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COLABORADORES / ANDRÉS DELGADO

 ReVista OjOs.com   OCTUBRE DE 2017

Frases de motel



Después de una vibrante rumba, a las dos de la mañana, Carlos y Claudia decidieron amanecer en la pieza de un motel donde los espejos fueron los extras favoritos de la faena. Al día siguiente pagaron y ambos se fueron a seguir lo suyo. Meses después alquilaron una película para adultos en un sitio especializado en videos amateurs. La sorpresa cuando descubrieron que los espléndidos actores de la cinta, digna de una producción triple equis, eran ellos mismos, pescados in fraganti por cámaras colocadas en espejos de doble cara durante su más reciente incursión motelera.

 

El anterior es una de los mitos de motel más comunes. Y usted lo sabe, a veces los mitos se vuelven realidad. ―Nota al margen: una frecuente fantasía sexual entre la población masculina consiste en ejercer como actor porno profesional. Para muchos hombres, mirarse en el espejo mientras se revuelcan con su pareja, es una parodia de ese recurrente sueño frustrado. No importa que el tipo sea barrigón, calvo y peludo, o joven atractivo y tatuado, el espejo siempre funciona como sublimador del patético sueño masculino―.

 

Hace días venía pensando en escribir una crónica sobre la infidelidad pero no tenía el marco desde donde contarla. Así que cuando leí la historia de los espejos tuve la solución. Un motel es un buen sitio para hablar sobre el adulterio, porque finalmente todos los infieles son moteleros. O al menos eso creo. Además porque se supone que en sus piezas se asegura la discreción y se reduce la probabilidad de ser revelados. A menos que los dueños del motel sean unos entretenidos descarados con cámaras detrás de los espejos dobles.

 

En nuestra conversación telefónica, Alejandra la administradora del Motel Motivos se muestra incrédula y reticente. Le explico que no me interesa teñir una mala imagen del motel. Es una crónica seria, completamente independiente, en la que explicaré cómo funciona el sitio. Le digo que será algo parecido a los programas televisivos de: “Así es por dentro”. En los que se muestra cómo es el funcionamiento de una mina de oro, una planta de ensamble de carros o una línea de producción de salchichas. La crónica creo que puede llamarse Así es por dentro un motel.

 

Le explico que además de periodista soy ingeniero. A ver si me cree. ―Porque para preguntar es más fácil presentarse como ingeniero que como periodista. Lo mismo sucedió cuando fui a Ostras Miramar para escribir sobre afrodisiacos―.

 

Le preocupa el tema de “la discreción”. Asegura que la reserva es el valor agregado del motel. Con el teléfono en la oreja, cierro los ojos y me toco las cejas. Meterte en el rancho ajeno no es nada fácil. Le digo que entiendo perfectamente lo que pide. Nadie quiere ser motivo de señalamiento y escándalo. Máxime sabiendo que los moteles son grandes captadores de infieles. Y por lo mismo son como fábricas ―y esto tampoco se lo digo―, fábricas donde se producen docenas de cuernos al mes. Los cuernos de las parejas de infieles.

 

Obviamente tampoco menciono que me gustaría verificar si graban a las parejas revolcándose con un equipo de voyeristas y cámaras empotradas detrás de los espejos con caras dobles.

 

...

 

Me detengo en la entrada del motel Motivos, como si fuera a entrar por el portón de una finca. Una finca o una cárcel. Sentado en la parte trasera del taxi, estiro el cuello por la ventanilla y hablo con el altoparlante empotrado en la columna.

 

Esperar a la entrada de un motel causa cierta ansiedad y expectativa. Por fin le vas a echar mano a lo que tanto deseabas. Y lo mejor, a escondidas. Y si estás cometiendo una infidelidad, tu cuerpo estará inundado de adrenalina, la hormona que se dispara desde las glándulas suprarrenales en los momentos novedosos y excitantes. Bueno, eso siempre y cuando la salsa solo esté comenzando a espesar. Porque si estás siendo infiel con la misma persona de hace tiempo, lo más posible es que, esperar con tu amante a la entrada de un motel, no sea una experiencia novedosa y tal vez se sienta un menor nivel de excitación. Ya estás un poco más acostumbrado. Pero seguro estás cogido de la mano y le estás dando muchos picos. Y en ese caso, tendrás un riego de dopamina, la hormona de la adicción al amor romántico. Aparte de la breve excitación que produce ir con un viejo amor, además ya es adicción. Si ese es el caso, entonces no estás en las puertas de un motel. Estás a las puertas del cielo. Es decir jodido. O jodida. Porque estar enamorado es una gran experiencia. Pero también es una de las peores.

