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COLABORADORES / ALEJANDRA ORTEGA

 ReVista OjOs.com    NOVIEMBRE DE 2016

Alejandra Ortega, ReVista OjOs.com

LA MUERTE COMO FENÓMENO SOCIAL Y TRANSGRESOR DE LA EXISTENCIA

 

La muerte es uno de los temas más cercanos y distantes al ser humano; está llena de impresiones, certezas, y temores, ¿eso querrá decir que termina por estar gastada? ¡No! No hay manera de gastar por completo el fin último del ser humano, la finiquitud de sus planes, metas y fracasos.

Basaré mis argumentos en un planteamiento de Sartre acerca de la muerte como fenómeno social: La muerte es ruptura, quiebre, límite, caída en el vacío, está lejos de darle un sentido a la vida, pues la despoja de toda su significación; nos arroja como presa a los vivos, a merced de sus juicios, la muerte es entonces fuente del absurdo. Luego de esto hice una pregunta que aún no he respondido, pero que dejo a consideración del lector: ¿Somos seres para la vida o seres para la muerte? ¿Qué certeza aguardamos en la una o la otra?

 

Si la llamo fenómeno, es porque tiene la capacidad de invadir todos los terrenos, y de muchas maneras estamos constantemente rodeados de objetos y fenómenos de este “mundo muerto”. Y también, por el acto moralizante de “esconder” a nuestros muertos, de ese ritual misterioso y hasta atractivo en el que se convierte el cuerpo vacío de vida, sin respiración y frío hasta el hastío, a los muertos no se les puede ver diseminados en nuestros parques y calles, porque nuestro cerebro revela un escándalo escabroso e innecesario, que muestra en nuestra personalidad, la necesidad del ocultamiento, del temor y de la solemnidad.

 

“Descubrí el gusto por la muerte; y la muerte sabe amarga porque es nacimiento, porque es el miedo e incertidumbre ante una aterradora renovación” 1 Entonces, ¿es eso la muerte? ¿Renovación? La reconozco como un acto purificador y a su vez libertino, al ser una palabra de origen abstracto nos deja descubrirla aún con poca libertad y siempre con un alto índice de subjetividad. Pero hay una certeza que descubro a su paso, acecha y quebranta todo ideal, nos despoja de cualquier característica, y nos infringe la lápida del número, del sufragio y el olvido, bien dijo Borges ¿o Faciolince? (una autoría que esta entredicha): “Ya somos el olvido que seremos” pero, la muerte hace siempre sus propias conjeturas, se nos presenta como irrevocable a irrefrenable marca del tiempo, como inquisidora del único bien que aún nos pertenece: la vida.

 

El argumento de la muerte, es pues, en última instancia su presencia como verdad, como compañera insondable de la tristeza, la vileza, la soledad, con todos sus cuartos (oscuros o lucidos) y laberintos. Es la representante generacional del cambio definitivo en una sociedad, una civilización, el poder, las estructuras; tiene tantas redes y su alcance es tan amplio, que lo único que hacer en su contra es vivir apasionadamente, en el dolor, en el erotismo, en algún símbolo definitivo (que aún vago) resulte sincero y sin pretensiones.

 

Tomando distancia suficiente del concepto, abstracto y sin contornos, la muerte es (o parece ser) alguna clase de espejo, que en su reflejo no nos muestra otra cosa que las vanas gesticulaciones de la vida. En estricto sentido tanto vida como muerte carecen de sentido de autonomía; son dos caras de una misma existencia, claro, todas sus significaciones provienen de otros valores, estos las rigen. Las dos son referencias a realidades indivisibles. Si la muerte como fenómeno (aparentemente natural) no nos trastornara, ¿Por qué entonces ese malestar ante los cuerpos muertos? Esto, estaría diciendo que existen dos clases de muerte, o que existe una profunda contradicción entre nuestra idea de la muerte y la muerte como es realmente. “la muerte tiene una fijación tan fuerte en nuestra conciencia que no solo nos estremecemos al ver que la realidad no concuerda con ella, sino que también intentamos ocultarlo por todos los medios”2 .

