(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com   OCTUBRE  DE 2017

COLABORADORES / ADLAI STEVENSON SAMPER

Barrio Chino con aroma francés



Desde finales del siglo XIX Barranquilla se convirtió en una ciudad apetecida por comerciantes internacionales para desarrollar sus labores. Y por toda la seguidilla de oficios, pegados como una rémora, a la formidable mina económica. Entre ellos la prostitución, aceptada sin mayores reticencias en el antiguo sitio de libres, mujeres desperdigadas en cercanías de las actividades portuarias y con asiento en los barriales de sus extramuros. En su  novela Memorias de mis putas tristes Gabriel García Márquez narra un episodio sucedido tras la conflagración denominada Guerra de los Mil días: “Una muchedumbre de mujeres libres enriquecieron hasta el delirio las viejas cantinas de la calle Ancha, que fuera después el camellón Abello y ahora es el paseo Colón, en esta ciudad de mi alma tan apreciada de propios y ajenos”.

 

La gloria del erotismo en su máxima expresión tras los avatares dolorosos de una guerra que arruinó a todo el país, incluso a muchos barranquilleros, pero que en el fondo le serviría a la ciudad y su proyecto de consolidación política, pues tras montarse en la Presidencia de la República Rafael Reyes, se inventó, como pago de favores electorales a través de medios torticeros, el nuevo departamento del Atlántico en donde Barranquilla se erigiría como capital.

 

Ese espaldarazo autonómico de la obsoleta dirigencia cartagenera abriría las puertas a un auge desmedido de fortunas a través de todos los medios posibles: legales, como comisionistas y agentes de casas extranjeras, o apelando al contrabando, con la consecuente masa económica que se invertía en todo tipo de proyectos industriales y de transporte. Detrás, como abejas buscando la procelosa miel, las prostitutas agarrando su porción en medio de la lujuria de la riqueza circulante.

 

Eso lo vieron con suma perspicacia las agraciadas damas que andaban en barcos por todo el Caribe vendiendo sus favores sexuales, tras una corta auscultación, en las reglamentarias paradas de bajada y subida de mercancías, de Barranquilla y sus posibilidades de redención. Rubias, blancas, debieron ser una apetitosa y rara tentación frente a la mulatería local, mujeres exóticas en el manejo de un idioma que el romanticismo criollo -París la ciudad luz- asimiló como francés. Por supuesto que también habían francesas, pletóricas del romanticismo de la belle epoque con su charme de refinamiento mundano. Dice el sociólogo y escritor Dino Manco Bermúdez en un libro sobre nomenclatura barranquillera refiriéndose el barrio Chino: “Se habla de las prostitutas francesas que ocuparon el área de la zona de tolerancia, las que llegaron a “La Arenosa” a ejercer su oficio por razones económicas. Un dólar americano costaba 90 centavos colombianos. No obstante, a pesar de ser trabajadoras sexuales de esa nacionalidad uno de los pilares del “horizontal” negocio, había mujeres de distintas naciones incluidas las del patio, y en porcentaje significativo, del interior del país. Las que, para las décadas de los años cincuenta, eran las propietarias de la casas de lenocinio”. 1

 

El asunto es que aparecieron las francesas en la prostitución barranquillera con su carga de mitos y palabrejas afines. Algunos cuentan la aventurada historia de un tipo que se desnuda frente a una de estas damas mostrando las proporciones de su dotación produciendo una frase religiosa de admiración a la francesa: “¡Mon diu!”, que trastocada, reempacada, se convertiría en el castizo mondá. Cuento que bien pudiera no haber sucedido pero que ilustra el clima histórico que dejaron estas mujeres a través de su influencia en el lexicón. O “laminee”, sexo oral –cunnilingus- sobre la vagina y su acepción verba local: Laminar. También en algunos rituales antes del polvo aplicados por las europeas de los cuales habrían sacado aventajados discípulos que después regarían su credo por los diversos ámbitos de su transcurrir ciudadano.

