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 ReVista OjOs.com    JULIO DE 2012

VENUS DEL MaReA  /   ADRIANA LEÓN ARANA

ADRIANA LEÓN ARANA

 

Fotografía de Alejandro González, Obra: Tu Beso de Carne y Ciruela, (2012) / Víctor Ramírez, Obra: Tu Beso de Carne y Ciruela (2012) / Tony López, Obra: Adán y Ella, (2011).

 


El cuerpo que soy nació lleno de danzalidad, palabra que no aparece en ningún diccionario por lo que debo explicar este concepto aquí. La definiría como una cualidad que existe en relación directa al movimiento visible, cuya rítmica interna marca un cambio en el orden cotidiano de los sucesos, poniendo énfasis en la acción. Es inherente al ser humano, pero no exclusiva de él y fundamento de la danza. De cualquier forma, a mi cuerpo no le importa si logro expresarlo bien o no; la danzalidad lo habita y este le pertenece a ella.

 

Cuando naces así -tan llena de danzalidad- no puedes resistirte, está inscrito en tu cuerpo: serás bailarina. Esta forma de definición de la identidad se fundamenta en el movimiento y en el potencial expresivo de tu ser a partir del mismo. Puedes hacer realidad física las ideas de los coreógrafos(as) con respecto a la danza, compartiendo su creación de mundo y completando su poíesis. También tienes la posibilidad de ser el intérprete de tus propias ideas.

 

En mi experiencia, en ambos casos (interpretando tu obra o la de alguien más), la experiencia de bailar es compleja. Aún cuando pasan por mi mente las ideas y la intención, nada resulta si  mi cuerpo no lo entiende, si no logra sumergirse en esa nueva experiencia que está sucediendo. En un momento el cuerpo sabe, se auto dirige, se manifiesta. Es un impulso. La danza te hace viajar a lo profundo de tu vida y te posee, esto te da un enorme y profundo placer. Creo que -si se lo permites- la danza es autopoética.

 

Para mí, la danza es también un trabajo que nunca está terminado y en el que nunca terminas de aprender. Entonces, toda respuesta es temporal, y estoy segura de que estoy en formación. Vivo con eso. También con la conciencia de que el tiempo de práctica terminará (la vida se ve venir más larga que la habilidad del cuerpo). ¿No es esto una alegoría de la vida? Por lo tanto, hacer danza me enseña a vivir.

 

Al decidir ser bailarina no lo entendí como una práctica de resistencia social, pero en muchos sentidos puede llegar a serlo. Pasa que entre otros muchos cambios, la humanidad durante el S. XX logró el cometido del menor esfuerzo físico, y con ello, el menor rango de movimiento. Cada día se inventan nuevos artefactos que evitan al hombre el esfuerzo que implica su movimiento; desde aparatos para ejercitar los músculos en posición yacente  -a través de unos cables-, hasta un control remoto para televisiones al que se le dictan instrucciones. También tecnología touch, que apenas palpando -con un milímetro de cuerpo y con un mínimo de energía- funciona. Además de limitar los rangos de movimiento a partir de muchos constructos sociales (como la concepción de género y las ideas sobre la moral), creo que una de las formas en que el poder se ha ejercido sobre las personas, es en el convencerle del placer de la inmovilidad. En mi opinión, esas son formas de mutilación.

 

El movimiento a través de la danza puede servir como una especie de equilibrio y recordatorio de lo que naturalmente somos: seres vivos animados. Siendo bailarina este goce es permanente, cada día te sumerges en la experiencia total del movimiento; la respiración se agita, escuchas tu pulso, el sudor corre por tu piel y la hace  brillar. Además puedes observar el espacio con todo el cuerpo, lo adivinas y transformas con tu presencia. La fatiga constante también te recuera qué tan viva estás.

 

Cuando das una función hay un punto en que el ritmo integra al observador y el observado,  los conforma en unidad. Puedes sentir sus miradas en el cuerpo y por un momento les perteneces como imagen y/o emoción, pero simultáneamente ellos son parte de ti. Esta forma de compartir el tiempo es siempre asombrosa y algunas veces muy intensa.  En ocasiones puede ser frustrante no lograr  la conexión que esperas, con el otro y con la danza misma.

 

La magia es, que cuando la danzalidad te habita, en la suma final están la libertad  y el placer.

 

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