 

Como sea, esperar a las puertas de un motel nunca será un evento frío y desmotivado. A menos que vengas a trabajar. Sacando la cabeza por la ventanilla, le digo al sujeto al otro lado del altoparlante que me esperan en las oficinas. Tengo cita con la administradora y me abren las puertas metálicas.

 

Ahora estoy sentado en una sala con poltronas blancas, paredes blancas, piso blanco y en la mesa de centro un ramo de flores con los pétalos estallados en amarillo. Me recibe Alejandra, administradora del motel y encargada de darme un recorrido. La idea es mostrarme el funcionamiento del negocio. Por fin, Alejandra había aceptado. Comenzamos en La Recepción, que no es un hall con azafata sonriente detrás de la barra sino una bodega, un mini mercado con estanterías atiborradas de productos del bar: filas de Gatorades, Redbull, jugos, cervezas y maltas, entre mecato, salchichas y licores. La Recepción es atendida por una señora con gorro hospitalario, delantal rojo y zapatos de  enfermería. Un motel por dentro parece una unidad de cuidados intensivos hospitalarios.

 

En una encuesta con amigos me dijeron las preguntas más repetidas en un motel: "¿Cuánto con jacuzzi?... ¿Y sencilla?... Está bien, dame la sencilla". "¿Ese espejo del techo no tiene cámaras?" "¿Huele raro, no?" "¿Y esto para qué se usa?" "¿Las sábanas estarán limpias?""¿Así, o de ladito?" "¿Que levante la pierna?" "¿Dónde aprendiste eso?"

 

Desde la recepción se despacha, a través de los pasillos internos, lo que pide el cliente cuando está encerrado en su faena. "Nunca vemos sus rostros —dice Alejandra—, son anónimos, los reconocemos por el número de la cabaña o las placas del carro". De eso se trata, que nadie sepa que estás en un motel. A ello se debe el celo de la administradora, porque ofrece garantía de discreción a sus clientes. Nadie del personal de servicio cometerá una indiscreción, ni  revelará la identidad del visitante. A nadie le conviene que las cosas se salgan de las manos. Y menos cuando estás cometiendo una infidelidad. Otras frases y preguntas de motel son:

 

"¿Cuando regresa tu marido?"

 

"¿Alo? ¿Alo? ¿Amor me esperas?... Es que estoy en una reunión".

 

"¿Aló? ¿Sí?... Amor, no te escucho." Porque finalmente, todos los infieles son moteleros.

 

El escritor Héctor Abad Faciolince, en su novela Angosta, dice poco más, poco menos, que una relación matrimonial le ganará la batalla al tiempo y a la rutina si cada uno le ofrece recreos al cuerpo. La monotonía de la misma cama, a veces, nos lleva al aburrimiento y al divorcio. Triste, pero real. Por eso, una alternativa para no llegar a las peleas duras y al doloroso divorcio es engañar y autoengañarnos. Engañar, para salir del encierro que genera el cuerpo de la pareja y darnos un breve recreo y volver a casa con los ánimos renovados. Y autoengañarnos creyendo firmemente que nuestra pareja nunca nos pagará con la misma moneda. ¿Cruel? ¿Sincero? Lo cierto es que  el mordaz pálpito de don Héctor está alineado con lo que hace tiempo viene estudiando la ciencia.

 