 

Quizás las prostitutas eran de alguna población perdida de Europa central. Quizás huían como gacelas asustadas de las guerras próximas que intuían en su continente, usando con gracia las artes del cuerpo en donde vislumbraron  posibilidades de supervivencia decorosa en medio de su vilipendiado oficio. A fin de cuentas por estos lares del Caribe nadie las conocía ni mucho menos podía enrostrarles la índole pecaminosa de sus actividades y; lo mejor, a ellas tampoco le interesaban estas murmuraciones pues estaban enfundadas de una notable dignidad y gusto por su oficio.

 

Una parte de ellas, así como llegaron en su errante migración por estas tierras del ardiente Caribe, así se fueron. Para otros lados del mundo hasta alcanzar la esquiva fortuna que le permitiera montar negocios en su país de origen. Otras, de talante pragmático, las que osaron quemar las naves de la nostalgia sobre su vida, montaron su nueva casa local donde perfilaron como denominación genérica el concepto de Madame: la suprema regente de casa de putas.

 

Una crónica del periodista Horacio Brieva muestra a una prostituta extranjera del barrio Chino que llegó a la ciudad atraída por su desarrollo comercial gracias a las consejas de un marinero nativo de estas tierras: “El marino tenía varios meses de estar lejos de la ciudad y le prometió que al desembarcar la llevaría al Barrio Chino donde se había instalado un colectivo de francesas apetecidas. La llevó a “La Casa Rosada” donde trabajaban las mujeres más hermosas del barrio. Anahid Birgul era su nombre y no pasaba, como he dicho, de los veinte años, pero sus compañeras prefirieron llamarla “La Turca”. Había nacido en Adana, en el sur de su país, en la costa Mediterránea. Alta, de cabellera negra hasta la cintura, piel blanca y de grandes ojos verdes, gozaba viendo la perturbación que causaba su destreza en la “Danza del vientre”. Muy pronto su fama se extendió por toda la ciudad. Llamaba la atención porque su porte y su apariencia no eran los de una meretriz corriente. Bien vestida podía pasar por una dama de clase alta en los lugares más exigentes. Su habilidad en las artes amatorias le dio rápida notoriedad en el Barrio Chino. En las caricias preliminares, por ejemplo, había ganado la fama de que ninguna la superaba en el empleo de las sustancias dulces como la mermelada, la miel de abejas, el arequipe y la leche condensada y esta última era la favorita de la clientela. Tenía el raro hábito de guardar en su habitación las etiquetas de las latas y estampaba en éstas los nombres de los que pasaban por su incansable lecho. Y era tan productiva para la casa de lenocinio, que el propietario le consentía a veces hasta dos días de descanso y salidas más frecuentes a la calle”. 2

 

En una noticia aparecida en el diario El Día, de Barranquilla, en su edición del 12 de noviembre de 1920 señala que en un pasaje del barrio Chino, ubicado en la carrera Vesubio entre calles San Juan y Caldas apareció ahorcada una prostituta de nacionalidad venezolana. Da además algunas coordenadas interesantes sobre la vecindad del pasaje pues era contiguo a un restaurante chino que funcionaba diagonal al coreográfico Los Campos Elíseos.

 

Los terrenos en donde se asentaron los burdeles del barrio Chino estaban retirados del casco urbano. A un costado de la carretera que iba hasta Malambo, en una finca inmensa del empresario naviero y dos veces Alcalde de Barranquilla, Julio Montes. La historia del barrio Chino es curiosa. Durante las labores de construcción del canal de Panamá llegaron oleadas de chinos para incorporarse en los contingentes de trabajadores. Buena parte de ellos perecieron entre los mosquitos y la malaria, pero los sobrevivientes, que no tenían ningún interés en el retorno a su país, optaron por ingresar a Colombia para participar en diversos trabajos, entre ellos las lavanderías, las tiendas y hortalizas. Buena parte de los extramuros de Barranquilla se encontraban ocupados con estas siembras y tras ellas, los diligentes orientales con su paciencia para los asuntos del agro.