 

La muerte existe en este “mundo de hechos” y bajo esa tutela no es otra cosa que un hecho más, el problema está es que es un hecho desagradable, porque pone en tela de juicio todas nuestras concepciones y el sentido mismo de nuestra vida,  la filosofía del progreso (¿el progreso hacia dónde y desde dónde?, se pregunta Scheler) la muerte es una personificación pretenciosa del absurdo, ¿busca acaso escamotearnos con su presencia?

 

Una de las visiones de la muerte que se me presenta como acertada, carece del estereotipo cultural de sus representaciones, pues no es ni aterradora, ni renovadora; no ha de ser vista como tránsito, sino como una gran boca vacía que nada sacia, perpetua habitante de todo lo que emprendemos. ¿Por qué ha de ser la muerte un concepto prefijado? ¿Por qué no nos exime de reminiscencias siendo nada? Tal vez porque la comprendemos de manera errónea, o en el peor de los casos, erramos desde el pretexto de querer entenderla; tenemos un instinto cetónico, que nos devuelve a la tierra a la que pertenecemos, entiendo, no es sencillo esperarla con calma, invitarla a un té, y consumirse de nervios y tedio ante su presencia:

 

“Morir y matar son ideas que pocas veces nos abandonan. La muerte nos seduce. La fascinación que ejerce sobre nosotros quizá brote de nuestro hermetismo y de la furia con que lo rompemos.” 3

 

En ella hallamos una extraña constancia, ¿la deseamos? ¿Es acaso un acto orgásmico? Muerte y sexo no deslindan caminos, en algún punto de frenesí, fuero interno, sintamos vértigo: y aceptemos sin falsas amnistías que después de todo la muerte nos atrae, desde su impenetrabilidad, nos gobierna, y siempre: nos posee, como ultima depositaria de todo lo carnal y prohibido, como profanadora por excelencia. En ella veo una necesidad de burla frente a la vida, una afirmación de la nada, insignificancia de existencia humana. La muerte, en su paso, se abre ante nosotros y se convierte en una realidad que nos trasciende, he ahí la clave de nuestra incomprensión.

 

Y sin embargo, no se la puede hacer a un lado, ser arbitrario ante ella es aceptar su soberanía; resulta inútil excluirla de nuestras representaciones, de nuestras palabras, ideas o incluso ideales, porque ella acabará por suprimirnos a todos, primeramente (creería yo) a aquellos que la ignoran o pretenden ignorarla. La muerte se convierte en personaje, es dramática, es poesía, ¡Grandeza! ¿Cómo accedemos dispuestos ante tan efímera trascendencia? Mediante los silencios, los gemidos, los rituales personales de habitación, ella, tiene la capacidad de describir muchas de nuestras emociones, tal vez con mucho más realismo, aún envuelta en fantasía, irrealidad o imposibilidad.

 

¿Actitudes frente a la muerte? conozco dos, he visto ejercer con presteza en la vida, una: que la concibe como creación, otra: que se expresa como fascinación ante la nada o como una nostalgia no comprendida.  Si la muerte se convierte en nostalgia, ¿podemos afirmar que venimos de ella misma? Sería sorprendente su añoranza, como si ella viniese de sí y por sí misma. Porque nos enajenaría, siendo ella poeta, y arrancando su máscara a la existencia: una contemplación en plena desnudez.



1 Hesse, Hermann. Demian. PP 13.

2 Knausgård, Karl Ove. La muerte del padre, editorial anagrama. PP 13.

3 Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de cultura económica, PP 63.

Alejandra Ortega

Colombia. Alejandra Ortega o Frau Eva es una bella y talentosa muchacha estudiante de Creación Literaria en la Universidad Central de Bogotá. Nació en Turmequé, departamento de Boyacá, cuna de grandes héroes como Nairo Quintana y los campesinos agricultores y valientes, que despacharon a un sujeto con espíritu nazista y dictatorial que los agredió con su horrible presencia.

Es un volcán en erupción del cual brotan palabras que cambiarán la mediocridad de una jauría de escritores y periodistas banales y sin ética infiltrados en las fábricas de mentiras. Escribe ensayos, poesía, y relatos con un ímpetu desbordado y cuando percibe los resultados catastróficos de las elecciones donde un pueblo ignorante, inculto, supersticioso, aconductado y sin memoria prefirió en primera vuelta la continuación de la guerra escribe: “Deberíamos morir en la hoguera todos”.

 

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