Los científicos tienen el ojo puesto en el amor y el sexo. Y al menos en lo que tiene que ver con la infidelidad, lo que han demostrado biólogos y sicólogos evolucionistas, es que la monogamia es natural, pero la fidelidad no. Ya puestos en el tema y para desarmarlo, si apelamos a nuestros más profundos instintos, encontraremos que tendemos a formar pareja, cultivar un hogar. Y al mismo tiempo, hombres y mujeres, somos presas de un impulso ancestral por tener relaciones extraconyugales. Pero también hacemos pataletas de celos si llegamos a notar que a nuestra pareja medio se le va el ojo mirando para otro lado. Para resumir: en el caso de apegarnos a los instintos más básicos, hombres y mujeres, tendemos a la monogamia, a la infidelidad y a la desconfianza. De hecho, en el reino animal existe la monogamia social, pero no la sexual. Esto hay que tenerlo claro, porque son bien distintas. La monogamia social  es entendida como el instinto por cumplir con el mandato genético de defender un territorio para suministrar alimento en aquellas especies en las que las crías requieren el cuidado de ambos progenitores. Para cumplir con este mandato genético se establecen núcleos familiares. Este comportamiento se ha observado en aves, mamíferos y peces. Por otro lado la monogamia sexual consiste en mantenerse fiel sexualmente y excluir la opción de procrear con una hembra receptiva o un macho con mejores genes. Puestos en práctica, para la preservación de la especie, en el sentido evolutivo, la monogamia sexual no tiene mucho sentido. Estudios recientes en Melbourne comprobaron el caso del cisne: símbolo de máxima lealtad de pareja. Ahora se sabe que la hembra escapa de su maridaje y si en su paseo encuentra un macho que le atrae no duda en aparearse y regresar al nido como si nada hubiera pasado. Lo mismo el cisne macho. El mandato genético es preservar la especie. Por lo tanto, los machos intentarán dejar tanta prole como sea posible. Y las hembras afilarán los sentidos para distinguir un macho con genes apropiados. Lo dicho: a los ojos de la evolución, la monogamia no tiene mucho sentido.

 

Como hemos dicho, este comportamiento es solamente una tendencia genética, un impulso provocado en las partes más básicas de nuestro cerebro. Que son también las que tienen mayor arranque. Las más irracionales y sinceras. Los impulsos fatales. ―El adjetivo “fatal” es extraordinario y significa inevitable, o improrrogable. Por eso ese cliché que dice: mujer fatal a veces parece tan acertado y conmovedor: una mujer inevitable, una mujer que no se puede aplazar―.

 

Estos impulsos ancestrales de ninguna manera sirven para justificarnos. Porque precisamente eso es lo que intentamos formar con la cultura y la educación. En nuestro entorno establecemos las normas y comportamientos que consideramos más acordes con nuestro bienestar individual y social, por encima de nuestros instintos más irracionales. Es la evolución cultural y no la biológica la que debe dictar nuestra ruta.

 

Aun así, y llegado el momento de enfrentarse a las turbulencias de la vida, el azar y el deseo y expuestos a una de las más profundas irracionalidades, y tomar decisiones, don Héctor deja la opción cruda y pragmática: “engañar y autoengañarnos”. Y si es así, maldita sea, por qué nos pasan estas cosas, entonces iremos a revolcarnos felices en una pieza de motel. Tal vez, vayamos al motel Motivos.

 

En la recepción-bodega del motel Motivos hay dos paneles de control: Parece el frente de una nave estelar de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto. Botones rojos y bombillos diminutos. Uno para abrir y cerrar las puertas de los garajes y otro para encender o apagar los jacuzzi. Los pedidos que llegan desde las alcobas varían desde un jugo de mora en agua y el encendido y apagado baño turco, hasta el pago del servicio y el permiso de salida.

 

Esta señora con gorro y delantal es la responsable de aquella cruel llamada que por obligación termina con un: "…pero si desea puede pagar una hora extra."

 

En la encuesta rápida entre amigos también quedó claro lo malo de los moteles costosos: "la cursilería y los pétalos de rosa". "Las bolsas rojas de las canastillas de la basura". Y lo mejor: "Tocar todo, abrir cajones, puertas, prender y apagar, preguntar cómo funciona". "Las chanclas desechables". En los moteles baratos no gusta "Hacer fila". "El rollo de papel higiénico a medio usar en la mesa de noche”. “La señora en chanclas que golpea la puerta cuando se pasa el tiempo". Lo bueno de ambas categorías: "uno sabe a lo que va". "Se puede gritar y es mucho mejor si la nena vecina también grita". "No se recoge el reguero". "Los espejos". "Los condones por si se le olvidaron". Y lo mejor: "la clandestinidad". Además, porque todos los infieles son moteleros.

 

¿Y si llegaran a ser descubiertos? El tema se ha medido. Investigadores de la Universidad de Kansas examinaron cuál es la diferencia de la reacción entre hombres y mujeres si llegaran a descubrir a su pareja en una infidelidad. En el estudio participaron 238 hombres voluntarios y 239 mujeres. Entre otras preguntas respondieron qué les angustiaría más, en un escenario hipotético, si imaginar a su pareja disfrutando de un apasionado encuentro sexual con otra persona o si, en otra situación, su pareja establecía un lazo emocional profundo con otra persona. Los resultados: para un hombre resulta más dolorosa la posibilidad que su pareja se eche un polvo con otro, mientras que para las mujeres el pesar viene por el lado emocional. El análisis de las respuestas mostró lo que ya nos habían dicho en las borracheras en los bares, contando nuestros despechos.