 

Por otra parte la legislación de inmigración los ayudó. En la Presidencia del general Rafael Reyes, desde 1904 a 1909, hubo un notable impulso a la industrialización del país a partir de actividades agrícolas. Fue la época de inicio del Central Colombia en Sincerín, Canal del Dique, por parte de sus amigos Fernando y Carlos Vélez Danies. En las carencias de mano de obra cualificada para estos desarrollos agroindustriales se apeló a la inmigración: de Cuba, por ejemplo, se trajo personal para los extensos sembradíos de los Vélez. Los chinos, con su conocida experticia sobre el tema, también llegaron, pero se asentaron, cuidando el camino de salida; en ciudades y poblaciones prosperas al lado de puertos, como el caso de Barranquilla.

 

A falta de manos colombianas en las actividades agropecuarias, se acudió a la milenaria pericia en la siembra de verduras de los emigrantes chinos,  promoviendo una emigración que ingresó a Colombia por el muelle de Puerto Colombia para asentarse en terrenos fuera del casco urbano de Barranquilla: en La Chinita, en los terrenos de los actuales barrios Paraíso, Siape, en las riberas de los caños por el barrio Abajo, en el área de Las Mercedes, siempre aplicando el mismo modelo: un caserón de madera en donde convivían con los sembrados a su alrededor, un estanque cercano repleto de pececitos en donde sacaban el agua, transportándola en un yugo de hombro colgando dos cubos de metal. Se protegían del agobio del sol bajo la sombra de un inmenso sombrero chino.

 

Una parte apreciable de esta inmigración provino de Panamá entre los años 1914 y los 20, cesantes después de la terminación de las obras del canal. Con los problemas derivados de la documentación exigida por las autoridades panameñas, por los cuales los chinos ripostaron con tres pedidos: que se les otorgará nuevas cédulas garantizando el derecho a permanecer en ese país, que no fuera necesario registrarse cada 6 meses y que se redujera la multa de 500 pesos impuestas a las cédulas ilegales. 3  Para presionar al gobierno cerraron sus tiendas colocando el letrero “en inventario”, obligándolos a una larga negociación en donde algunos no salieron bien librados. Por ello, un importante sector se vio en la necesidad de acudir, otra vez, a los caminos de la migración.

 

El mito del famoso barrio Chino de Barranquilla, que a la larga nunca existió, se produjo cuando estos emigrantes alquilaron los terrenos ubicados cerca de los cauces de escorrentía de aguas lluvias cercanos a la carretera oriental –calle 30- para allí ubicar sus cultivos. Por otro lado, antes las feroces críticas en la prensa, sumado al endurecimiento de la legislación, sobre la descomposición social existente en el viejo barrio Takunga, los prostíbulos iniciaron su trasteo a una de las zonas colindantes a las hortalizas de los chinos, alejados de los miasmas e inundaciones periódicas de ciénagas y caños, sus fieles y temibles vecinos.

 

El propietario de los terrenos procuraba evitar los problemas relacionados con el incomodo condominio de chinos con sus hortalizas y los burdeles con sus prostitutas. Por ello, curándose en salud, decidió el 15 de mayo de 1929, presentar una “respetuosa solicitud” al Concejo Municipal para “urbanizar unos terrenos poblados por chinos con sus hortalizas y los coreográficos”. El concejal Moreno Vives propuso en esa sesión que “antes de entrar en el orden del día se le diera lectura a los informes de las comisiones que estudiaron los memoriales, uno del señor Julio Montes en solicitud de permiso de efectuar la urbanización de un terreno de su propiedad situado en el barrio Sur”.

