro, los baños turcos de la posguerra, asistían a los clientes enjabonándolos, enjuagándoles, lamiéndolos y manipulándolos hasta el orgasmo por un pago. Pero en los baños de alto nivel las soap girls o sópu-jo son modelos y estrellas de video porno que cobran por un bodii arai, el enjabonado cuerpo a cuerpo, 800 dólares o más. Para quien no pueda o quiera pagar estos precios, en las carreteras o las zonas industriales hay baños más accesibles donde una de las atracciones populares es el sembókyó, periscopio: el cuerpo hundido en el agua y ella tomando con sus labios el emergente pene.

 

El lenguaje en imágenes a que tan afectos son los japoneses está en la raíz de la escritura mediante ideogramas, pero también tiene que ver con la tradición de los locales del barrio Ginza, en el Tokio de la posguerra, que para año nuevo enviaban a cada cliente una cajita de terciopelo y seda conteniendo un pelo del pubis de su chica favorita, al tiempo que le invitaban a derramarse muchas veces ese año entre sus senos, a lo que se denominaba tanima no shirayuri, algo así como “flor blanca en el valle”. Todo se ofrecía con este tipo de imágenes barnizadas con cierta descomplicada poesía popular.

 

El enganche japonés con el erotismo viene de muy atrás. Ukiyo, el mundo flotante, es un concepto budista que refleja en aquellas islas la tristeza por la naturaleza transitoria del mundo material. Pero en Edo, la actual Tokyo, el concepto tenía relación con la revancha al alcance del hombre, el placer, las geishas, el entretenimiento, las casas de té, el espectáculo y los grabados en planchas de madera, ukiyo-e, que aparecieron a mediados del siglo XVII y adquirieron policromía un siglo después, para el gran público. El principal tema de los ukiyo-e era el mundo de la “zona de tolerancia”, que en 1659 se trasladó del centro de Edo al distrito Asakusa. Los temas en los ukiyo-e eran actores de kabuki y cortesanas, fiestas en casas de té y burdeles, escenas eróticas (shunga). En el siglo XIX lo que más pintaba Hokusai, famoso en Occidente por aquella bella ola, eran desnudos y su máxima obra, según Kafu, que vivió en Asakusa y escribió sobre el erotismo del distrito rojo en el Asahi Shimbun, fue “El sueño de la mujer del pescador”, aquella muchacha desnuda de espaldas, con las piernas abiertas ante un pulpo que la ama con sus babas.

 

Kafu es un referente que no se puede obviar. Uno de sus cuentos más conocidos tiene por protagonista a una geisha que no se bañaba nunca y a la que abanicar el kimono con desgano le era suficiente para que los clientes se le abalanzaran. El hombre era un experto en detectar esas grietas por donde se cuela el deseo en los sentidos más blindados. A los 70 años, Kafu declaró haber vivido con 16 mujeres, todas geishas, a las que sacó de la profesión al conocer cierta cualidad particular de su arte amatorio, y regresó a ella cuando se cansó y quiso conocer más. Kafu, que hoy es ese hombrecito de gafas, traje, sombrero y paraguas que ofrecen como souvenir en los puestos de baratijas de Tokio, se enorgullecía de nunca haber estado con una virgen, así como de no haberse enamorado jamás.

 

Hoy, en un Tokio menos literario y más lineal se pueden adquirir muñecas increíblemente reales, representando chicas de 16 o menos años, dotadas de vagina eléctrica y succionador oral. Y hay clubes que ofrecen sutorji puré, juegos con historias como chikandensha, el pervertido en el subway, donde acosas a la chica contra uno de esos tubos para agarrarse que tiene todo vagón, bajándole los pantys, metiéndole la mano ahí y esas cosas. O koen chikan, que es el juego del pervertido en una escenografía de árboles que evoca un parque donde la chica se ha perdido, y el cliente le cae y la viola. Hay otros con habitaciones simulando el salón de clase de un colegio, atendiendo ese mercado de fanáticos de las colegialas al que también atiende la industria editorial del manga con historias de adolescentes violadas o sodomizadas por monstruos provistos de múltiples penes.

 

Y hay tráfico de ropa interior usada en las chúko shitagi-ten del distrito Takadanobaba de Tokio, pequeñas tiendas donde un panty con 3 días de uso por una escolar o una mujer anciana cuesta muchos yenes, particularmente si es acompañado de una fotografía de quien lo usó.

(Diamante, Argentina, 1948). Realiza desde 1970 propuestas de arte mediante intervenciones en el espacio público, videoinstalaciones, videoesculturas, performances,

ensamblajes, collages, instalaciones fotográficas, happenings mediáticos. Escritor, músico, fotógrafo, periodista.

Ha realizado propuestas en galerías y centros de arte de Nueva York, Tokio, Buenos Aires, Río de Janeiro, Berlín, Bogotá, México, Barcelona, Quito, Medellín, Cali y otras ciudades.

Como fotógrafo tiene publicados seis libros, entre ellos Los Bordes de la Realidad (1983), Laberintos y Oráculos (1986, edición del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá), Todo Beso es un Iceberg (premio Lápiz de Acero, Colombia, 2000), El Hígado del Circo un Espejo (II Bienal de Amor & Éxtasis, 77 Orgasmos/Reflexiones sobre el morir (Frank Laser, 2005). Como periodista ha sido corresponsal de medios gráficos iberoamericanos en Asia y Europa, cubriendo en Beirut, durante la década de los 80s, la guerra del Líbano, y en Colombia diversas alternativas de la violencia que vive el país.

Ángel Beccassino

Geisha en acción, Kioto,

verano. 2010.

Fotografía.

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