 

***


En el motel Motivos nunca se venderá una goma de mascar, por cuestiones de aseo en las paredes, pisos y toallas. No falta el ocioso pegando el chicle en una sábana. Pero si quiere frescura encontrará confites Halls. La sensación mentolada en la boca es considerada un juguete para el sexo oral. Quien lo recibe sentirá la frescura del polo Ártico. El asunto funciona igual si antes hace gárgaras con un enjuague bucal o se chupa un hielo.

 

Tampoco es permitido el ingreso a menores de edad o la entrada a una sola persona.

 

—¿Y si un cliente quiere esperar a su pareja en la cabaña?

 

—Igual, no se permite.

 

—¿Y por qué?

 

—Venga le muestro otra habitación.

 

Además de las 48 sencillas —todas ellas con baño turco y jacuzzi—, el motel cuenta con 21 cabañas especiales, tres suites, dos dobles para cuatro personas y una súper-especial.

 

Pero ¿Por qué no puede entrar una sola persona y esperar a su pareja tomando un trago en la pieza del motel? Alejandra no contesta y yo tampoco quiero insistir. Entonces pienso en los infieles que dejan de venir al motel por los inconvenientes de fijar un lugar y una hora de encuentro. El motel está perdiendo una interesante cuota en el mercado por cuenta de la norma. Porque una solución para evitar ser sorprendidos, es encontrarse directamente en el lugar. Y si no, que opinen los infieles.

 

La otra solución para evitar ser sorprendido es dejar de ser infiel. Asentar cabeza y coger juicio. Esto, siempre y cuando el apego a la infidelidad no esté metida hasta el fondo de tus genes. Y entonces el propósito de no mirar para otra parte será más difícil. En efecto, recientes investigaciones sugieren que existe un gen que puede predisponer hacia la vida en pareja o por el contrario mover a ser promiscuo y disoluto.

 

Podría conocerse como el gen de la infidelidad. Su nombre científico es menos estimulante: se llama RS334 y un grupo de investigadores del Instituto Karolinska de Suecia se propuso estudiarla. Para ello escogieron 552 parejas suecas que llevaban más de cinco años conviviendo y estudiaron la calidad de su relación marital. La investigación se prolongó durante cinco años y sólo contó con parejas heterosexuales. En las entrevistas se preguntaba cómo era su convivencia, si discutían o se besaban a menudo, la frecuencia de sus relaciones sexuales, su romanticismo, o cómo veían el futuro en común.

 

Los investigadores suecos analizaron el ADN en las parejas del experimento. Y buscaron las variantes de determinados segmentos del genoma que están relacionados con el gen y descubrieron la 334. Las personas podían tener dos, una o ninguna copia del gen RS334. Los portadores de dicho gen eran más perezosos al matrimonio, más dados a romperlo, propensos a la infidelidad y sus relaciones solían conllevar un menor grado de satisfacción de sus parejas. Es decir, la persona que tiene el gen está jodido si quiere pretende una monogamia social y sexual. Este resultado se hizo aún más evidente cuando llevaban dos copias del gen. Quienes lo portan en dos copias la formalización de una relación es un desatino y ni pensar en el matrimonio. Ahora la fidelidad se mide con el ADN. Ya me imagino la discusión entre alguna pareja y el peso del argumento:

 

―Tengo que romper contigo, porque tienes dos copias del RS334.

 

Otras frases frecuentes de motel:

 

"¿Qué tal si hacemos lo mismo del tv."

 

“Mi amor qué bueno estuvo… ¿Lo puedo twittear?"

 

"¿Vas a subir la foto a Internet?"

 

"¿Y esta botellita de agua la cobran?"

 

Ahora en el motel estamos al frente de una cama doble impecable y ordenada. Recuerdo la gozosa sensación de encierro en un motel. Y saber a lo que se viene con anticipación. Esto es más inquietante acompañado por Alejandra. Evito mirarle el llavero que tiene colgado en el bolsillo de atrás del bluyín.