 

Por supuesto la propuesta fue acogida con estricto fervor en todas sus partes para que florecieran las verduras en las dispendiosas manos de los orientales y se bailara más de la cuenta; en una baldosa o en la cama, en los llamados coreográficos, un elegante eufemismo social para denominar los burdeles y que consistían, dentro de las aparentes normas de decencia urbana, en unos recintos en donde se podía bailar con damas tras la paga de un estipendio. La música era de traganíqueles –aparatos que tras depositar una moneda, colocaban discos- o que  orquestas armadas para los toques de fines de semana soltando su variado repertorio para entusiasmar a la clientela que compraba talonarios anticipados a los “coimes” que en los años 30 costaban cinco centavos repartidos así: tres para los músicos, dos para la pareja y uno para la cantina.

 

Los chinos soportaron estoicamente los ruidos cercanos de la jarana sexual, de que se identificará el promiscuo lugar como Chino e incluso las burlas de los borrachos empecinados en la mofa tras la ingesta de rones: Gordolobo, los tragos de “blanquilladas” y la peligrosa mezcla de ron con anisado llamado, por la evidente pólvora que contenía, Carabina.  Aguantaron los orientales, con toda la paciencia de la que eran capaces, hasta que uno por uno decidieron mudarse de aquel peligroso lugar que les impedía el disfrute de su tranquilidad montando lavanderías, hortalizas y tiendas en otros sectores de la ciudad.

 

Nadie se salvaba de la general intranquilidad de la zona. Una noticia del diario El Día el 12 de octubre de 1919 ilustra el ambiente de camorra de las damas del barrio Chino: “La dama Ángela Santiago –esta debe pertenecer al coro de ángeles y serafines que dicen Santo, Santo- fue remitida a la policía municipal por el teniente Collante. Telemaco, como quien no dice nada, no expresa el motivo pero con seguridad no fue por estar rezando el rosario”.

 

En general el ambiente relajado en cuestiones de sexo no se limitaba solo al barrio Chino. En el diario El Día del 8 de noviembre de 1918 titula: “INMORALIDAD EN EL MERCADO PÚBLICO: Y no es esto solo. Las muchachas han llevado su impudor a extremos de hacer allí, en presencia de todos, cosas indebidas que no puede tolerar la moral pública. También es necesario que sobre los establecimientos públicos se ejerza rigurosa vigilancia, pues es allí, en aquellos bailes deshonestos donde muchas chicas de doce y quince años, antes inocentes, comienzan a perder su pudor y a entregarse a los más vergonzosos libertinajes”.

 

Los chinos no andaban en inútiles ensoñaciones sobre el etiquetamiento negativo que padecían en la ciudad a causa del inestable barrio. El 17 de noviembre de 1920, en el diario El Día se presenta una curiosa aclaración: “El Sr. Jacobo Woo, miembro de la colonia china de esta ciudad nos solicita en nombre de sus connacionales aquí residentes la inserción del certificado donde se manifiesta en lo referente al estrangulamiento de la señora Virginia Torres no aparecen responsabilidad alguna contra miembros de la colonia china”.

 

Diez años después, en 1930, cuando el barrio se encuentra desbordado sobre sus excesos, el mismo Jacobo Woo, aireado, emputado si se quiere, envía una concisa carta aclaratoria a la prensa en pleno de la ciudad solicitando, en nombre de sus paisanos, a que “por favor no utilicen el denominativo de chino para referirse a ese barrio pues allí no vive ningún oriental”. Si nos atenemos a la queja de Woo, en 1930 los chinos habían salido de ese vecindario a otros puntos de la ciudad, así que el famoso barrio Chino era en esas calendas una extensa oferta de coreográficos, cantinas, burdeles, clientes, prostitutas, bandidos y borrachos.