 

A un lado de la cama está la Silla del Amor: una araña con patas metálicas y cojines negros para las parejas que se entretienen calculando ángulos y funciones trigonométricas. Este cachivache en tubos y palancas parece uno de esos equipos para bajar barriga. Cerca hay un manual en la que se proponen varias posiciones, incluidos sus nombres. Hay una posición llamada La viuda negra. Indescriptible la posición con el nombre de una araña que muerde al macho, luego de ser fecundada, inyectándole una dosis de su letal de su veneno.

 

Me agacho y compruebo un pálpito: el colchón está apoyado sobre vigorosas vigas de concreto. Claro: en los moteles no hay cama convencional que resista. Voy a sugerirle a la vecina de arriba de mi apartamento que cambie la madera y las tuercas de su cama por el cemento y las vigas de hierro. Así todos estaremos más tranquilos.

 

En los experimentos con el gen de la infidelidad, las personas que carecían de esta variación genética eran los más devotos con sus parejas. Los más apegados, caseros y concentrados. Además  al parecer, quien lo carece son quienes provocaban menos reproches en sus parejas. De manera que si a usted la naturaleza le negó el porte de dicho gen seguramente fue, o irá, al altar o al juzgado para formalizar su relación sin mayores problemas ni temores.

 

Pero cuidado, la biología no lo es todo. Los genes tienen su importancia pero también el entorno personal, familiar y cultural. Sin embargo, hay que destacar que es la primera vez que se relaciona la variante de un gen específico con la forma en la que las personas se comprometen con sus parejas.

 

En una sociedad en la que los análisis de ADN empiezan a utilizarse como una prueba común, este nuevo hallazgo podría utilizarse como una fórmula para encontrar una pareja fiel, con la ayuda de la ciencia. Así que la próxima vez que  sufra un romance y sienta que está cayendo en el delicioso y terrible maremágnum del enamoramiento, usted podrá pedirle a su pareja un examen de ADN donde verifique si será o no un buen partido. Cosa tan horrible. Si es portador del gen RS334, piénselo. Ahora no solo se pide examen de VIH, sino también de ADN y, dentro de poco, certificado de control del músculo pélvico.

 

***

 

Cuando Mariana entró a la suite acompañada de Manuel, lo primero que vio en la cama blanca fue un cojín rojo en forma de corazón y los anillos brillantes de compromiso. Se llevó las manos a la boca abierta, sin saber qué hacer, ni qué decir. Un segundo más tarde entró un mariachi cantando "qué bonitos ojos tienes". Los sombreros con pistolas y guitarras cantaban "Malagueña salerosa" mientras miraban por el rabillo del ojo la Silla del Amor.

 

En temas moteleros, Alejandra me dice que las mujeres son más atentas. De cada diez reservas, ocho son pagadas por ellas, "aclarando que si es un hombre quien paga la cosa es más especial —dice Alejandra orgullosa—, como el día del mariachi". Carraspeo mientras tomo nota en la Moleskine. Hombre, hay cosas de mal gusto y pedir matrimonio en un motel.

 

Ahora la pregunta es: ¿Se podrá alimentar la fidelidad por medios químicos? Así como los científicos universitarios por un lado y los laboratorios privados por otro, han buscado en el espectro hormonal las respuestas para influenciar el deseo mental y excitación física, así mismo han buscado dar respuesta al tema de la fidelidad y la monogamia. Al respecto se ha hablado de sustancias químicas que estimulen la producción de oxitocina y de la vasopresina.

 

La oxitocina, la hormona del amor ñoño, la que segregamos por chorros luego de hacer el amor con la persona que amamos y nos impulsa a dedicarle cariñitos. Y la  vasopresina, también relacionada con los afectos. Ambas hormonas, podrían ayudar a fortalecer la unión de la pareja y el instinto de proteger a los hijos.

 

La sospecha que se tiene con la oxitocina y la vasopresina como hormonas inductoras de fidelidad viene de un experimento. El ratoncito de la pradera es un primor de virtudes. Son fieles hasta la muerte ―incluso prefieren permanecer solos si se quedan “viudos”―, y ambos cónyuges cuidan de sus crías. Sin embargo, su primo, el ratoncito de la montaña, es todo lo contrario. Es infiel, los machos se desentienden de la prole y las hembras abandonan a las crías poco después del parto. Larry Young, de la Universidad de Emory, encontró que los ratoncitos fieles tienen una versión muy activa del receptor de la vasopresina, lo que les conduce a la fidelidad y la vida familiar. Los ratoncitos que no tienen como recibirla están abocados a una existencia más disipada.

 

En las reservas del Motel Motivos se pueden adicionar los kits con pétalos rojos. Motivos de Pasión está compuesto por botella de champaña y canasta de frutas con manzanas y granadillas. Motivos de Placer tiene además una torta para dos y la vela para la ocasión. Motivos de Amor viene con candelabro, tabla de jamón y queso y ramo de rosas. Los tres kits incluyen bombas decorativas y guirnaldas. También puede incluir al mago Fernandini para que haga aparecer un conejo, o no sé, contratar al humorista Fosforito para que le cuente unos chistecitos antes de partir la torta. A Alejandra le parece una gran idea. El amor ñoño deja mucho que desear. No es una exageración, la piñata puede incluir el columpio, como los quince años: la cabaña 8C está equipada con el Loft Swing: el remedo de un potro medieval en un calabozo de tortura. Estoy por decirle a Alejandra que se monte al columpio a ver cómo funciona. Pero lo mejor es que lo ensaye yo mismo y ahora me balanceo en esta cosa negra, agarrado como un niño con las dos manos. En otras circunstancias esto debe ser muy divertido.

 

El efecto de la vasopresina es activar un centro de gratificación neuronal que favorece que estos ratoncitos presten mayor atención a la pareja con quién están copulando.

 

Tras inyectar la “versión monógama” del gen a un ejemplar de montaña, éste cambio sus hábitos promiscuos. El gen hizo el milagro y el travieso ratoncito se volvió tan fiel y amoroso como su primo, el ratón de las praderas. Así las cosas, más de una persona desearía que su pareja recibiera uno de estos pinchazos milagrosos. Y no se le siga volando para los moteles al medio día. Y deje de tener reuniones de trabajo hasta las ocho de la noche o capacitaciones de la empresa los fines de semana en las playas de Cartagena.

 

El motel cuenta con un total de 75 cabañas que no dan abasto durante los días de mayor demanda motelera: el día del amor y amistad, el día del padre y el día de la secretaria. No entiendo la relación del día del padre y un motel… Bueno, ahora que lo pienso mejor, tiene todo el sentido: los profesores universitarios que se dejan atender. Como sea, estos son datos estadísticos que me da Alejandra, la administradora de Motivos.

 

Si por un lado es cierto que, en muchas otras afecciones y discernimientos, no podemos compararnos con unos ratoncitos, también hay que tener en cuenta que el sistema endocrino, responsable del sistema hormonal, funciona lo mismo para ellos que para nosotros. Los humanos podemos tener una docena de condicionantes diferentes, pero en temas biológicos, somos muy parecidos a un ratón. El sistema nervioso por ejemplo, o el efecto de la testosterona o la oxitocina, es lo mismo para ellos que para los humanos y por ello, los científicos se permiten extrapolar a los humanos los resultados de los laboratorios con conejillos de indias.

 

Otro mito de motel dice que el horario más vendido en semana es de doce a dos, cuando los empleados almuerzan y tienen excusa para no contestar el celular. Pero en realidad, esto es un mito. La mayor ocupación durante los fines de semana demuestra que el sexo es una actividad para el tiempo libre. Alfredo, un amigo putañero, tiene razón: "es un lujo moteliar los martes en la tarde".

 

***


Al frente está la piscina fresca y azul. A un lado la sala de verano, el tubo plateado de stripper, el equipo de sonido, copas de aguardiente limpias y una barra de mármol con sillas metálicas. Esto parece una finca de recreo. En el segundo piso está el baño turco forrado en madera y dos alcobas. Cada una con su jacuzzi y su baño. La tv por cable es Directv, con canal Venus y Playboy. La cabaña 8 es una suite de dos plantas para ocho personas. Otro mito de motel dice que son sucios, pero eso depende de cuánto pague. El precio está en directa proporción con la limpieza.

 

La ventaja competitiva del motel es su infraestructura. No es fácil encontrar en Medellín quién atienda las más concurridas fiestas swinger. "A un cliente hubo que pedirle —dice Alejandra—, que en sus despedidas de soltero no mojara las aleluyas porque estaban manchando las sábanas". Y me sigue contando: "siete personas se quedaron una semana acá metidos y cada noche rumbeaban con disc-jockey diferente". Entiendo, en Medellín está comenzado a crecer la cultura swinger: otra alternativa contra la infidelidad. Pero de esto hablaremos en otra crónica.