 

Los cronistas de la ciudad dan su versión sobre la aparición de las putas francesas desde diferentes perspectivas. Para Álvaro Cepeda Samudio, en Los cuentos de Juana, sucedió en los alrededores del muelle de Puerto Colombia: “La historia es así: Lucila Ariza fue uno de los primeros pobladores de Sabanilla. Se vino de Puerto Colombia a principios del siglo cuando, según sus propias palabras, “Los vaporinos convirtieron al pueblo en un burdel”. Lucila Ariza vivía en Puerto Colombia, en la loma de la Risota, aislada un poco de la vida del puerto por lo difícil de la subida: un camino casi vertical que su marido había abierto a pico sobre la roca calichosa, pero con la llegada de las francesas, primero con las casetas de madera machihembradas que venían de Noruega y luego las sólidas de ladrillo y techo de tejas rojas que traía el tren de Barranquilla, fueron ascendiendo la loma hasta que “el burdel de Madame Fachola me quedó en el fondo del patio; sin salir, sólo con empinar un poco la cabeza podía ver a las putas monas, albinadas digo yo, como ranas plataneras, agachadas debajo de los trupillos”. Lucila Ariza metió sus sayas de calicó, sus corpiños de percal y los retratos de San Expedito y del General Herrera en un inmenso baúl de madera labrada que tenía su nombre puesto en la tapa combada y se vino a Sabanilla”.

 

Pero las francesas no eran las únicas También estaban las interioranas, como La Negra Eufemia Tenorio, nombrada en cuentos y novelas por parte de escritores y periodistas del llamado Grupo de Barranquilla, amiga personal, además, del escritor y político José Félix Fuenmayor, padre de Alfonso, uno de los cuatro celebres discutidores de Macondo. También la presencia local con personajes como Emma Blanco que empieza su carrera de fundadora de burdeles en los linderos no propiamente orientales del barrio Chino. Aparece también como componente en el vecindario de prostitución el travestismo, muy conocido por sus apariciones en las danzas populares del carnaval, narrado desde la ficción en la novela Una Pasión Impresentable de Lola Salcedo: “Hicieron chistes y contaron historias de vergas inmensas; el tamaño y grosor descomunales de este apéndice sigue siendo tema favorito entre los hombres de esta villa, donde se impuso una trilogía: esposa, querida y “loca”. En medio de la algarabía, alguno mencionó a Mirandita y su desaforada pasión por los jovencitos, lo que dio pie a una larga y poco ortodoxa cátedra sobre los placeres de la sodomía y las diferencia existentes entre sodomizar a las mujeres y hacérselos a las “locas” precursoras del travestismo, que trabajaban en los bares del barrio chino, medio pintorreteadas y vestidas con apretados pescadores a media pierna”.

 

Era un secreto a voces, a lo largo de toda la ciudad, las interminables rumbas, el sexo libre en compra y venta y el recurso de las iniciaciones sexuales de los mozalbetes de la ciudad dentro de los linderos del barrio Chino. Alfredo de la Espriella en su libro De cabo a rabo las relata: “Cuando la ciudad se extendió más allá de lo previsto, el puerto familiarizó la vida parroquial con gentes de ultramar. Creció la población flotante y se fueron ampliando algunos campos de actividades “Non sanctas”, se empezó a saber entonces, por extramuros, de un barrio funambulesco que llamaban “Chino”. Por tener aqueste lugar enigmático parecido, por la tibia luz de sus farolas, rojas o verdes según el lenguaje lascivo de la noche, con los misteriosos recovecos orientales de los mandarines o “compales”. Este bulevar del pecado era visitado por jovenzuelos disipados, a espaldas del papá y la sacra familia. Allí encontraban los vagabundones fáciles placeres, mujeres importadas que traían, para deleite de la concupiscencia tropical, tratantes extranjeros, verdaderos monumentos de carne y hueso. Hembra de pulpa jugosa, sensuales hasta el pescuezo”. 4

 

El escándalo sobre el barrio crecía, acogiendo el nuevo diario La Prensa, de los Martínez-Aparicio, el eco quejoso sobre los desafueros en su edición del 12 de octubre de 1928. Pide la reglamentación de la prostitución en Barranquilla, pero la sugerencia cayó en el vacío. Habían demasiados intereses en juego y la moral urbana no estaba para trotes de esa naturaleza considerados, tal como lo muestra De la Espriella, de un absoluto tufillo pecaminoso.