 

Mientras Alejandra soluciona problemas administrativos por su radio-teléfono, rodeo la cama y me voy a las mesitas de noche. Acá está la carta del restaurante: Roast Beef para tres personas: un lomo entero de solomito marinado, terminado a las brasas. Brownie con helado, jugo en agua. Chorizo antioqueño a la brasa con limón y arepa: La comelona en un motel es brutal. Ustedes saben de qué estamos hablando.

 

No fue fácil que me dejaran entrar a una cabaña recién dejada. Sábanas corridas, olor a eucalipto, una lata de Smirnoff, dos sobres de condones. Es como entrar a la escena del crimen. Mariela Gómez es la camarera con guantes, tapabocas y gorro quirúrgico encargada de esta cabaña. Parece una enfermera evitando el contagio del ébola. Está armada con balde, desinfectantes, trapera y trapos. No quiero preguntarle si por casualidad encontró los condones usados. Me confiesa que una vez tuvo que botar un cilindro largo de madera, un dispensador de pimienta, como los usados en las pizzerías. Otro dato para la Moleskine. Un mito dice que lo más cochino es coger un control remoto de un motel y después hacer que tu pareja te chupe los dedos.

 

¿Usted quiere ser fiel pero no puede soportar la tentación? Espere a la ciencia hasta que le diseñe un coctel de vasopresina y oxitocina. Lo otro que también es cierto, ―y que ya se ha dicho en este libro―, las hormonas del amor ñoño, son muy ricas, te vuelven apegado y romanticón, pero también son un salto a la monotonía de la seguridad, a la peligrosa costumbre y el aburrimiento. También hemos dicho que para mantener el amor, necesitamos mantener una adicción hacia esa persona. Una adicción incorporando actividades emocionantes para que el cerebro siga asociando las cosas ricas de la vida a una sola persona. Tal vez así, podamos evitar la oxidación de nuestra relación y mantenerla lubricada. A todo nivel.

 

***

 

Otras frases de motel:

 

"¿Van a desocupar o se quedan otra hora?"

 

"¿Trajiste plata?"

 

"Aún nos quedan diez minutos… ¿Un rapidín?"

 

“¿Nos bañamos o nos vamos así?"

 

Llegamos a la lavandería: dos aparatos con capacidad de 60 y 45 libras, para lavar todo lo que dejan los clientes. Detergente, suavizante y desmanchador. Hay tres secadoras de 30 libras y una persona para cada uno de los tres turnos. Me ganaré un premio simón bolívar por estos datos que acabo de poner.

 

Ahora estamos en la cabaña doble para cuatro personas dotada con todos los juguetes. Me asomo a la nevera: dos botellas de agua, dos botellas de aguardiente, una botella de ron, entre otras bebidas y energizantes.

 

Al lado, en el cajón hay una chocolatina Milky Way, papitas de limón, platanitos y salchichas en tarrito: una lonchera de colegio. También hay peinilla, desodorante, champú, cepillo de dientes. En el lavamanos un secador de pelo marca Oster, dos jabones chiquitos de avena, cada uno pesa diez gramos. Lo que más usan los clientes: el gorro de baño. Lo que nunca se llevan: el jabón chiquito. Claro, nadie se lleva el jabón chiquito. Y menos si estás cometiendo una infidelidad.

 

También hay dos condones marca Vitalis, anillo vibrador, retardante, lubricante, lengua vibradora. El producto más popular: huevito para las mujeres. Alejandra me dice que se llegan a vender cincuenta en un fin de semana. Cada estuche, de cada juguete, tiene sus instrucciones porque no ha faltado el despistado que en vez de usar un aceite íntimo, lubrique a su pareja con una espuma para la bañera.

 

Con 25 años en el mercado Motivos es un clásico en la ciudad. Se me ocurre un eslogan publicitario: "Quien no conoce el motel Motivos no conoce a Medellín". Carajo. Mejor seguir como reportero. Entonces le pregunto: ¿Los oye gritar? Alejandra habla por el Motorola. ¿Qué es lo más feo que se ha encontrado durante el aseo? Alejandra se hace la que no escucha. Estoy comenzando a creerle lo de la discreción. Ni modo de preguntarle por historias de infieles. ¿Es verdad que la gente se encuentra de sorpresa con un conocido en un motel y esconde la cara? La administradora me mira con los ojos iluminados pero no contesta. ¿Por qué se han demorado hasta diez horas en un solo aseo? Alejandra me acompaña a las oficinas. ¿Cómo controla las peleas? ¿Tiene historias de parejas cometiendo adulterio? Porque, lo sabemos: a pesar de estar felizmente enamorados a veces deseamos sexualmente a otra persona. Y a veces, se nos va la mano. Ya lo dijo Oscar Wilde, “la mejor manera de olvidar una obsesión, es caer en ella.”

 

Esto no es una apología de la infidelidad. Nada como estar tranquilo con nuestra pareja. Nada se iguala a la sensación de estar enamorado y ser correspondido. Ahora, lo otro que también es cierto es que no es la única manera de tener una relación satisfactoria. Existen las parejas que practican el poliamor, la cultura swinger, entre otros. Pero si lo nuestro no es ni lo uno, ni lo otro, y sabiendo lo que tenemos en nuestros genes, esa proclividad al sexo y a la infidelidad, queda otra alternativa: cultivar una confianza ciega en nuestra pareja. Un entendimiento mutuo impuesto por nosotros mismo y completamente racional. Una confianza premeditada, impuesta y radical.

Una confianza a raja tabla.

 

―¿Alo…? ¿Alo? Amor, es que no te escucho.

 

Relax. Debe en un punto donde no se coge señal. Cuelgue y relájese. Luego hablarán.

 

―Hola, cariño, es que estoy en una reunión, te llamo en un rato.

 

Qué pesar. Debe estar con los pelos parados con el jefe. Confianza, confianza.

 

―Este fin de semana tengo una capacitación en la empresa y viajaremos a Lima con un grupo de clientes.

 

¿Sí? Qué rico. Me vas contando cómo te va.

 

Confianza ciega. Credulidad radical. Cero fantasmas, cero inseguridades. Cero temores. Nada de celos. Claro, desde que no nos vean la cara de pendejos o pendejas. Una cosa es tenerle confianza y la otra es que nos crean retrasados mentales. Recuerde que mientras explique más detalles, tendrá que improvisar nuevas mentiras y agilizar la memoria para retenerlas. Por eso, menos detalles, menos mentiras. Y al otro lado también: si reducimos las preguntas, no nos expondremos a nos digan una tontería y quedemos con la cara de pendejos que queremos evitar. Mientras menos preguntas, más confianza. El que quiera estar se queda. Tampoco vamos a amarrar a nadie.

 

―Ve, ese contacto en el Facebook me linkea todo lo que pongo. Y me favea todo lo que tengo en Twitter.

 

No hay problema, si quieres estar allá, con esa otra persona, te empaco en regalo y te incluyo moño.

 

Quien quiera estar, bienvenido. Pero estar bien. Completo. Con la misma confianza. Recíproca. Claro, si damos confianza, solicitaremos en la misma medida. Que nos crean, no pregunten mucho. Y lo mismo, no abusemos de esa confianza, ni le veamos la cara de pendejo o pendeja, ni pongamos en riesgo a la persona con la que estamos apostando a compartir una vida entera. Ya lo dijo Beigbeder: “El amor solo dura si ambos saben lo que cuesta."

 

Otras frases de motel:

 

“Te juro que es primera vez que hago esto.”

 

“¿Y para qué quiere el carnet?”

 

“Los vecinos están gritando muy duro.”

 

“Carajo, están muy costosas las vainas acá… pudimos comprarlas afuera”.

 

Luego de meterme por las entrañas del motel, tengo dos seguridades: en Motivos no hay cámaras detrás de los espejos. Y tengo que volver, pero como un anónimo.

Medellín, 1978.

 

Prestó servicio militar obligatorio a finales de los noventa y esa experiencia en las filas le suministró el material para publicar la novela Sabotaje, 2012. Terminó Ingeniería de Producción en la Universidad Eafit y es miembro del comité editorial de Universo Centro, periódico del underground paisa. De manera que ha sido militar, ingeniero y periodista. Escribe un blog para el eltiempo.com y sus crónicas han aparecido en varias revistas colombianas, argentinas, mexicanas y españolas.

 

Actualmente dirige talleres de narrativa y periodismo literario.

 

En Twitter no lo busque por su nombre, encuéntrelo como @moleskine32.

Noches de estriptís - Andrés Delgado

Carlos Granada
El bombero, 1974c.
Óleo sobre papel
100 x 70 cm

Leonilda González
Divertimento VI, 1990.
Xilografía sobre papel de arroz

49.5 x 70.5 cm

Alfredo Araújo Santoyo
Amándote, 2011

Mixta sobre madera

145 x 98 cm.

 

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