 

El Concejo de Barranquilla, presidido por Claudio Blanco, en su Acuerdo No 7 de mayo 30 de 1934 plantea explícitamente, siguiendo el concepto de zonas de tolerancia en extramuros, delimitando el ámbito de uso de los coreográficos, con todo el moralismo y pacatería de que era capaz, un curioso manual de reglas para que las parejas no se amacizaran más de la cuenta teniendo como excusa de fondo la estrechez espacial de los locales. En su artículo 11 dice: “No será permitido el funcionamiento de ninguno de estos establecimientos cuya sala de baile no tenga una capacidad para cada pareja de cinco metros cuadrados, ni permitir en ellos mujeres de vida aireada y no serán permitidos establecimientos que no tengan una distancia de por lo menos 100 metros de los templos religiosos y los colegios públicos”.

 

Gabriel García Márquez describe en sus memorias sus impresiones del barrio Chino: “Eran cuatro manzanas de músicas metálicas que hacían temblar la tierra, pero también tenía recodos domésticos que pasaban muy cerca de la caridad. Habían burdeles familiares cuyos patrones, con esposas e hijos, atendían a sus clientes veteranos de acuerdo con las normas de la moral cristiana y la urbanidad de don Manuel Antonio Carreño. Algunos servían de fiadores para que las aprendizas se acostaran a crédito con clientes conocidos. Martina Alvarado, la más antigua, tenía una puerta furtiva y tarifas humanitarias para clérigos arrepentidos. No había consumo trucado, ni cuentas alegres, ni sorpresas venéreas. Las últimas madrazas francesas de la primera guerra mundial, malucas y tristes, se sentaban desde el atardecer en la puerta de sus casas bajo el estigma de los focos rojos, esperando una tercera generación que todavía creyera en sus condones afrodisiacos. Había casas con salones refrigerados para conciliábulos de conspiradores y refugios para alcaldes fugitivos de sus esposas”.

 

Continuará...

 

 

1 MANCO, Dino. Nomenclatura condensada de Barranquilla. 2002.   Pág. 20

2 BRIEVA, Horacio. La última meretriz del barrio Chino. http://www.larevistavision.com/sitio/la-ultima-meretriz-del-barrio-chino/

3 Causas y consecuencias de la migración económica, social y política en América central.  Alfredo Fernando Reid Ellis. 1997

4 DE LA ESPRIELLA, Alfredo. De cabo a rabo. Pág. 65

Periodista, escritor y abogado. Nació en Barranquilla. Ganó una beca de creación del Ministerio de Cultura que se convertiría posteriormente en el libro Polvos en La Arenosa. Otros libros suyos son Peñaloza en tono mayor; Pacho Galán: el rey del merecumbé; Obregón en Barranquilla; Itinerario de la Música en Barranquilla (Premio Estímulos 2009, Secretaría de Cultura de Barranquilla).

Coautor de: Historia de Barranquilla; Barranquilla: crónicas y datos esenciales; Sextetos afrocolombianos, Cantadoras colombianas de bullerengue (Premio Ministerio de Cultura, Editorial región Caribe); AfroBarranquilla (Premio Ministerio de Cultura, Literaturas del Bicentenario). Tiene dos novelas: Bizarría criolla y La infame saga de Mal de Ojo. Escribe para la revista Latitud de El Heraldo; Guía cultural del Caribe de la Universidad del Norte, y otras importantes publicaciones regionales y nacionales.

 

VOLVER A COLABORADORES                       VOLVER A SUMARIO

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia